Rossana Reguillo
El fallecimiento de Rossana Reguillo Cruz conmocionó al mundo de las ciencias sociales en México y en toda Iberoamérica. Una académica imprescindible para comprender las violencias sistémicas, las juventudes y, en general, los estudios culturales latinoamericanos. Impacta por la premura de su partida, no siendo muy mayor, todavía con un vigoroso posicionamiento social que marcó su producción intelectual.
La conocimos hace muchos años, cuando aun siendo estudiante de antropología, junto a mis camaradas y ahora colegas profesionales, los doctores Homero Ávila Landa y Ariel García Martínez, coincidimos en la Ciudad de México y de casualidad vimos una convocatoria a un curso o presentación de un tema nuevo e inédito en las ciencias sociales: las juventudes.
La cita era en la sede del CIESAS Tlalpan y era impartido por un catalán de nombre raro y de una pinta muy extravagante, como cantante de baladas de los 60s. Carles Feixa presentaría gran parte de su libro (ahora un clásico en los estudios de las juventudes), La tribu juvenil: una aproximación transcultural a la juventud. Como nosotros formábamos una banda de rock (Los Lagartijos) en la Facultad de Antropología de la Universidad Veracruzana, siempre nos interesó observar a las juventudes en esta producción contracultural pero no teníamos la más remota idea de cómo abordarla; desde luego, como el resto de los/as asistentes a ese peculiar evento. Todo/as teníamos alguna idea de nuestro interés temático, pero no sabíamos qué onda con ello, quizá tampoco que podría ser una temática en sí misma.
Nos convocaba un tema que era prácticamente proscrito en las ciencias sociales nacionales de ese tiempo, pero todo/as con distintos intereses y muchas ganas de salir de la ignorancia metodológica y tener la analítica necesaria. Entre las académicas que estaban ahí, después se convertirían en la plana mayor de los estudios de las juventudes mexicanos y latinoamericanos, como Maritza Urteaga y la propia Rossana Reguillo.
En la amena charla hubo más dudas y preguntas que otra cosa. Recuerdo a alguien vestido de camisa y pantalón de manta, sandalias y una larga cola de caballo –o sea, un antropólogo vintage, clásico y estereotipado- tratando de entender a la juventud desde el marxismo, y que el expositor le dijera cómo pensar esa dualidad otrora normalizada en luchas obreras, pero en cuanto a movimientos culturales y contraculturales, la cosa se ponía difícil.
Cuando salió el tema de las “bandas juveniles”, nosotros aportamos un dato: en un trabajo de campo en el Totonacapan veracruzano, Ariel y yo vimos en un pueblo serrano una pinta en spray que decía “Los Cobras”, lo cual era evidencia que los chavos banda no solamente estaban en las grandes ciudades. Todos mostraron cara de extrañeza y Carles Feixa lo anotó en el pizarrón. No sabíamos, pero contribuimos mínimamente a lo que en el futuro sería un campo vigoroso en los estudios juveniles, como las juventudes indígenas.
En ese trabajo de campo, a finales de los ochenta, fuimos a Coahuitlán, en el corazón de la sierra del Totonacapan veracruzano. No había camino, solo una sinuosa vereda que subimos a lomo de caballo. En el pequeño pueblo, silencioso y taciturno, de población casi monolingüe, pasamos a lo que era la cárcel de la comunidad, un cuartito en forma de cuadro de un metro por cada lado. Había una pinta de las que suelen verse en las ciudades que decía el nombre de guerra de una “pandilla”. Preguntamos por Los Cobras y nos dijeron que era un grupo de jóvenes migrantes trabajadores que se habían ido a la Ciudad de México y regresaron “contaminados” y vestidos de manera extravagante para una comunidad étnica lejana de todo. Eso, más un comportamiento inusual para los indígenas, fue pretexto para ponerlos en el tambo. Nos dijeron más cosas: que eran mariguanos, alcohólicos, violentos y, obviamente, no tan cercanos a la cultura tradicional. Tal vez nada de eso era cierto, pero nos imaginamos sus pintas y por sí solos eran sospechosos de algo. Como nosotros en Xalapa, como cualquier joven que le gustaba el rock, como cualquier joven que se atrevía a vestirse como quisiera.
Al final del curso, Rossana Reguillo se nos acercó y nos preguntó mucho sobre nuestros intereses temáticos y nos apremió a que siguiéramos con nuestras propuestas. Muy empática y cercana, al final nos dijo algo así como “apúrense chicos, es cosa de ordenar lo que tienen y desarrollarlo ya”. Lo cual hicimos, no sin tropiezos, pero con hartas ganas de entender un tema que en realidad era pretexto para comprendernos a nosotros mismos.







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