El antiguo arte de la mentira
Casa de citas/ 796
El antiguo arte de la mentira
Héctor Cortés Mandujano
He leído muchos libros de Federico Campbell y me gusta su desprejuicio con las formas tradicionales de la novela, el ensayo, etcétera; con cada género se toma sus libertades. Eso ocurre con Padre y memoria (UAM-Ediciones sin nombre, 2009), un extraño libro con breves textos que, en general, tocan esos dos temas.
Me encanta el epígrafe, de Jean-Paul Sartre: “Si hubiera vivido, mi padre se habría echado encima de mí con todo su peso y me habría aplastado. Afortunadamente, murió joven. […] no tuvo tiempo de ser mi padre y […] hoy podría ser mi hijo”.
Cita también a Juan José Saer (p. 17): “Narrar no consiste en copiar lo real sino en inventarlo”.
Cuenta sobre Orhan Pamuk, Premio Nobel de Literatura 2006, quien un día antes de recibir ese premio dio una conferencia llamada “La maleta de mi padre”. Antes de morir, dijo, su padre le dejó una maleta de libros y textos suyos, y le encargó que los revisara, hiciera una selección y los publicara. Dice Campbell (p. 59): “Lo que sucedió fue que su padre no se atrevió a ponerse a escribir diez horas diarias como su hijo, por no renunciar a la alegría y las carcajadas que le proporcionaba la compañía de sus amigos. La vida, ya lo decía Pirandello, o se vive, o se escribe”. También dice que, para Pamuk, según un refrán turco, escribir es “cavar un pozo con una aguja”.
Como era de suponerse, habla de la famosa Carta a mi padre, de Franz Kafka, y cuenta testimonios de que Franz y su padre no parecía que se llevaran mal, según Gustav Janouch. Dice Federico (pp. 62-63): “Lo que parece haber sucedido es que Kafka se puso a hacer literatura con la figura de su padre. Le sirvió para metaforizar el poder, la opresión, la autoridad, la intolerancia, el conflicto generacional entre los jóvenes y los viejos. […] ¿Cómo le hizo Kafka? Como suelen hacer los verdaderos novelistas: inventó, exageró, amplificó, quitó unas cosas y metió otras”.
En el libro hay textos que no sólo se refieren a literatura, como éste (p. 80): “El ser es memoria. La persona es la memoria y la memoria es nuestra identidad personal. Yo soy lo que he sido. Yo soy lo que recuerdo”.
Entre el cuerpo y el alma no existe separación, dice en otro escrito breve (p. 98): “Whitman decía que cuando a un hombre se le da de latigazos, también se está lacerando su alma”.
A propósito del libro del neurólogo Oliver Sacks, Musicophilia, y de una persona a quien “la música se le metió en la cabeza”, escribe Campbell (p. 103): “la música ocupa más zonas del cerebro que el lenguaje mismo. Los seres humanos, dice Sacks, somos una especie musical”.
Al novelista español Javier Marías, cuenta Federico, le dio flojera ir a conocer un hotel de la Ciudad de México donde muere uno de los personajes de su novela Negra espalda del tiempo. La información, dice, no ayuda, sino empobrece la creatividad (p. 158) “como le sucedía a Henry James, que no dejaba que le terminaran de contar una historia porque prefería imaginarla. Por eso el novelista vale más que se lance a escribir en blanco. No necesita de los datos ni de los archivos. Le estorban”.
Escribe sobre la memoria (p. 163): “La memoria inventa. No reproduce. No es un disco, ni un archivo, ni una cinta grabada. Recordar es siempre reconstruir, no reproducir”.
Cita un fragmento de El extranjero, de Albert Camus (p. 169): “Mi madre murió hoy. O tal vez ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo: Madre fallecida. Entierro mañana. Sentido pésame. No quiere decir nada. Tal vez fue ayer”.
También cita a mi admirada Tony Morrison, a quien, por cierto, pertenece el título de esta columna (p. 189): “Para mí no hay tanta levadura en una persona real, o hay tanta que no me sirve de nada: es como un pan ya hecho, demasiado horneado. Mi pacto con el lector no es revelarle una realidad ya establecida. […] Hay que rescatar el antiguo arte de la mentira”.
Federico Campbell platicó muchas veces con Juan Rulfo y de esas conversaciones trata el último texto de este libro. Le dijo Rulfo (p. 236): “Allí las víboras hablan, en el desierto. Yo las he oído”.
***
Leo en mi lector electrónico Diderot. El espíritu de la Ilustración francesa (2015), de Claudia Milani, con traducción de Juan Carlos Postigo Ríos.
Aunque el alma de la Ilustración fue Diderot, me parece insuperable la definición de Emmanuel Kant (pp. 17-18): “La ilustración es la salida del hombre de su autoculpable minoría de edad. La minoría de edad significa la incapacidad de servirse de su propio entendimiento, sin la guía de otros.
“Uno mismo es culpable de esta minoría de edad cuando la causa de ella no reside en la carencia de inteligencia, sino en la falta de decisión y valor para servirse por sí mismo de él sin la guía de otro. Sapere aude! ¡Ten valor para servirte de tu propio entendimiento! He aquí el lema de la ilustración.
“La pereza y la cobardía son las causas de que una gran parte de los hombres permanezcan, gustosamente, en minoría de edad a lo largo de la vida, a pesar de que hace ya tiempo la naturaleza los liberó de dirección ajena y por eso es tan fácil para otros erigirse en sus tutores. ¡Es tan cómodo ser menor de edad! Si tengo un libro que piensa por mí, un director espiritual que reemplaza mi conciencia moral, un médico que me prescribe la dieta, etc., entonces no necesito esforzarme. Si puedo pagar, no tengo necesidad de pensar: otro asumirá por mí tan fastidiosa tarea.”
Se pregunta Diderot en Refutación de Helvétius (1773), pp. 68-69: “¿Por qué es el hombre perfectible y no lo es el animal? El animal no lo es porque su razón, si es que posee una, está dominada por un sentido déspota que la subyuga. Toda el alma del perro reside en la punta de su nariz, y él en todo momento olisquea. Toda el alma del águila reside en su ojo, y en todo momento acecha. Toda el alma del topo está en su oído, y él no deja de escuchar. Pero no ocurre lo mismo con el hombre. En sus sentidos se da tal armonía que ninguno predomina sobre los demás para aportarle la ley a su intelecto. Al contrario, es su intelecto, el órgano de su razonamiento, el que es más fuerte. Es un juez que no es ni corrupto ni está sometido a ninguno de sus testigos. Conserva toda su autoridad y la utiliza para perfeccionarse. Asocia todos los tipos de ideas y de sensaciones porque no siente nada profundamente”.
Contactos: hectorcortesm@gmail.com








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