La CIA en Cuba

Imagen de la Revolución Cubana. Foto: Archivo CNDH

El pasado 14 de mayo, y de manera sorpresiva, el director de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) estadounidense visitó la Mayor de las Antillas para reunirse con altos funcionarios de la inteligencia cubana y con el nieto de Raúl Castro, Raúl Guillermo Rodríguez Castro (“El Cangrejo”), este último presente ya en las conversaciones inicialmente secretas que se llevaron a cabo con funcionarios del gobierno estadounidense en meses pasados. No cabe duda que la grave crisis energética y alimentaria de la isla, así como las constantes presiones de la administración Trump al régimen cubano en el poder desde 1959, son fundamentales para entender que un funcionario de ese perfil llegara a Cuba. Una crisis energética acrecentada por el bloqueo estadounidense de los últimos meses, aunque sin él la llegada de combustible solo sería posible por el apoyo de países aliados debido a la gran deuda externa que tiene la isla.

El gobierno estadounidense de Donald Trump está decidido, como ocurrió con Venezuela e Irán, a imponer su visión geopolítica en el planeta y Cuba, como sucedió desde su independencia en 1898, es objeto de deseo estratégico tanto como una piedra ideológica en el zapato de un mundo globalizado económicamente.

Sin temor a equivocarme, la Revolución cubana fue, y sigue siendo para muchas personas, un referente contra el imperialismo estadounidense, así como una alternativa al sistema económico capitalista. Esa visión entiende que la crisis social y económica vivida en Cuba desde hace décadas debe achacarse al monstruo país del norte, ese imperio que bloquea en lo financiero y comercial al régimen cubano. Por supuesto, nadie puede negar la existencia de tales cortapisas impuestas a la isla, sin embargo, es un error achacar únicamente a ellas la situación que hoy ahoga la existencia cotidiana de una población acostumbrada, durante demasiados años, a innumerables sufrimientos. Al respecto, los análisis de un sinnúmero de especialistas en temas económicos permitirán a los interesados conocer los sinsentidos y los giros de timón, sin pies ni cabeza, vividos en Cuba para llegar a una situación insostenible para su población.

Es evidente que las conversaciones llevadas a cabo en estos últimos meses entre los gobiernos de Cuba y Estados Unidos se enmarcan en la lógica de que Cuba realice transformaciones políticas y económicas que el establishment cubano no quiere efectuar porque, no hay que olvidar, ellos son los privilegiados en una sociedad que, idealmente igualitaria, se ha transformado hacia una segmentación clasista. Una mínima observación de la vida pública en la isla así lo demuestra si no se quiere ser ciego ante la evidente realidad.

Nadie prevé lo que sucederá en los próximos meses en la isla caribeña, pero Cuba no representa ninguna amenaza más que para su propia población, por lo que una supuesta intervención militar estadounidense, más allá de transgredir los tratados internacionales poco importantes para las grandes potencias mundiales, significaría un baño de sangre y un desgaste que tampoco desea la administración Trump. De hecho, su estrategia más reciente es ofrecer ayuda humanitaria a través de la gestión de la Iglesia católica. Una circunstancia que tampoco debe sorprender si se conocen los altos niveles de corrupción extendidos en Cuba y reiterados por su ciudadanía dentro y fuera de la isla.

En definitiva, la incertidumbre de los observadores sobre lo que pueda ocurrir en la isla es la misma que viven unos ciudadanos deseosos de algún de cambio que les asegure unas mínimas y dignas condiciones de vida, aquellas que llevan demasiados años esperando. Al respecto, resulta difícil pensar que a la administración Trump le interese, realmente, la situación de la población, por el contrario, Cuba es una posibilidad de eliminar voces discordantes cerca de su territorio, a la vez que un gran botín económico, en especial en aspectos como el turismo.

Ninguna solución parece ideal, pero una real transición política debió llevarse a cabo hace años en la isla, aquella que, seguramente, habría evitado situaciones como la vivida hoy en día. No cabe duda de que ello lo deben decidir los cubanos, pero, cuando la discrepancia política y la libertad de expresión llevan años sojuzgadas en Cuba, la alternativa solo podrá llegar a través de prolongar el totalitarismo propio, o mediante la intervención del autoritarismo ajeno. Difícil y triste disyuntiva.

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