Pinche México tan desmadroso

¿Por dónde empiezo? Por la gente con una bocina a todo volumen que se prende con «La Chona», y la bailan propios y extraños. O por la gente marchando por la inmensa avenida Reforma, gritando, bailando y haciendo una rueda con el grito: ¡quiere volar! Y… ¡vuela!

Se han destinado las llamadas plazas o avenidas para festejar cada partido de la Copa Mundial de Fútbol, que tiene como sedes a México, Canadá y Estados Unidos. Como sabemos, lo organiza la Federación Internacional de Fútbol Asociado (FIFA), que tiene la virtud de agrupar al mayor número de federaciones —que representan a países—, superando incluso a la ONU. Pero en realidad, su virtud no es esa; es la institución que impone la forma en que se organiza cada mundial, con el objetivo de obtener la mayor ganancia posible, pasando por encima de la —cacareada— soberanía de los pueblos.

El fútbol de hoy es mercancía. Pero ojo: los equipos no representan en sí mismos a una nación, representan a una federación que se maneja por intereses comerciales y, por ende, definen cómo y de qué manera se administran, obteniendo jugosas ganancias. La Federación Mexicana también administra el llamado fútbol aficionado. Estas ligas, también llamadas «llaneras», generan muchas ganancias y se manejan de la misma manera: mercancía que da mucho dinero.

Un antecedente. La FIFA determina previamente quién y cómo se hace el mundial. En tiempos de Peña Nieto, se eligió que tres países —México, Estados Unidos y Canadá— fueran los anfitriones, siendo Estados Unidos el país que albergaría el mayor número de juegos y la final. La FIFA, cual banco usurero, determinó que los estadios con mayor capacidad tuvieran el mayor número de partidos, incluyendo la final. Todo un negocio. ¿Y el fútbol? A pesar de que predominan las comunidades de origen latino, y el goce de las comunidades de África y Asia, el fútbol, si bien es un deporte, no se puede negar la importancia económica para un organismo federado que es una verdadera transnacional.

El mundial. Cada cuatro años, el mundo, o mejor dicho, una gran parte del mundo se embelesa por esta justa ¿deportiva? Ya no importa saber o no del deporte; lo que trasciende es que se emociona al ver a cada representativo. Es una fiesta cultural: música, ropa, bailes, expresiones diversas que, en este mundo globalizado, se viven en los estadios, en cada plaza, en cada calle del mundo, donde solo se puede escuchar por radio, por internet, y verlo en la —todavía— poderosa televisión. Sin embargo, cada vez hay que pagar por ver. Con excepción de algunos partidos, hoy ver el mundial es contar con televisión de paga, y como pasa en México, verlo en un canal adicional de paga que se llama streaming.

Pero vayamos a las expresiones populares. Unas son una especie de desahogo: «dime cuánto desmadre haces y te diré quién eres». Pero hay otro: el del ingenio, el disfraz, la música. También está el México que se nos fue de las manos, ese México solidario capaz de compartir comida, casa, cobijo y abrazar para hacer en conjunto la fiesta, el orgullo de la música, de la cultura, de nuestras raíces. Es un México orgulloso que ha salido a la calle, sí, al desmadre, sí, al olvido de una realidad cada vez más compleja, pero que a la vez habla a partir de la fiesta.

¿Es criticable? Sí y no. Las madres buscadoras no dejan de hacerse sentir en el espacio político; sus reclamos, que prefieren un mundial de fútbol al compromiso del Estado mexicano en buscar a los miles y miles de desaparecidos, deberían llevar a una política de Estado que movilice a la sociedad tratando de encontrar en fosas y territorios a las y los desaparecidos. Sin embargo, se queda en un mensaje en donde no puedo concebir que no se entienda el fondo del problema: «me reúno con madres buscadoras, pero no hago publicidad», de parte de la presidenta, como antes López Obrador: «no, no quiero que se ensucie la investidura presidencial» (sic).

En la Ciudad de México, epicentro de las protestas, maestros, madres y acompañantes realizan protestas legítimas, y no es cuestión de formas, pero pregunto: ¿cuándo tendremos un México sin protestas? Cuando resolvamos el fondo: un país cuyo sistema ya no da más, y de eso he escrito mucho. Ya no se trata de gobiernos de izquierda, y menos de derecha. México es un país impune, que ha sido represivo de muchas formas; un ejemplo son los llamados encapsulamientos. El discurso es que ya no se reprime. Quizá ya no, lo dudo, pero si un Estado no es capaz de proteger, de evitar, incluso de enfrentar una amenaza interna, o es cómplice o es ineficaz, por decirlo de alguna manera.

