Miguel Lisbona Guillén: La hegemonía europea o la ficción supremacista

Dante Panzeri, el periodista argentino, a quien ya mencioné en otro texto para hablar del fútbol como lo impensado, seguramente se llevaría las manos a la cabeza al ver el juego de los equipos latinoamericanos. Ninguno de ellos ha logrado llegar a las semifinales de este Mundial caracterizado por dar la victoria a los equipos con menor posesión de pelota. Toda una loa al pragmatismo, a la ejecución por encima del arte de la distracción y el deseo de tener la pelota. Ello habla de un abandono del objeto deseado, aquel acariciado con los pies o guardado como símbolo de éxito cuando un futbolista logra más goles de los imaginados, para premiar el logro del único objetivo: la victoria a través del gol. Así, esa relación cuasi amorosa con la pelota parece abandonarse hacia la culminación de la meta sexual. Amar el balón se ha convertido, en ese sentido, en lograr penetrar la portería contraria sin ningún tipo de juego, de caricia previa. Una conquista más cercana a la barata pornografía que al amor; aunque tal vez en nuestros tiempos esa sea la forma amorosa.

La única selección sobreviviente y con deseo de poseer el balón, salvo en el partido contra Brasil, es Bélgica. En tal sentido sus planteamientos tácticos se han hecho flexibles por parte de Roberto (Bob) Martínez, el entrenador catalán del equipo belga formado en Gran Bretaña como futbolista pero, sobre todo, como instructor de equipos de la competitiva liga inglesa. El músculo de los jugadores y la verticalidad del juego británico son matizados por este emigrante del fútbol que se alejó de su histórico pueblo de nacimiento, Balaguer (Lleida), desde los 16 años.

No cabe duda que sus virtudes como entrenador están ligadas a su ambición por conocer, como lo demuestra aprendiendo los dos idiomas oficiales del país que dirige, el francés y el flamenco, pero también aprovechando las virtudes de sus jugadores. A partir de esta conjunción es comprensible la hegemonía europea tan dolorosa si la visión y opiniones se producen desde el continente americano.

Una mala lectura es pensar que los europeos demuestran en el fútbol una histórica supremacía que trasciende al balón para instalarse en la biología, un darwinismo social siempre tentador para interpretaciones simplistas. En ningún caso el músculo, el supuesto poderío físico, ha sido determinante para los triunfos en el balompié. Para ello solo hace falta recordar al F.C. Barcelona dirigido por Pep Guardiola con sus bajitos y poco musculosos jugadores de su centro del campo. Ellos tejían acciones impensables para los que hemos visto este juego, convertido en espectáculo de masas, desde la infancia.

En ningún caso la condición de europeo otorga una ventaja sobre otro tipo de fútbol, sino que la diferencia es posible encontrarla en dos aspectos. El primero es la calidad técnica de los jugadores, misma resguardada en el talento innato pero necesariamente trabajado, de lo contrario se convierte en posibilidad. La memoria muscular mencionada como talento para repetir movimientos, principalmente físicos, ya se desea genética desde los estudios “científicos” actuales, sin embargo para cualquiera que haya realizado ejercicios físicos sabrá que la repetición sistemática y cualificada de movimientos provoca un mejor desempeño. Con certeza el tiro a distancia en el basquetbol es el mejor ejemplo de ello.

Si lo anterior significa trabajo individual en el fútbol debe agregarse la conjunción entre distintos individuos puesto que se trata de un juego de equipo. 10 jugadores de campo y un portero que se despliegan en un terreno de juego. Por ello Leo Messi se comporta de distinta manera con su equipo, el F.C. Barcelona, y la selección argentina. Ahí se encuentra, con certeza, el segundo aspecto, aquel mostrado por la coordinación de los jugadores en el campo bajo una estrategia. Esta última no siempre gana partidos, como ocurre con cualquier aspecto de la vida por muy bien planificado que esté, pero tal planteamiento ayuda a conseguir objetivos. Lo anterior habla también de conocimientos, de hambre por saber. A lo mejor con esta conjunción de aspectos se consigue entender cómo el fútbol latinoamericano ha ido mermando su significación mundial en forma de equipo.

Desde el vestidor no se gana sino que se hace desde el campo, como saben los futboleros, y como se está viendo en este Mundial tampoco se logran éxitos con la camiseta; por ello habrá que replantear la condición de jugadores y entrenadores de América Latina. En lo personal extraño al Brasil del 70 como equipo y al flaco César Luis Menotti como entrenador. En ninguno de esos ejemplos había imitación, sino explotación de los talentos propios y hambre de conocimiento. Ojalá ese sea el camino de los próximos años.

 

 

 

 

 

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