Protestas en la antesala del Mundial 2026

“Los ojos del mundo estarán en México y ahí estaremos, manifestando nuestra disconformidad.” La frase de Isael González, representante de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) en Chiapas, no es solo una advertencia. Es una síntesis del cálculo político que hoy comparten actores muy distintos frente al Mundial de futbol 2026.
Los problemas que denuncian no son nuevos. Los docentes llevan décadas enfrentando reformas educativas y cambios al régimen de pensiones que perciben como mecanismos de control y deterioro laboral; los productores de maíz acumulan años de abandono; las familias de personas desaparecidas cargan con una crisis humanitaria que el Estado no ha reconocido ni resuelto. Lo que el Mundial les ofrece es una tribuna excepcional para visibilizar todo este cúmulo de problemáticas que aquejan el país.
Las protestas que vive México en estos días son encabezadas por actores con trayectoria, estructuras organizativas sólidas y demandas concretas. La CNTE —con fuerte presencia en Oaxaca, Chiapas, Michoacán, Guerrero y Ciudad de México— anunció un paro nacional indefinido para iniciar el 1 de junio, después de rechazar el aumento salarial ofrecido por el gobierno federal el Día del Maestro. El detonador inmediato es la Ley del ISSSTE de 2007 y sus efectos sobre el régimen de pensiones de miles de docentes. Pero las demandas van más lejos: derogación de esa ley, rechazo al sistema de cuentas individuales y Afores, abrogación de las reformas educativas de 2013 y 2019, incremento salarial sustantivo e inversión en infraestructura escolar.
La entrevista reciente de El País con Yenny Aracely Pérez, secretaria general de la Sección XXII de la CNTE en Oaxaca, confirma que el cálculo mundialista no es retórico. Al preguntarle si permanecerían en el plantón cuando iniciara el Mundial, respondió: “Si no cambian las respuestas, sí”. La frase condensa el punto central: el torneo opera como calendario político. Para la CNTE, la demanda sigue siendo la abrogación de la Ley del ISSSTE de 2007, y el Mundial aparece como una coyuntura de presión, una vitrina que puede volver más costoso para el gobierno administrar el conflicto sin resolverlo.
Ese cálculo tiene un dilema. La dirigencia magisterial sabe que la protesta puede ganar visibilidad, pero también perder respaldo si aparece ante la opinión pública como una acción contra los aficionados o contra la ciudadanía. Por eso Pérez insiste en que la lucha no es contra el pueblo ni contra quienes esperan el Mundial, sino contra una respuesta gubernamental que consideran insuficiente. El posible boicot aparece entonces como posición política y recurso de presión, no como sustituto de la demanda central.
El 1 de junio, miles de docentes marcharon del Ángel de la Independencia al Centro Histórico de la Ciudad de México. Fueron contenidos con vallas metálicas y gases lacrimógenos. Al día siguiente, manifestantes quemaron las estatuas de futbolistas instaladas sobre Paseo de la Reforma. La escena condensó la tensión de estos días: mientras el país se prepara para mostrarse como sede festiva ante el mundo, distintos sectores organizados intentan colocar sus agravios en el centro de la conversación pública.
A la CNTE se suma el Frente Nacional para el Rescate del Campo Mexicano, que articula a productores de maíz inconformes con los precios de compra y con la ausencia de una política efectiva para el campo. Su dirigente, Eraclio Rodríguez, anunció bloqueos coordinados en las tres sedes mundialistas, con la posibilidad de afectar aeropuertos si el gobierno no abre una comisión intersecretarial. La Asociación Nacional de Transportistas (ANTAC), que en mayo bloqueó el Paseo de la Reforma con camiones y tractores, también ha explorado acciones conjuntas con organizaciones campesinas.
Asimismo, familiares de los 43 normalistas de Ayotzinapa y madres buscadoras han anunciado protestas pacíficas durante el Mundial. En un país con más de 132 mil personas desaparecidas, su apuesta no es interrumpir el torneo por cálculo mediático, sino disputar la narrativa de normalidad que suele acompañar a los grandes espectáculos internacionales. Su mensaje es claro: mientras dentro de los estadios se celebra, fuera de ellos miles de familias siguen buscando a sus desaparecidos.
