Fiestas patrias

Ayer pensaba, mientras pasaba por unas calles donde una vendedora de frutas tenía una pequeña bandera de México, que ya casi nadie las pone en las fiestas patrias. Antes las veías en los carros, en los taxis, en las casas, incluso en los escritorios personales de las oficinas. Ahora no.

También hablaba con colegas de Xalapa sobre quién tendría ahora ese “sentimiento patrio” para asumir que estas celebraciones nos pertenecen personal y colectivamente. Puede que la respuesta sea generacional, pero tal vez no bastaría para explicarlo.

Individualmente, la patria es una idea diversa, pero está claro que colectivamente sí se activa. Pero eso es una intención de Estado, el organizador de las “fiestas patrias” oficiales; el que nos hace sentir parte de un colectivo que no vemos en el año, pero que, en tres días de puente, “debemos” sentirlo como parte de eso que se nombra “mexicanidad”. Pero tampoco estas intenciones exactamente iguales, hay celebración, pero quizá ahora tienen otros significados.

Volviendo a las banderas, pienso que sí es una cuestión generacional; hoy la idea de “patria” está cada vez más difusa o tiene menos carga semántica que antes. Y también como una política de Estado, choca con un contexto internacional donde los nacionalismos están a la baja (hablamos de los nacionalismos creados desde el siglo XIX, no los que el trumpismo está generando ahora, que es otro tema).

Desde el cambio generacional, aventuro una idea ante la ausencia de las banderas nacionales. No tiene que ver con una pérdida de identidad o falta de nacionalismo, sino porque estas fechas a las nuevas generaciones no les refresca, quizá, nada de referencia colectiva o lo auténticamente mexicano en el mundo hiper globalizado que les toca.

En estas fechas, mi padre saca siempre una bandera de buen tamaño, empolvada y arrugada, y la pone en su sala. Un ciudadano de 95 años que creció con el PNR y después el PRI; alguna vez votó en secreto por el partido porque pensaba iba una sanción inmediata después de no hacerlo (no lo dudo, ni tantito). Su generación se formó en un Estado poderoso, rudo en sus formas de apropiación de los sectores sociales, mediante un partido de Estado que no hizo distinción entre lo que podría caber o no, en torno a las políticas públicas. O eras o no, y de ahí la cooptación de toda acción social.

Pero también había certeza en el significado de nación, una idea de identidad mexicana homogénea, donde no había fisuras en cómo se debería pensar nuestro país. Había homogenización política, las cosas estaban en su lugar. Los nacionalismos no se tocaban. Había que sacar banderas porque las cosas “nacionales” estaban intachables, sin grietas. En nombre del “masiosare”, tod@s éramos mexicanos y patriotas.

A partir del triunfo del PAN, la oposición política, en el 2000, es cuando comenzó a cambiar la ecuación del pacto social. Todo cambio conlleva rupturas, al perder el PRI, gobernando casi 80 años, las referencias se dislocaron. Todo cambio conlleva crisis, y éstas, por fuerza, tienen que generar nuevas cosas. De lo que teníamos resuelto nacionalmente comenzó un proceso de cambio democrático que después llevó a dos presidencias de izquierda, hasta la fecha, por primera vez en la historia nacional.

La polarización también puede entenderse como el resultado de esas tensiones políticas del cambio democrático. Por tanto, el cambiar de sistema político implicó que las seguridades antes sólidas en nuestra identidad nacional, también tuvieran cambios, variantes y, quizá, una de ellas comenzó con la nacionalidad resquebrajada, porque la realidad política estaba así.

Ahora, en tiempos de intensa vida digitalizada, cuando la polarización política se presenta a niveles planetarios, eso es una verdad. Los jóvenes digitalizados no están pendientes de conceptos como “patria” o “nación” porque, aunque esos conceptos puede que sí existan en ellos, se revaloran de otras maneras en sus redes sociales y su universo tecnologizado. Y no involucra una bandera física en esos espacios. Una patria para estos jóvenes es más que un territorio y una celebración puntual al año. Y más allá del Cielito Lindo cuando juega la selección de futbol, habría que preguntarles cual su idea de ser mexicanos, en estos tiempos, donde hay más vidas alternas que terrenales, por lo que los límites de una patria pueden ser, como dice el dicho, el cielo, pero en digital.

 

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