La amenaza siempre presente de la nada

Casa de citas/ 793

La amenaza siempre presente de la nada

Héctor Cortés Mandujano

 

Heráclito y Parménides. El uno y lo múltiple (2015), de Sandro Palazzo, traducido por Roberto Falcó Miramontes, que leí en uno de los lectores electrónicos que me regaló mi amigo Sarelly Martínez, es un gran libro. Comparto contigo, lector, lectora, algunas de sus perlas.

Primero se habla de Heráclito, el Oscuro, quien (pp. 33-34) “llevó una vida solitaria, se jactó de no haber tenido maestros y de haber descubierto por sí solo la verdad y […] parece que prefirió relacionarse con niños en el templo en lugar de conversar con los adultos”.

Murió solo. Algunos afirman que de hidropesía, otros que decidió sepultarse bajo el estiércol en un establo y otra leyenda afirma que fue devorado por los perros.

Escribió muchos fragmentos que se consideraron “oscuros”, como éste: (p. 41): “¡No hay que hablar y actuar como hijos de nuestros padres!”.

Heráclito buscaba encontrar la verdad, a través del logos (p. 48): “Un primer significado de logos es […] lingüístico: logos es la palabra, pero no la palabra como hecho fonético, sino una palabra y un discurso que, después de ser oídos, son comprendidos y que, en consecuencia, tienen una relación esencial con el ‘pensar’. Y ya sabemos que ‘pensamiento, ‘razón’, es otro de los significados del término”.

Y más (p. 48): “El logos es la ley eterna conforme a la cual sucede todo y, por lo tanto, es exactamente el principio de la totalidad de lo real”. Dice Palazzo (p. 49): “La palabra humana de Heráclito remite a una palabra eterna que no sólo vincula fonemas o términos, sino la propia realidad”.

El logos, pues, es la ley universal, el pensamiento y el discurso. La ontología (el ser de la realidad), la lógica, lo gnoseología (el conocimiento del ser de la realidad) y la palabra (p. 50) “que expresa el pensamiento verdadero […] que reproduce y restituye el vínculo de la realidad”.

Así, lo uno y lo diferente están vinculados completamente. Dice Heráclito (p. 61): “Camino arriba, camino abajo, uno y el mismo” y explica Palazzo: “Aquí la unidad parece más convincente. Los contrarios pasan a constituir el objeto: la subida no sería tal si no fuera al mismo tiempo la bajada, y el círculo no sería círculo si cada punto de la circunferencia no fuera al mismo tiempo principio y fin. Pero la unidad y el vínculo pueden depender también del hecho de que los opuestos son correlativos, es decir, que no se podría conocer la naturaleza del uno sin conocer la del otro”.

Y dice Palazzo más adelante (p. 63): “Esta copresencia de ser y no ser constituye el propio rastro de lo múltiple. Al igual que todo aquello que se opone, también deberán coincidir de algún modo ser y no ser”. En la misma idea, cita a Heráclito (p. 64): “Las cosas frías se calientan, lo caliente se enfría; lo húmedo se seca, lo árido se humedece”.

Es decir (p. 65), “cada cosa es idéntica en sí y, sin embargo, diferente, una y múltiple” o dicho con el planteamiento más conocido de Heráclito: “No es posible entrar dos veces en el mismo río”. De nuevo Heráclito, que habla de quienes piensan que una cosa es sólo eso (p. 67): “No comprenden cómo lo divergente converge consigo mismo; ensamblaje de tensiones opuestas, como el del arco y el de la lira”.

El arco y la lira parecen contrarios. El arco es instrumento de muerte, de guerra, la lira sirve para componer, para producir belleza, paz (p. 67): “El arco y la lira, diferentes en su función, expresan la acción del logos, y es en este sentido en el que su contraste es armonía. […] son idénticas en cuanto expresiones del principio”. La cuerda del arco se tensa para disparar, la cuerda de la lira, tensa, produce música cuando se la toca. Son “armonía contrastante”.

Palazzo cita la interpretación de Nietszche (p. 78): “¿Existe culpa, injusticia, contradicción y dolor en este mundo? ‘¡Sí!’, exclama Heráclito, pero sólo para el hombre de inteligencia limitada que ve únicamente lo separado, y no la unidad”.

 

En el apartado que dedica a Parménides, el Terrible, habla de un logos invisible (p. 91) “que abarca firmemente al todo con su abrazo e impide que el devenir sea un simple ir hacia la nada o un venir de la nada”.

Ningún ente es el ser (p. 93): “El ser no es el ser algo […] El ser, en otros términos, no es un ente determinado, sino aquello que es común a todos los entes, el valor absoluto de ser que es idéntico en cada uno de los entes”. Digamos que cada cosa (piedra, flor, hombre, mujer, sueño) no es en sí misma, sino parte del ser.

Escribe Palazzo, para aclarar la idea de Parménides (p. 93): “el ser es justamente aquello que se opone por fuerza, desde siempre y para siempre, a la nada, es el puro positivo, el baluarte infranqueable que repele la negatividad”.

Ilustración: HCM

Aunque parece simple, si se entiende esto, lo demás ya es fácil de comprenderse (p. 94): “El principio de identidad enuncia que el ser es ser y el no ser es no ser; el principio de no contradicción enuncia que el ser no puede no ser y el no ser no puede ser, o que los opuestos supremos, el ser y el no ser, se excluyen”. Aristóteles también lo dice: “Es imposible que la misma cosa pertenezca y no pertenezca simultáneamente a la misma cosa, según el mismo punto de vista”.

Sigue la elaboración de este pensamiento (p. 104): “El ser no tiene pasado ni futuro. Si el ser tuviera un pasado, entonces podríamos decir el ser ‘era’ o ‘ha sido’ y ahora ya no es, o lo que es lo mismo: el ser que es ahora ya no es el ser que ha sido. Pero así introduciríamos de nuevo el no ser y, por lo tanto, caeríamos en una contradicción […] El mismo razonamiento vale para el futuro: decir que el ser tiene un futuro significa admitir que el ser aún no es: también en este caso contradeciríamos la suprema ley de la realidad del pensamiento y del ser”.

Aún más: Nacer no es venir de la nada ni morir es ir a la nada. Así (p. 106), “la ontología parmidea, llevada hasta el extremo, no nos dice que nada se crea y nada se destruye pero que todo se transforma, sino que nada se crea, nada se destruye y nada se transforma”.

Pero todo es armónico, explica Palazzo, porque (p. 114): “en el centro –no en el centro físico, sino en el corazón invisible del cosmos y por ello en todas partes– hay una divinidad que todo lo gobierna. […] Lo real, todo lo real, sin jerarquías, es pensamiento, es la transparencia del ser a sí mismo, la trama armónica y racional que lo vincula todo, sin que un juez o una ley discriminen entre bien y mal, justo o injusto, el ser más o menos. El ser está por doquier, en el seno que lo abraza todo y que habita en todos los entes. Y la alternancia de nacer y morir no es más que aparecer y desaparecer, hacerse presente y ausente de aquello que desde siempre y para siempre se preserva, en el esplendor de la eternidad”.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

 

 

 

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