La enfermedad de reyes

Casa de citas/ 795

La enfermedad de reyes

Héctor Cortés Mandujano

 

Antes se trataba de pan y circo,

ahora todo es terror y esqueletos

Lawrence Durrell

 

Leo el tercer volumen, Livia, de El quinteto de Avignon (Plaza & Janés, 1978), de Lawrence Durrell, con traducción de Pere Rubiralta.

Sutcliffe y Branford conversan de dos mujeres: Pia y Livia. Dice el primero de la primera (p. 38): “Ni sabía nadar ni bailar y hacía el amor amablemente, pero de manera anestésica; sus besos eran unidimensionales y más blandos que la polilla”.

Contesta el otro: “Livia no era así. Su pintura de uñas favorita se llamaba Rojo Sádico y actuaba con la violencia y el celo del lechón pegado a la teta”.

A mí de pronto me ocurre que no puedo dormir. Por eso me llama la atención cómo abre el capítulo 3, “El cónsul insomne” (p. 105): “El procónsul estaba dominado por el demonio del insomnio, la enfermedad de reyes”.

Félix acompaña a uno de sus amigos que recibe un tratamiento drástico por una enfermedad venérea (p. 120): “El cirujano introducía un pequeño catéter con forma de paraguas en el interior del miembro y gradualmente lo iba abriendo, como se abre un paraguas, con objeto de distender el órgano. Se suponía que con estos se rompían y desprendían las partes infectadas a fin de que pudieran ser expulsadas. Para el paciente era una agonía. Una vez presenciado era imposible olvidarlo”.

En mi novela Beber del espejo usé un epígrafe de El cuarteto de Alejandría, de Durrell, sobre alguien que se ve al espejo (Beben de los espejos como siervos sedientos, cito de memoria) y aquí me hallo de nuevo con otro poema similar (p. 255):

 

Los espejos beberán ansiosos tu imagen

y sangrarán tu espíritu de tu densidad,

ya que están sedientos del hombre interior

y pastan en su sustancia cuando pueden.

 

Branford, ya viejo, alquila a una prostituta, pero no se siente colmado con la primera sesión (p. 266): “El divino espasmo en nada satisfizo ni mitigó siquiera el hambre que trataba de saciar. […] La serpiente estaban echada a su lado respirando suavemente, esperado que recobrara su virilidad, y mientras tanto le acariciaba para asegurarse de si quedaba otro tiro en la vieja manivelle”.

Félix muestra a sus amigos una máquina extraña, en la calle. A la pregunta de Constance explica que es un extractor de mierda (p. 362): “Debes saber que aquí nunca ha existido una gran cloaca colectora, y por lo tanto todas las casas cuentan con fosas sépticas exclusivamente. Por la noche las vacían mediante este viejo mastodonte”. Explica el narrador: “Era horroroso oír aquella succión y aquel babear, y daba miedo mirar los estremecimientos y golpeteos de las bombas; como un animal desmañado sudándose y agotándose en su tarea”.

 

***

 

Había olvidado lo maravillosa que es la novela Drácula, de Bram Stoker. La leo en la edición de Editores Mexicanos Unidos, 2015, con traducción de Ana Fuentes Guerrero.

Dice Lucca Malena en la primera línea de su prólogo (p. 5): “En el siglo XIX la noche murió ante la luz eléctrica”.

Drácula está escrita exclusivamente por cartas, fragmentos de diario, notas del periódico… No hay un narrador, sino muchos, y cada uno sólo sabe una parte del todo. Es una forma compleja, una manera inteligente de narrar.

Ilustración: Julio Antonio

Cuenta por carta Lucy Westenra a su amiga Mina que a sus 19 años le pidieron ese día tres veces en matrimonio. Uno de los pretendientes le dijo algo no muy afortunado (p. 46): “¿No le gustaría recorrer el largo camino junto a mí y uncirnos al mismo yugo?”.

Del diario del doctor Seward es esta idea (p. 83): “Es mejor entender que tener memoria”.

Jonathan Harker escribe en su diario una conversación que, sobre su esposa, tuvo con Van Helsing. Le dijo (pp.114-115): “Y una última cosa: es muy afortunado al tener una esposa así. Es una de esas mujeres que Dios ha moldeado con sus propias manos para probarnos que existe un paraíso al que podemos aspirar”.

 

***

 

Ya había leído el guion cinematográfico, es decir, ya conocía la historia, pero me encantó leer la magnífica novela Otilia Rauda (Universidad Veracruzana, 2001), de mi admirado Sergio Galindo (1926-1993).

Otilia ha tenido en su cama a muchos hombres, hasta que conoce al bandido Rubén Lazcano, de quien se enamora (p. 114): “por primera vez sintió lo próximo que está el orgasmo de la muerte. Ninguna otra cópula albergó, para ella, ese desesperado convencimiento de que, desbordante de vida, iba a morir en ese momento”.

A la mamá de Rubén, que es hermosa, la descubre un tipo cuando tiene una aventura extramarital. El hombre le dice que si no se ponen de acuerdo la va a denunciar con su esposo. Ella piensa que le va a pedir dinero, pero no: quiere una cita para estar con ella. Qué fácil, piensa ella, y suelta una carcajada (p. 245): “¡Sólo eso!”.

Mi amiga Nedda me regaló una nueva edición de la UV, en 2013, con prólogo de Teresa García Díaz, donde cita a José de la Colina (p. 12): “esa Otilia a la vez densa y leve, el más angélico monstruo o monstruoso ángel que haya dado tal vez la novelística mexicana […] Otilia más que una protagonista es una especie de viviente tótem, un objeto de fascinación”.

Gran novela.

            Contactos: hectorcortesm@gmail.com

 

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