El mito de los petroglifos en un peñón de Chiapas

Serpientes en el peñón camino al Divisadero. Obsérvense los rayones infligidos a la roca. (fotografía: Antonio Durán)
El camino de terracería que va de Ocuilapa a la comunidad El Divisadero, en los lindes de Ocozocuautla y Berriozábal, pasa junto a una peña con petroglifos. Los lugareños dicen que el promontorio se ha ido calzando, sobre todo por los revestimientos del sendero. Señalan que antes era más elevado y se distinguían otras figuras; “ya no se ven todas porque se hallan enterradas: las de un cocodrilo y unos peces”. Actualmente, se observan las representaciones de dos serpientes con las fauces abiertas y crestas (o plumas) en la cabeza, una frente a la otra, en medio se halla un círculo en cuyo interior hay otro círculo; más abajo, unido a las serpientes, por una especie de cordón, se ve una figura estilizada.
Sobre los glifos serpentinos, la señora Venturina Pérez Vásquez, de 72 años, habitante de El Divisadero, dijo lo siguiente:
Antes de la inundación, vivían en esa peña dos serpientes; eran las dueñas del lugar. Cuando el agua cubrió todo, se marcharon, pero antes de irse labraron sus imágenes para que fueran recordadas. La peña era más alta; las figuras se veían muy arriba de nosotros. Después de que las serpientes se marcharon, los hombres aún podían hablar con el cerro porque los escuchaba, tenía espíritu; le pedían favores para obtener buenas cosechas y salud. El cerro era benéfico, pero los hombres se echaron a perder, se llenaron de maldades, ya no tuvieron palabras verdaderas; la loma cerró sus oídos. Ahora ya no escucha. Antes, cuando yo era niña, durante las noches de luna, la gente decía ver, justo frente a las figuras de las serpientes, a una mujer, como de cuatro metros de altura, vestida de novia. Ahora ya no se ve nada, tal vez porque a los hombres se les murió lo sagrado.
Desafortunadamente, algunas personas que pasan frente a esta peña dañan los petroglifos. Tuve la oportunidad de visitar ese peñón varias veces, caminé por la región y platiqué con algunos lugareños. Observé que la zona guarda secretos relacionados con la vida de sus antiguos habitantes; sin embargo, ha sufrido daños por buscadores de tesoros ilusorios. Gran parte del patrimonio de Chiapas se va deteriorando ante posturas culturales de oropel que soslayan un fundamento histórico: el pasado y sus vestigios engrandecen, con su fulgor, el sano camino de toda sociedad.
Las representaciones de estas serpientes obedecen a un patrón que inicia con los olmecas, según lo ha explicado Rubén Bonifaz Nuño en Hombres y serpientes, iconografía olmeca (UNAM, 1989); Olmecas: esencia y fundación (El Colegio Nacional, 1992); Cosmogonía antigua de México (UNAM, 2005) y La imagen de Tlaloc, hipótesis iconográfica y textual (UNAM, 1996). Las figuraciones de las serpientes confrontadas y unidas a cuerpos antropomorfos se prolongan en toda Mesoamérica hasta el arribo del dominio español; por ejemplo, se hallan en las representaciones de Tlaloc, en la Piedra del Sol y en la llamada Coatlicue simbolizando el principio forjador del universo.
Las serpientes representadas en el peñón camino al Divisadero podrían indicar el momento de la creación de la tierra y del cielo sobre las aguas originales; el círculo que se halla entre las fauces de las serpientes podría significar el ombligo de los cuatro rumbos del mundo, el lugar de donde nacen las cuatro direcciones como se advierte en un mito de los kiliwa de Baja California, de acuerdo con Jesús Ángel Ochoa (Los kiliwa. Y el mundo se hizo así, INI, 1978). Asimismo, Caterigna Magni (Les olméques, la genése de l´écriture en Méso-Amérique, éditions errance, 2013), anota que el círculo concéntrico copia al ombligo humano o podría representar el límite acuático y terrestre, así como el mar original.
Josuhé Lozada y Joel W. Palka (“La Serpiente Emplumada en Chiapas y la compactación de los símbolos”, Entretejas. Revista Cultural de Chapas, 2020) consignan este petroglifo y lo asocian al Clásico Tardío (600 al 800 d. C), dicen que “un ejemplo similar se localiza en la Cueva de Las Serpientes en Paso de Ovejas, Veracruz, en donde también se aprecian dos serpientes encaradas y un círculo intermedio. En ambos ejemplos se aprecia alguna asociación de tipo astronómico”. Para estos autores, en el arte rupestre de Chiapas, las serpientes son un tema recurrente tanto en el área zoque como en el área maya.
Bonifaz Nuño indica que, entre las fuentes documentales, donde se consigna el origen del hombre y del mundo, hay uno llamado Histoyre du Mechique que narra lo siguiente:
Algunos otros dicen que la tierra fue creada de esta suerte: dos dioses, Çalcóatl y Tezcatlipuca, trajeron a la diosa de la tierra Atlateutli de los cielos abajo, la cual estaba plena en todas las coyunturas de ojos y de bocas, con las cuales mordía como bestia salvaje; y antes que la hubieran bajado, había ya agua, la cual nadie sabe quién la creó, sobre la cual esta diosa caminaba. Viendo esto los dioses dijeron: “Hay necesidad de hacer la tierra.” Y en diciendo tal, se cambiaron los dos en dos grandes serpientes, de las cuales una asió a la diosa desde la mano derecha hasta el pie izquierdo; otra, de la mano izquierda al pie derecho, y la oprimieron tanto que la hicieron romperse por la mitad, y de la mitad hacia los hombros hicieron la tierra, y la otra mitad la llevaron al cielo.
Había una diosa nombrada Tlaltentl, que es la misma tierra, la cual, según ellos, tenía figura de hombre, otros dicen que de mujer.
De acuerdo con este relato, fue necesaria la intervención de dos serpientes, en posturas encontradas, ante un cuerpo divino para crear el orden del mundo. El petroglifo del peñón de Chiapas quizá representa una versión del mito referido por la Histoyre du Mechique, y la novia, que los lugareños decían ver frente a sus imágenes, simbolizaba el agua en su camino a la maternidad. Recordemos que las madres originales citadas en el Popol Vuh encarnaban en sus nombres una naturaleza acuática: Chomihá (Agua hermosa), Caquixahá (Agua de guacamaya), Tzununihá (Agua de gorriones), Cahá-Paluna(Agua que cae de lo alto).

Fotografía: Antonio Durán







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