¡Nos quitaron los estadios, pero nos quedan las calles!

Estadio Ciudad de México
Foto: FIFA_ES
Por Mirna Alicia Benítez Juárez.*
Dos semanas han transcurrido desde que la mayoría de las y los aficionados al futbol fuimos expulsados de los estadios y se hizo visible la elitización de un deporte que arrasa a multitudes.
Con anterioridad, también, sabíamos que la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA) paulatina, pero incesantemente, daba muestras de una terrible corrupción y no evitaba mostrar su condición de administradora -voraz- de un espectáculo que nos ha seducido a millones de personas a lo largo de varias emisiones “del Mundial”. Hasta llegamos a considerar haber alcanzado el top del cinismo cuando Trump recibió “su Premio de la Paz”, de manos de Gianni Infantino, para ser testigos -casi de inmediato- de la guerra emprendida contra Irán mediante ataques conjuntos de Estados Unidos e Israel.
Con probabilidad, por un contexto tan adverso, los analistas de este fenómeno social han crecido de forma exponencial y han abordado múltiples ángulos de crítica -que son muchísimos- de forma correcta e impecable, inclusive por diversos científicos sociales que pocos años atrás menospreciaron atender este “objeto de estudio” (aunque no deja de existir un grupo que todavía considera impropio, por decir lo menos, el tratar un tema que valoran como insustancial). Los resultados de tantas visiones muestran un escenario cuestionable, prácticas racistas, clasistas, machistas y, sin embargo, multitudes en distintas latitudes del mundo buscan la forma de ver los partidos.
Días atrás, Marion Reimers, ha llamado disonancia cognitiva a la particular forma de vivir una realidad experimentada por personas que consideramos entender las contradicciones de esta industria deportiva, altamente mercantilizada y llevada a estándares tan estadounidenses -como la “pausa de hidratación” o el show de medio tiempo- pero que gustamos del juego, a pesar de todos los pesares.
Y, en efecto, resulta imperioso comprender por qué se contrata televisión de paga, se buscan las pantallas gigantes que algunos gobiernos han habilitado en distintas plazas o se hace uso de la “piratería” para ver el futbol. No tengo la respuesta única pero sé que, a nivel mundial, necesitamos espacios de fiesta, de contacto entre seres humanos urgidos de alegría, de experimentar estas emociones humanas no siempre fáciles de externar y el mundial lo propicia. Obviamente las diferencias sociales no se borran pero las calles posibilitan la reunión, el disfrute, el gozo y maneras diversas de expresarlo, inclusive, las violentas. Allí están los noruegos, tan estereotipadamente gélidos, llenando no solo los estadios con su “remada vikinga” (su poder adquisitivo se los permite) sino las plazas, las escaleras eléctricas y hasta su Parlamento. O los colombianos, “hinchas cafeteros”, que en la ciudad de México y Guadalajara llegan a los espacios “que no les son propios” para festejar a su equipo y, casi inexplicablemente, la selección mexicana moviliza a cientos de miles de compatriotas en varias ciudades del país, si bien “El Ángel” no tiene comparación alguna.
Nos queda la calle, que de alguna forma recuerda “el barrio”; nos quedan las calles que reviven, aunque sea unos momentos, la unidad y la cohesión social; nos quedan las calles para ver al “Pato Merlín” desbancar a las mascotas oficiales; nos quedan las calles -o los accesos “libres” de los estadios- para abuchear a quien se siente presidenciable; nos quedan las calles para festejar a una selección tan improvisada, y poco generadora de esperanza, después de ganar un primer partido, un segundo y, ahora, para festejar lo no alcanzado con anterioridad -9 de 9, sin goles en contra- y creernos la posibilidad de llegar “al quinto partido”. Diría mi amigo Irving: “jugamos como siempre y ganamos como nunca”!!!
No romantizo. Los problemas mundiales, nacionales y locales persisten; la violencia hacia las mujeres no cesa; la FIFA seguirá enriqueciendo a sus integrantes y patrocinadores; los “equipos pobres” sufrirán maltratos; el futbol femenino no tiene cancha pareja; y hasta nos quitaron los estadios, pero tenemos las calles (aún).
*Socióloga, historiadora y activista.







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