El Coyote vs ACME

El Coyote vs ACME
Foto: Cortesía

Asistimos al estreno de Coyote vs ACME (Dave Green, 2026), pensando en una película de dibujos animados infantil, pero también con cierto morbo añejo, prejuzgando una cita especial con una añoranza de nuestra niñez y nuestros primeras y tempranas ideologizaciones políticas juveniles. Al final de la película, la fábula propuesta mantiene la idealización del bien y el mal en su eterna lucha, pero para mí y para mucha gente, representó una oda contracultural de los marginados ante las calamidades de un sistema opresor.

Al iniciar la universidad en la carrera de Antropología de la Universidad Veracruzana, uno buscaba y encontraba ciertos caminos académicos que llevaban siempre a la crítica social y a tomar postura frente a eso. Poco a poco, con base a intensas discusiones, la libertad de pensamiento crítico llenaba los pasillos y las aulas, y nosotros hacíamos parte de eso paisajes nuevos en nuestras juventudes.

Entre otras muchas cosas, entendimos los lenguajes ocultos de las cosas que habíamos normalizado cuando niños. Por ejemplo, cuando veíamos las caricaturas del Coyote y el Correcaminos, llegó el punto de tener simpatía por el “perdedor”; a quien no le salen bien las cosas y nunca podía tener su recompensa. Después entendimos que la simpatía por los débiles, incluso en los medios de comunicación, en los consumos culturales que adquiríamos de niños, también podía leerse en clave de luchas sociales, de clase, de etnia, de género y todo el extenso menú de politizaciones universitarias.

Así comprendimos al pobre Coyote que, en su intento fallido de atrapar y comerse al inefable y engreído bip-bip, dejaba descubierto un mundo que no era para él, en donde como buen perdedor e ingenuo, los triunfadores se saldrían con la suya todo el tiempo.

Escribí esto en un capítulo del libro Pedagogía, ideología y saber en los dibujos animados de ayer y hoy, de mi amigo y colega Julio Cuevas Romo, donde hice una analogía de los loosers and winners, no solo del Coyote y el Correcaminos, sino también de Tom y Jerry y Speedy González, como modelos de los medios de comunicación y de las caricaturas, donde el triunfador debe ser aparentemente bueno, siempre acorde de las reglas impuestas, conservador en todos sus actos, defensor del orden.

Por eso, la película se trató de un ajuste de cuentas, no solo del canino contra el avestruz y su aliado involuntario, la marca ACME, sino con uno mismo y aquellas disputas de ideas.

La película bien puede ser una analogía de lo que pasa en la actualidad. Un ciudadano (aquí un coyote del desierto) se enfrenta ante un monstruo capitalista, la legendaria marca ACME, quien hace uso de todo su poder, legal o no, para callar las voces críticas que la denuncian. El demandante “no sabe hablar” y todo se traduce, quién lo hace y tiene la voz y el discurso hegemónico. EL coyote es un ciudadano indefenso. Solo sí alguien buena onda logra entenderlo, podría lograrlo.

Las metáforas sociales sirven para diagnosticar el estado de cosas que nos ocurren en la vida diaria. Salí del cine, reivindicado. Excelso porque, ahora mismo, en estos tiempos, la historia, la del coyote, nos dio la razón. No está de más: Fuck Trump.

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