Pablo, Pablo y Vicente

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Casa de citas/ 145

Pablo, Pablo y Vicente

 

En Juan Rulfo y el cine (Universidad de Guadalajara-INMCINE-Universidad de Colima, 1996), Gabriela Yanez Gómez analiza las adaptaciones cinematográficas que se han hecho sobre Pedro Páramo y los cuentos de El llano en llamas.

Una de las características generales de Rulfo es la escasa o nula descripción física de sus protagonistas; por eso, Gabriel García Márquez dice (p. 18): “Yo siempre había pensado, por pura intuición poética, que cuando Pedro Páramo por fin logró llevar a Susana San Juan a su vasto reino de la Media Luna, ella era una mujer de 62 años. Pedro Páramo debía ser unos años mayor que ella. En realidad, el drama me parecía más grande, más terrible y hermoso, si se precipitaba por el despeñadero de una pasión senil sin alivio”.

No se quedó con las ganas de esa historia, y en 1985 publicó García Márquez El amor en los tiempos del cólera, novela “que gira precisamente en torno a dos personajes que consuman su encuentro amoroso en la vejez”.

En una entrevista con Carlos Velo (director de la primera versión al cine de Pedro Páramo; fatal, por cierto) éste hermana la breve y genial novela de Rulfo con la Odisea, de Homero, pues en ambos es el hijo (Juan Preciado, en PP; Telémaco en la Odisea) quien busca al padre. Eso era para él lo importante (p. 56): “Iba tras la historia de Juan Preciado, es decir, lo que hay de Telémaco en la novela, que me parece que es el fondo de la creación de Rulfo”.

Rafael Corkidi, quien ha hecho videos sobre el mundo rulfiano, cuenta (p. 62): “Nos reuníamos con él los sábados y nos citaba en los lugares más horribles, como en los cafés de los hospitales. Con tal de platicar con él yo iba a donde fuera. Un día le dije: ‘Oiga, Juanito, ¿no sería bueno que nos fuéramos a otro lugar? ‘Sí, yo conozco un lugar muy bonito. Ora nos vamos a ver en el Pediátrico Infantil’ ”.

 

***

 

El primer cuento que leí de Adela Fernández, “El montón”, me lo halle en Cuentos mexicanos inolvidables, antologado por Edmundo Valadés. Me pareció espeluznante, grandioso.

Más tarde hallé otro suyo, “La jaula de la tía Enedina”, en una gran antología (de las mejores, no hay textos gratuitos; es meticulosa, de cuidada confección): El hilo del minotauro, cuentistas mexicanos inclasificables, preparada por Alejandro Toledo.

De nuevo me pareció que Adela lograba retratar la crueldad, mostrar un mundo enfermo, terrible. Sabía lo elemental de ella y casi nada más: que era hija del “Indio” Fernández. Me tardé en conseguir un primer libro suyo.

Vago espinazo de la noche (Editorial Aliento, 1996) es una colección de historias como de sueño malo, de pesadilla: un hermano mayor se alimenta de la sangre del menor, una hija se vuelve prostituta y su mejor cliente es su padre, una madre tortura brutal y cotidianamente a su hija, una mujer que busca ser poseída por grupos de hombres anónimos es muerta y luego violada por muchos, un muerto anda buscando fruslerías y se encuentra con su propio cadáver, una señora prende fuego a un animal raro que resulta ser una mujer…

Pese a lo perturbador de sus escritos hay sobriedad y hasta una especie de ternura en sus relatos; no hay desplantes canallescos, sino comprensión (p. 74): “Lo molesto de la realidad es que para entrar o salir de un lugar a otro siempre hay que cruzar una puerta y todo umbral es tirano porque pone límites, en cambio en el mundo de la droga simplemente se está en todas partes”.

En “Macedonia”, una actriz en un pueblo interpreta durante años una sola obra, “Ifigenia en Áulide”, porque los espectadores fieles no aceptan nada más. La actriz muere y es su hija menor, Macedonia, quien sube a interpretar el rol de la hija de Agamenón y Clitemnestra a quien matan para satisfacer la petición de los dioses. De allí esta cita muy propia para quienes somos seres con adicción a la escena (p. 132): “Bajo la palabra ‘mierda’ tres veces pronunciada, los corazones de los actores bombean sangre dispuestos a alimentar un cuerpo ajeno: la función”.

Lo último que supe de esta autora poco difundida es que murió hace muy poco, el 18 de agosto pasado. Que esté bien donde esté.

 

***

 

Te he prendido y envuelto en la red de mis cantos, amor mío.

Eres mía, y habitas en mis sueños infinitos.

Rabindranth Tagore,

El jardinero

En la red de mi música estás presa, amor mío,
y mis redes de música son anchas como el cielo.

Pablo Neruda,

“Poema XVI”

 

Con el desenfado con que se cuentan los chismes, La guerrilla literaria (Editorial Sudamericana Chilena, 1997), de la periodista Faride Zerán, nos cuenta documentadamente el larguísimo pleito, más de 20 años, entre tres grandes poetas chilenos: Pablo de Rokha (1894-1968), Vicente Huidobro (1893-1948) y Pablo Neruda (1904-1973).

