Respirar con la mano
Casa de citas/ 794
Respirar con la mano
Héctor Cortés Mandujano
Leo J. J. Rousseau. Genio del sentimiento desordenado (Compañía General de Ediciones, 1950), de Arturo Chuquet, que es un estudio sobre la vida y obra de este célebre novelista, pedagogo, botánico y filósofo, cuya obra siempre remite a Francia, aunque él nació en Suiza, en 1712, y murió en Francia, justamente, en 1778.
De hecho, dice Chuquet, su biógrafo, que (p.7) “Juan Jacobo Rousseau pertenece a Francia casi tanto como pertenece a Ginebra, su ciudad natal”.
En el estudio que hace de su Discurso de 1750, cita a Rousseau (p. 85): “El primero que, habiendo cercado una tierra, se le ocurrió decir esto es mío, y encontró hombres tan simples para creerlo, fue el fundador de la sociedad civil. ¡Cuántos crímenes y guerras, cuántas miserias y horrores hubiese evitado al género humano quien, arrancando los postes o colmando el foso, hubiese gritado a sus semejantes: ¡guardaos de escuchar a este impostor; estáis perdidos si olvidáis que los frutos son de todos y la tierra de nadie!”.
Rousseau, en su novela La nueva Eloísa, hace escribir a Julia un recado a su enamorado, que me pareció más una broma macabra que un dulce recado de amor (p. 118): “Cuando leas esta carta, los gusanos estarán royendo el rostro de tu amada y su corazón, en el que tú ya no estarás”.
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Pierce. El pensamiento está destinado a alcanzar una opinión final, que será la verdad (RBA Coleccionables, 2015), de Ramón Vilà Vernis, no habla bien, casi en ningún momento del biografiado. Abre fuego desde las primeras líneas (p. 7): “La vida de Charles Sanders Peirce puede describirse fácilmente como un fracaso”.
Su más grande aporte, las bases a la filosofía pragmática o pragmatismo, también se ponen en duda. Pero hablaré de algo de Pierce, que me llamó la atención.
Hace tiempo, en una Casa de citas anterior, hablé de un libro (olvidé el título) cuyo tema central es un experimento, que ahora ya es certeza, de cómo los niños invidentes pueden “ver” a través de una máquina específica. Me interesó, por eso, lo que cuenta Pierce casi al final de este libro biográfico (pp. 146-147). “Como consecuencia de una fiebre, un amigo mío perdió completamente el sentido del oído. Antes de esta desgracia había sentido siempre una gran pasión por la música, y, resulta extraño decirlo, incluso después le seguía gustando estar junto al piano cuando tocaba un buen intérprete. “Eso significa –le dije– que después de todo sigues oyendo un poco”. “En absoluto –replicó–, pero puedo sentir la música por todo mi cuerpo”. “¡Qué extraño! –exclamé–. ¡Cómo es posible que se desarrolle un nuevo sentido en unos pocos meses!”. “No es un nuevo sentido –contestó–. Ahora que no oigo puedo reconocer que siempre he poseído este modo de conciencia, que antes, al igual que otra gente, confundía con el oído”.
En El cerebro aumentado, el hombre disminuido (Paidós, 2015), de Miguel Benasayag, se cuenta que a Artaud, el célebre hombre de teatro, le aplicaban electrochoques y un enfermero le cubrió la cara con una almohada; apretó tanto que lo estaba ahogando, entonces él estiró su mano para respirar a través de ella.
Los órganos no son tan especializados ni tan diferenciados: no somos modulares. Nuestro cuerpo no está constituido de módulos aislados, sino es un todo integrado: tenemos o podemos tener relaciones sexuales con el cerebro, por ejemplo.
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Tema y variaciones de literatura 8 (1997) es una revista-libro de la UAM Azcapotzalco, coordinada por Alejandra Herrera y Severino Salazar. Hay en ella muchos y variados ensayos; en “Poder y Castigo: Los motivos del parricidio en Pedro Páramo de Juan Rulfo”, Jaime Rivera Julián, su autor, hace un largo pie de página donde compara a Rulfo con Dostoievski. Lo transcribo (pp. 182-183): “Llama la atención el paralelismo que existe entre estos escritores y sus obras. Por ejemplo, si bien Fedor M. Dostoievski (1821-1881) vivió un siglo antes que Juan Rulfo (1918-1986), vivieron 60 años aproximadamente, el primero pierde a su madre a la edad de 12 años y el segundo también. Tanto Rulfo como Dostoievski pierden a sus padres siendo ellos muy jóvenes, el padre de Rulfo fue asesinado por un joven coterráneo, mientras que al de Dostoievski lo mata uno de sus siervos sublevados. Ambos escritores pertenecen a familias acomodadas venidas a menos; ya en la orfandad fueron educados bajo las rígidas normas de la fe católica. […] Respecto a las novelas de estos escritores donde se consuma el parricidio, también es significativo que, en ambas obras, los personajes que representan al padre sólo procreen hijos varones y con distintas mujeres, al viejo Teodoro Karamazov lo asesina Smerdiakov, su hijo bastardo, a Pedro Páramo lo mata Abundio, hijo ilegítimo del cacique. Tanto en una como en otra novela no aparece la figura materna de los parricidas, quienes son impulsados por el odio y el rencor”.
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En El universo de Posada. Estética de la obsolescencia (SEP-Martín casillas Editores, S. A. 1982), de Hugo Hiriart, un ensayo sobre los grabados de José Guadalupe Posada, hay una larga e interesante cita de Octavio Paz, a propósito de la artesanía que no es nacionalista, ni siquiera (p. 36) “es nacional: es local. Indiferente a las fronteras y a los sistemas de gobierno, sobrevive a las repúblicas y a los imperios: la alfarería, la cestería y los instrumentos músicos que aparecen en los frescos de Bonampak han sobrevivido a los sacerdotes mayas, los guerreros aztecas, los frailes coloniales y los presidentes mexicanos. Sobrevivirán también a los turistas norteamericanos. Los artesanos no tienen patria: son de su aldea. Y más: son de su barrio y aun de su familia. Los artesanos nos defienden de la unificación de la técnica y de sus desiertos geométricos. Al preservar las diferencias, preservan la fecundidad de la historia”.
Contactos: hectorcortesm@gmail








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