Siria y Oriente Medio: la recomposición geopolítica

En el pasado mes de agosto, un tribunal sirio condenó a muerte por crímenes de lesa humanidad –in absentia (sin su presencia)- al expresidente del país, Bashar al-Ásad. Hijo del histórico mandatario, Háfez al Ásad, el condenado se encuentra en Rusia como asilado político debido a los nexos que su gobierno mantuvo con dicho país. Motivos para esa sentencia seguramente existen dado el carácter dictatorial del ejercicio de la autoridad de este personaje, sin embargo, analizar la realidad de esta región va más allá de situaciones coyunturales.
Desde hace décadas este territorio ejemplifica las disputas geopolíticas, una situación acrecentada con la conformación del Estado de Israel en el pasado siglo. El apoyo de Estados Unidos a la política expansionista israelí ha sido coincidente con el crecimiento de alternativas ultra ortodoxas islámicas que han llegado al poder, como ocurre en Irán y Afganistán, o de proyectos para lograrlo como sucedió con el Estado Islámico que ocupó amplías zonas de Siria hace unos años.
En la actualidad gobierna Siria un gabinete de transición que ha replanteado sus alianzas regionales e internacionales. Si Bashar al-Ásad tuvo como aliados más destacados a Irán y Rusia, en la actualidad la referida administración política de transición se ha acercado a Estados Unidos de manera evidente. Proceso que sería un error leer como acercamiento a un régimen democrático, sino que responde con claridad a una política de largo aliento de los gobiernos estadounidenses para destruir cualquier tipo de alianza regional que pudiera establecerse para contrarrestar a Israel.
A pesar de recientes acuerdos como el firmado por Arabia Saudita, Turquía y Paquistán para defenderse mutuamente si cualquiera de los países firmantes recibe un ataque, hay que remontarse a la Guerra de Yom Kipur (1973) para encontrar la última gran alianza entre Estados árabes para confrontar bélicamente al Estado de Israel. Derrota militar y diplomática de esta alianza que abrió el camino al dominio de Israel y Estados Unidos en la región, así como la búsqueda de alianzas por parte de Rusia con los países alejados de tal binomio político.
Resulta simple, sino simplista, señalar que tanto Israel como Estados Unidos luchan en Oriente Medio contra el terrorismo internacional propiciado por grupos extremistas islámicos. Para muestra sólo es necesario recordar la forma en que Estados Unidos abandonó Afganistán y a quién dejó gobernando el país. Pero más allá de ello y de los lógicos intereses geopolíticos jugados en la región, es imprescindible recordar el origen colonial de los territorios -hoy países- que conforman la denominada región de Oriente Medio.
La caída del Imperio Otomano y el reparto de territorio tras la Primera Guerra Mundial, especialmente entre Francia y el Reino Unido, ha conducido, como ocurrió en otras regiones del planeta, a la creación artificial de fronteras para definir nuevos Estados; aquellos que responden a la distribución colonial sin tomar en cuenta a pueblos y grupos religiosos, así como a sus formas de organización social y política. Si a lo anterior se le añade la artificiosa, también, conformación de Israel y su constante expansionismo territorial, el cóctel está servido.
Con toda certeza, simplificar las explicaciones resulta más fácil para adherirse a posiciones políticas o ideológicas, un hecho que está siendo común en el mundo de las redes sociales digitales caracterizadas por los mensajes cortos y, en muchos casos, ajenos a una mínima objetividad. Pensar Oriente Medio desde esa perspectiva y sin complejizar su realidad, a través del conocimiento de su pasado y de los innegables intereses geopolíticos en liza, distorsiona una mínima comprensión de un territorio fundamental para entender la historia de la humanidad.







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