Cuando el alma se agüita

Orquídeas rescatadas.  (Adriana Alcázar González/Global Press Journal)

Era pasado el mediodía del miércoles cuando el cielo comenzó a nublarse, Verónica percibió al interior de su espacio de trabajo que el sol se había ocultado.

− ¿A poco lloverá tan temprano? Ojalá que no. El solecito está lindo, alegra el día− dijo Verónica mientras se asomaba a la ventana.

Ese día no había llegado a trabajar su compañera Selene, con quien compartía espacio en la oficina. Verónica echaba de menos su presencia porque ese día no tenía con quién conversar durante la jornada. Terminó de revisar la base de datos que le habían encomendado un día anterior. Se sintió contenta de que había avanzado con ese pendiente que urgía a sus jefes. Así podría continuar con las labores correspondientes a su área.

Poco le duró la felicidad porque al revisar su correo recibió solicitudes para revisar dos bases de datos. La encomienda era para Selene y para ella, pero al no llegar su compañera, Verónica tenía que atenderlas y entregar los resultados al día siguiente. Por su mente pasaron varias ideas. Observó el reloj, sintió que su corazón latía con más rapidez. Se levantó y fue a preparar café. Necesitaba despejarse un poco.

Mientras preparaba el café comenzó a escuchar la lluvia, primero unas gotas leves que, en poco tiempo, se convirtió en una lluvia fuerte. Se asomó a la ventana, observó el cielo grisáceo y no alcanzó a contemplar los árboles que había a lo lejos, la lluvia lo impedía. Volvió a desear que en lugar de lluvia hubiera sol. Se quedó unos minutos frente a la ventana, percibió el aroma a tierra mojada.

Volvió por el café, se sirvió un poco en una taza. Antes de mirar el reloj, decidió quedarse unos minutos apreciando la lluvia. El aroma del café la llenó de energía, probó la bebida y le pareció deliciosa. Respiró profundo, al exhalar sintió que soltó la preocupación que le generaban las nuevas encomiendas urgentes. Se percató que la lluvia cesaba. El cielo se fue despejando. Los pájaros comenzaron a cantar con tal alegría, que daba gusto escucharlos. En breve tiempo el sol salió nuevamente.

Verónica quedó asombrada de lo que había sucedido en tan poco tiempo. Se sintió más tranquila. Regresó a su escritorio, terminó su último sorbo de café. Inició con la primera de las encomiendas y avanzó hasta terminarla. Decidió que la segunda tarea la trabajaría al día siguiente.

Al terminar su día laboral, mientras iba a casa, reflexionó sobre la importancia de poner atención para identificar cuando el alma se agüita, qué se puede hacer y cómo sobrellevarlo. Ese día la lluvia, el café, los pájaros y el sol habían sido sus aliados para confortarla. Recordó la algarabía del canto de los pájaros mientras aún percibía el olor a tierra mojada.

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