La cosa explotó en 1935, aunque ya había algún antecedente, ya se había dicho que el Poema 16, de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada (publicado en 1924), de Neruda, era un plagio de El jardinero, de Tagore (“es una paráfrasis”, dijo después Neruda); ya se habían descalificado muchas veces en privado, ya no eran amigos más que en lo formal.

Lo que hizo que el pleito se volviera público y descarnado fue una antología publicada en 1935: Antología de poesía chilena nueva, de Eduardo Anguita y Volodia Teitelboim; denunció De Rokha (p. 243): “yo voy en la ‘antología’ con treinta páginas, Vicente Huidobro con cincuenta y seis páginas, Neruda con veinticuatro páginas”.

De Rokha tiró a matar en los artículos que dedicó a la antología (p. 250): “Pablo Neruda es el poeta de lo turbio y lo pegajoso y lo vago y lo agonizante del ser, el poeta de la decadencia burguesa, el poeta de los fermentos y los estercoleros del espíritu y la literatura, en donde reside un clima de glucosa, libio, venenoso, neutro, de estufa y un olor a clínica psicológica”.

Huidobro le contestó, en lo que le tocaba (p. 262): “Las intenciones, tan mal escondidas de tus artículos, son penosas. Se ve un sentimiento tan mezquino […] Hay un anhelo de puja, una ansia de marcar record, y un olor a combinaciones laberínticas en las frases que entristecen el alma por tanto esfuerzo perdido”.

De Rokha se le fue encima (p. 266): “Tu arte parece un pastiche, es decir, un producto de farmacia, elaborado según las últimas fórmulas de los cenáculos de París del año diez al año treinta, un calco, un cliché, un tipo standard de artoide”.

De nuevo Huidobro a De Rokha (276): “Vives envuelto en un aire de mentiras y calumnias que te forjas tú mismo para consolarte de tus amarguras. Por eso tu obra es una gran falsificación que se desinfla sola”.

Neruda contesta a ambos con el larguísimo poema “Aquí estoy”, firmado en Barcelona (donde vivía), en 1935, y publicado y difundido por sus amigos en Chile: “Cabrones/ hijos de puta./ Hoy ni mañana/ ni jamás acabaréis conmigo./ Tengo lleno de pétalos los testículos,/ tengo lleno de pájaros el pelo […]/ y me cago en la puta que os mal parió/ derrokas, patíbulos/ vidobros […]/ echad por la boca el semen recogido en las vulvas de las prostitutas […]/ permitidme/ cagarme en vuestras cosas y en vuestras abuelas,/ y en las revistillas de jóvenes ombligos/ en que derretís las últimas chispas que os salen por el culo.”

En 1939 le preguntan a Huidobro qué piensa de Neruda y él responde (p. 174): “¿Con qué intención me hace usted esta pregunta? ¿Es forzoso bajar de plano y hablar de cosas mediocres?”

En el final de su “Arte poética” Huidobro dice que “El poeta es un pequeño Dios”; en 1971, en su discurso al recibir el Premio Nobel de Literatura Neruda sigue discutiendo con él (p. 129): “El poeta no es un ‘pequeño dios’. No, no es un ‘pequeño dios’: No está signado por un destino cabalístico superior al de quienes ejercen otros menesteres y oficios. […] El mejor poeta es el hombre que nos entrega el pan de cada día: el panadero más próximo, que no se cree dios”.

Ninguno de los pablos se llamaba así: de Rokha era Carlos Díaz Loyola y Neruda, Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto. En “Tercetos dantescos a Casiano (mayor vulgaridad no se podía) Basualto”, De Rokha insulta de mil modos a Neruda (perro, cerdo, puto) y lo acusa de todo (p. 299): “A mí me has estafado desde el hombre/ a esta línea de fuego”.

Amigos de ambas trincheras intentaron reconciliar a los pablos. De Rokha aceptó y Neruda, según los testimonios del libro, dijo que ni muerto. En sus memorias, el Premio Nobel afirma (algunos dicen que es mentira) que Huidobro poco antes de morir lo visitó en su casa de Isla Negra y que (p. 199) “hablamos como poetas, como chilenos y como amigos”.

Mientras Huidobro y Neruda recibían constantes reconocimientos internacionales, tardíamente le fue conferido a De Rokha el Premio Nacional de Literatura de Chile. Lo recibió de mal modo. A sus 73 años, con un balazo en la boca, se quitó la vida.

Nicanor Parra escribió una cueca que cantaba su hermana Violeta, y que tal vez pone a cada quien en su lugar (las comas y puntos son míos): “Pablo de Rocha es bueno,/ pero Vicente vale el doble y el triple,/ dice la gente./ Dice la gente, ay sí,/ no cabe duda:/ el más gallo se llama Pablo Neruda”.

Contactos: hectorcortesm@hotmail.com

 

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