Diente de perro macizo
Casa de citas/ 797
Diente de perro macizo
Héctor Cortés Mandujano
Mi amiga Mariaxilio Ballinas me regaló, hace mucho, Cuentos (Editorial Pueblo y Educación, 1990), del escritor cubano Onelio Jorge Cardoso (1914-1986), que es una compilación de seis libros de cuentos, publicados de 1962 a 1974.
Denia García Ronda dice en el prólogo que Onelio (p. 11) “por vocación escogió el campo cubano, las clases explotadas, la crítica a la injusta estructuración social”; también es muy obvio que sus primeros cuentos eran más directos, más “populares”, y que luego se fueron olvidando del lector común y fueron apuntando a la cierta complejidad que gusta a los críticos.
En “Los carboneros” hay una expresión que me gustó. Habla de cómo estos hombres se fueron a la fiesta, a beber (p. 101) “y nos mujereamos toda la plata”.
Hay otra expresión feliz en “Un brindis por el zonzo” donde para expresar lo duro de la tierra se dice que (p. 235) “es diente de perro macizo”.
En “La otra muerte del Gato” dice Dámaso (p. 246): “la razón no hay que gritarla, ella solita se va acomodando en la oreja”.
Un hombre llama a su hija, de apodo, Chancleta, en “Por el río” (p. 255): “¡Chancleta!, porque la chancleta es un zapato que no sale de su casa. ¿Qué hace una hembra en el monte?”.
Sobre lo difícil de comprender dice en “Los sinsontes” (p. 264): “hay porqués tan difíciles de agarrar como el humo con las manos”. Y dice al final de este cuento (p. 269): “yo sólo digo que no es bueno andar creyendo en los poetas y sinsontes que no sólo cantan sino por sentirse oídos”.
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Leo Diario de un jubilado (Ediciones Destino, 2003), del célebre escritor español Miguel Delibes. El protagonista, pese a su jubilación, a los sesenta, sigue trabajando como chofer y asistente de un escritor y se vuelve amante de una prostituta. Es proclive a los dichos (p. 12): “si los cabrones volarán, nublarían el sol”.
Para decir que le gusta mucho estar activo, dice (p. 22): “siempre he sido un culo de mal asiento”, y para decir que uno debe poder decir en su casa lo que piensa, dice, en la misma página: “si uno ya no puede desahogarse en casa, mejor echarse una querida”.
Dice don Rufo una crítica a la actividad de escribir (p. 48): “el novelista era un inventor de mentiras, y mientras inventaba vidas de mentira no vivía la suya que era de verdad”.
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Creo que este es el tercer libro que leo del inglés Christopher Isherwood (1904-1986). Onelio Jorge Cardoso e Isherwood, juntados en esta misma página por el azar, murieron el mismo año. Qué coincidencia. Me parecieron fascinantes, de Christopher, La violeta del Prater y Adiós a Berlín. Este nuevo, El cóndor y las vacas (Sexto Piso, 2012), con traducción de Andrés Barba, es lo que dice su subtítulo: Diario de un viaje por Sudamérica.
Anota lo que le parece llamativo o interesante en su viaje por Colombia, Ecuador, Perú, Argentina. Para agregar a las muchas frases finales, que he anotado en tantas columnas anteriores, Isherwood cuenta (p. 153): “Leí Bolivar and the Independence of Spanish America. ¡Qué historia tan deprimente! Al parecer Bolívar, en el momento de su agonía dijo totalmente hastiado: ‘¡Los tres peores idiotas que ha dado la historia son Jesucristo, Don Quijote y …yo!”.
Al final, en su balance del viaje, escribe (p. 280): “Mi impresión más profunda es la de que hemos viajado por un imperio en la etapa final de su disolución. Es cierto que sus provincias se rebelaron hace mucho y proclamaron su independencia. Han desaparecido hasta las manifestaciones superficiales del dominio de Madrid; pero las nuevas repúblicas ni son enteramente libres, ni están realmente integradas. Todavía no son naciones.
“Si de verdad fueran libres e integradas no tendrían tantos recelos mutuos y configurarían una federación con naturalidad. […]
“[…] Para que se conviertan en naciones deben dejar de ser colonias.”
Más adelante dice (p. 282): “La aflicción de todos los países latinoamericanos es su ejército, o más bien su Estado Mayor. Se supone que los ejércitos deben defender a los países que los mantienen y no participar en la política interna. Aquí, por lo general, es justo lo contrario. Los oficiales del Estado Mayor rara vez se distinguen en el campo de batalla, pero ejercen un poder político decisivo y sumamente irresponsable”.
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¡La sed! Es un anhelo, como de sexo
José Revueltas,
en “Dios en la tierra”
Desde hace mucho tenía ganas de leer la antología El cuento hispanoamericano (Fondo de Cultura Económica, 1964), de Seymour Menton. He tenido el libro en mis manos varias veces y lo he dejado ir. Me regalaron el volumen dos y me sorprende la capacidad de Menton para escoger. Cada cuento vale la pena.
La antología tiene, además, la característica de ser “crítico-histórica”, pues Seymour no sólo da los datos de los autores, sino además los engloba dentro de una corriente o escuela y escribe un comentario al final de cada texto. Hay, por supuesto, mucha violencia en las historias, pobrezas, injusticias, dolor…
En “El árbol” de la escritora chilena María Luisa Bombal hay una idea que comparto contigo lector, lectora (p. 144): “Puede que la verdadera felicidad esté en la convicción de que se ha perdido irremediablemente la felicidad. Entonces empezamos a movernos por la vida sin esperanzas ni miedos, capaces de gozar por fin todos los pequeños goces, que son los más perdurables”.
Contactos: hectorcortesm@gmai








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