Humanismo dialógico intercultural

Aunque pudiera parecer redundante, no lo es: una de las primeras características del humanismo renacentista europeo es el antropocentrismo. Esto es: un conjunto de principios e ideas, una doctrina, en las que el centro es el ser humano. Durante la Edad Media, primó el teocentrismo y al humano se le concibió como creatura y creación, junto con la naturaleza y el universo, de una entidad superior. Una cosa es considerar al ser humano como creatura y otra cosa muy distinta es considerarlo en sí mismo, más allá de que sea una creatura. Se trata, en efecto, de ver a la libertad y la autonomía como la dignidad del hombre, como lo estableció Giovanni Pico Della Mirandola. Se trata, en buena medida, de la imagen de Leonardo Da Vinci: Hombre de Vitrubio.
La segunda característica del humanismo europeo de los siglo XV y XVI es, precisamente, el renacimiento de la antigua cultura grecorromana y la formación del ser humano mediante los Studia Humanitatis: Gramática, Retórica, Poética, Historia y Filosofía Moral.
La tercer característica del humanismo renacentista europeo consiste en considerar que la razón es lo propiamente distintivo del ser humano a diferencia de todos los otros seres vivos o no vivos; que la razón es lo que define realmente al ser humano. Esta afirmación también se puede expresar de la siguiente manera: hay una esencia, hay una naturaleza que define al ser humano: el alma, y como parte del alma: la razón. Desde esta perspectiva, el humanista imperial Juan Ginés de Sepúlveda, consideró que los habitantes del “nuevo continente” que acababan de “descubrir” los europeos estaban limitados o carentes de razón, justificación por la cual si se oponían al adoctrinamiento de la religión verdadera, se les debería hacer la guerra, someterlos a la fuerza. Fray Bartolomé de Las Casas consideraba, por el contrario, que los “indios” eran igual de racionales a los europeo y que habría que utilizar otros métodos para adoctrinarlos.
Posteriormente, se plantearon diversos esencialismos del humanismo o diferentes respuesta que atendían la pregunta por una naturaleza humana: Thomas Hobbes consideró que el ser humano es naturalmente malo. Popularizó la frase: Homo homini lopus (el hombre es el lobo del hombre). Jean Jaques Rousseau, a diferencia de Hobbes, señaló que el ser humano es esencialmente bueno, que es bueno en su estado de naturaleza y lo que lo deshumaniza son precisamente las reglas sociales, las etiquetas, las formas y las maneras de la civilización. Hasta aquí, quien más quien menos, quien de una manera quien de otra, todos consideran que hay una esencia o naturaleza del ser humano, así, en abstracto: el alma, y, como parte del alma, la razón. Se trata, en efecto, de la razón moderna. Y, algo más: un humanismo monológico y monocultural. Es decir, considerar que el hombre racional y la cultura europea (universal y verdadera frente las otras culturas) son el modelo y el paradigma para toda la humanidad.
En el ensayo “La incapacidad para el diálogo”, Hans-George Gadamer considera que la razón moderna monologal es la que ha imperado en el ejercicio de la ciencia y la academia. Dice: “La incapacidad para el diálogo está aquí en el profesor, y siendo éste el auténtico transmisor de la ciencia, esa incapacidad radica en la estructura monologal de la ciencia y la teoría moderna” (Verdad y método II, p, 207).
Así como el humanismo renacentista se erigió como una reacción y una crítica al teocentrismo y la idea de que el ser humano es una creatura de una entidad superior, durante el siglo XX se han elaborado diversos planteamientos como reacción al humanismo esencialista, moderno, monológico y monocultural. La primera de estas reacciones es la propuesta de Martín Buber, según la cual critica la afirmación de que la razón sea lo que define al ser humano, con sus soliloquios y monólogos. Para el Buber, lo que define al ser humano es el diálogo. Una segunda propuesta es la elaborada por Jean Paul Sartre, según la cual no hay una esencia o naturaleza previa que defina al ser humano. Lo que hay, en términos generales, es una existencia, un conjunto de decisiones y un proyecto o proyectos. La existencia precede a la esencia, diría en términos más precisos.
Una tercer propuesta consisten en un conjunto de reflexiones sobre el otro, lo otro y la alteridad, de Emmanuel Levinás. El humanismo, dice un título de un libro, es el del otro hombre. Una cuarta propuesta es, en el ámbito de la pedagogía, la de Paulo Freire. Dice Freire en Pedagogía del oprimido: “La existencia, en tanto humana, no puede ser muda, silenciosa, ni tampoco de falsas palabras sino de palabras verdaderas con las cuales los hombres transforman el mundo” (p, 100). Y más adelante refiere: “El diálogo es este encuentro de los hombre, mediatizados por el mundo, para pronunciarlo no agotándose, por lo tanto, en la mera relación yo-tu (…) el diálogo es una exigencia existencial” (p, 101).
Hasta aquí, como podrá advertirse, un conjunto de planteamientos que critican la idea según la cual la razón monológica, unívoca y univocista, es la que define al ser humano. Lo que define o puede definir al ser humano es el diálogo, la relación con el otro, con los otros. Martín Buber y Emmanuel Levinás se distinguen, en su pensamiento en general, por incorporar nociones y cuestiones hebreas a la tradición grecorromana. Y, sin embargo, hace falta el elemento “intercultural”.
Para Raúl Fornet-Betancourt, en su libro La interculturalidad a prueba, más allá de las certezas indubitables, “La interculturalidad supone diversidad y diferencia, diálogo y contraste, que suponen a su vez procesos de apertura, de indefinición e incluso de contradicción” (p, 23) . Existen, por supuesto, varias propuestas de modelos interculturales. Me vienen a la mente, de momento, el de Luis Villoro o el de Catherine Walsh. Pero es mejor avanzar en el humanismo dialógico intercultural. La expresión no es nueva. Algo refiere Jacinto Choza en Historia cultural del humanismo: el humanismo dialógico, por sí mismo, se extiende al feminismo, a la ecología y la multiculturalidad (p, 81).
Para efectos de trabajar seriamente en un humanismo dialógico intercultural, en el contexto de Chiapas (el sureste de México y Centroamérica), es necesaria, para empezar, la interlocución con los pueblos mayenses. Y lo que es más: es necesaria la escucha y la comprensión de su pensamiento y su lengua en el sentido que son intersubjetivos. Dice Carlos Lenkersdorf en Los hombre verdaderos: “Los tojolabales (…) no pueden percibir la comunicación ni hablar de ella a no ser que sea dialógica. En cuanto tal requiere que sujetos se interrelacionen con sujetos; dicho de otro modo, se exige complementariedad entre iguales, es decir, la intersubjetividad” (p, 33).
En síntesis: el humanismo dialógico intercultural está por construirse. Será un conjunto de principios y prácticas que tomen como punto de partida la cuestión de que el diálogo es lo que define al ser humano, pero no sola ni exclusivamente; será un conjunto de principios y prácticas según los cuales el ser humano pueda ser definido en la relación y el reconocimiento de los otros, con los otros y de las otras culturas; será, por último, un conjunto de principios y prácticas a partir de los cuales sea posible una relación menos asimétrica entre culturas, en nuestro caso mestizos y pueblos mayenses; una relación menos asimétrica, entre culturas, desde las perspectivas de las posibilidades a la vivienda, el trabajo digno, la alimentación, la salud, la educación, la justicia.







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