Esta es la crítica más dura: somos responsables y coorganizadores de un mundial en donde el presidente de Estados Unidos ha hecho una guerra a Irán, invadió un país soberano como Venezuela, y es copartícipe de la guerra de Israel a Palestina, en la Franja de Gaza, donde existe un exterminio a ojos del mundo. Mientras Rusia es castigada por su guerra contra Ucrania, a la FIFA, repito, solo le interesa el negocio.

En México, los graves problemas de salud, educación, violencia criminal y desapariciones nos muestran en dónde están las prioridades. Y parece que estos eventos son vistos como distractores, pan y circo en el ámbito de la política, aunque considero que es verlo en blanco y negro. Recuerdo que, en 1995, ante la traición de un dirigente zapatista y las comunidades exiliándose en la montaña, hubo quienes llevaban cargando la marimba. Palabras más, palabras menos, me decían: «incluso ante la adversidad no descansa la fiesta». En palabras citadinas: «un poco de desmadre nos quita los problemas» (sic).

¿Cómo se concilia la realidad con estas manifestaciones de escape? No es solo cuestión de jóvenes, los adultos también lo hacen. Vemos la creciente alegría por un evento, por un partido. Y ello saca lo oscuro de la sociedad o de una parte de ella. Hemos visto cómo se forman turbas para expresarse sin control, encima de otras personas, de infraestructura, de automóviles: violencia desbordada, hasta el momento en que pierden la vida. ¿En dónde está el límite de una sociedad castigada y premiada a la vez por este tipo de eventos?

Fanatismos y nacionalismos. El mundial daba la impresión de unas ciudades solidarias, fiesteras (desmadrosas), abrazando a quienes nos visitan, felices de que conocieran el México tan diverso, tan pluricultural. Y de pronto, con Ecuador, se regresa al conflicto, al no saber separar los gobiernos de los pueblos. El fútbol produce fanatismo, y se refleja en los festejos. Ganar, perder, empatar, es el resultado; nada tiene que ver si un país es pequeño o grande, o su economía, historia, o saber qué debe ser comparado. Ecuador es un gran pueblo; sus dirigentes solo Ecuador puede o no definirse sobre ellos, como lo hacemos en México. De hecho, cargamos a una clase política que no merece nuestra historia, pero eso es asunto de cada uno.

Ha terminado el mundial para el país. La fiesta terminó y lo que parecía un siguiente capítulo de violencia, frustración y ajuste de cuentas no sucedió. La gente dejó la fiesta y regresó a lo que llamamos «triste realidad»: una realidad marcada por la ausencia violenta, las miles de personas desaparecidas, de las que nunca sus madres, padres y familias dejaron de mencionar. Junto a colectivos y simpatizantes, sus voces y sus búsquedas nos enseñan que la fiesta puede ser, incluso, una forma de lucha.

El fútbol en México. Si algo se parece a nuestro sistema es precisamente el fútbol federado, el profesional. Hay corrupción, predomina una fuerza económica (televisoras) e intermediarios (promotores) que juegan con la posibilidad de mejorar el fútbol con los talentos que seguramente existen. México nunca irá a mejores posiciones porque el norte global ha hecho un negocio basado en talentos a los que se les individualiza. Ejemplo: Brasil. Sus estrellas dejan de ser su propio origen (el juego bonito); hoy requieren eficiencia física, técnica; la habilidad pasa a segundo término.

En México, a veces se da un paso y se retroceden dos. Este mundial fue popular, fue de expresiones populares más solidarias (no como las esperaba), y el fútbol fue más colectivo, más intenso. Este país se distingue por un gobierno federativo y una sociedad compleja e intensa, que a veces hace lo que puede. Pero lo que puede y debe hacerse está determinado por una clase política que solo sabe verse a sí misma.

Espero, como futbolista, que gane Francia en una semana. Representaría el triunfo de una nación (africana), colonizada y explotada por siempre, y parte de sus hijos despliegan el mejor fútbol. Ese es el mensaje compartido de un pueblo desmadroso que, por días, soñó y soñaba que se podría dar un pequeño paso, de esos que no olvidamos.

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