La conflictividad tampoco está confinada a las sedes mundialistas. En Chiapas, la Sección 7 de la CNTE ha realizado bloqueos carreteros y cierres en accesos estratégicos de Tuxtla Gutiérrez, mostrando que la disputa no se reduce a la Ciudad de México ni a los alrededores de los estadios. En Zacatecas, el 11 de mayo se celebró una megamarcha convocada por el Sindicato del Personal Académico de la Universidad Autónoma de Zacatecas, colectivos estudiantiles y organizaciones civiles, en respuesta a la represión policial contra productores de frijol, estudiantes y jubilados universitarios. Colectivos antimundialistas y organizaciones vecinales de Ciudad de México y Guadalajara actúan en paralelo, cuestionando la gentrificación, el encarecimiento urbano y las obras asociadas al torneo.
Los repertorios de protesta son diversos: marchas en las sedes mundialistas, bloqueos carreteros, ocupación de avenidas, acciones simbólicas contra instalaciones del Mundial, comunicación directa con medios internacionales y cartas a embajadas, entre otros. No se trata de un movimiento único ni de una coalición plenamente articulada. Es, más bien, una convergencia táctica: actores distintos identifican en el Mundial una ventana de oportunidad para amplificar demandas que llevan años sin respuesta suficiente.
Ante todo esto, el gobierno de Claudia Sheinbaum ha ensayado una respuesta que combina contención, negociación selectiva y control del espacio público. La presidenta ha reconocido el derecho a la protesta y ha negado una política abierta de represión, pero al mismo tiempo el Zócalo aparece cercado por vallas metálicas para proteger el FIFA Fan Fest, mientras el magisterio marcha por sus pensiones a pocas cuadras. La imagen es poderosa porque expresa una tensión mayor: el país que se muestra al mundo como sede festiva y el país que insiste en colocar sus agravios frente a esa vitrina.
A escasos días del partido inaugural, tres escenarios (al menos) son posibles.
El primero es la escalada. La presión acumulada podría detonar una ola más amplia de protestas, con la simpatía creciente de sectores que aún no se han movilizado y que lean la coyuntura mundialista como su propia ventana de oportunidad. En Brasil, las jornadas de junio de 2013 iniciaron con demandas específicas contra el aumento del transporte público, pero la represión y la visibilidad internacional desbordaron rápidamente el marco inicial. Actores sin estructura previa se sumaron masivamente, los iniciadores quedaron rebasados por su propio éxito y el ciclo se volvió difícil de controlar para el gobierno. Algo similar podría ocurrir en México si la represión visible —gases frente al Zócalo, vallas en el Centro Histórico, encapsulamientos o bloqueos policiales— convierte la indignación gremial en indignación ciudadana.
El segundo escenario es el de la negociación diferenciada. El gobierno puede abrir mesas sectoriales con cada actor por separado —la SEP con la CNTE, Gobernación con campesinos y organizaciones sociales, la SICT con transportistas— sin tocar necesariamente las demandas de fondo, pero ofreciendo lo suficiente para que cada organización justifique ante sus bases una salida temporal. A medida que el torneo avance y la atención internacional se concentre en los partidos, el costo de mantener la presión podría subir, la convergencia táctica desgastarse y las protestas disminuir gradualmente.
El tercer escenario es el más probable y el menos discutido: que el Mundial simplemente transcurra. Que los maestros se manifiesten en los márgenes de los espacios asignados a las actividades mundialistas; que los campesinos bloqueen carreteras; que los transportistas amaguen con nuevas acciones; que las familias busquen a sus desaparecidos mientras el mundo mira los goles. Que el torneo termine y que los gases lacrimógenos frente al Zócalo queden en el archivo de las imágenes incómodas, vistas durante algunos segundos en los portales de noticias.
Las olas de protesta son pendulares. Van y vienen. Alternan picos de visibilidad e invisibilidad. El Mundial puede abrir una ventana de atención internacional, pero esa ventana también puede cerrarse rápidamente. La pregunta no es si habrá protestas. La pregunta es qué alcance tendrán, qué capacidad conservarán para articular demandas distintas y para interpelar a otros sectores sociales.







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