Una nueva vuelta al sol

Foto: Camilo Ocampo
Matilde percibió los rayos del sol que atravesaban la cortina de su cuarto. Antes de que la alarma de su reloj sonara ya estaba despierta. Imaginó que faltarían unos minutos antes de las seis de la mañana, confió en su intuición. Decidió quedarse unos instantes más en la cama. Agradeció a la divinidad ese día tan especial. Respiró profundo. El sonido de la alarma se escuchó.
− ¡Vamos Matilde! Es hora de levantarse. ¡Hoy es tu cumpleaños! −se dijo, entre tanto se quitaba la cobija.
Se sentó en el borde de la cama. Comenzó a hacer los ejercicios de fisioterapia que tenía como rutina cada mañana. Se puso de pie, estiró sus brazos lo más que pudo y luego se relajó. Fue al baño. Cepilló sus dientes. Se lavó la cara con su jabón favorito, romero con lavanda. Se detuvo unos instantes frente al espejo. Contempló su rostro, las líneas de expresión estaban bien dibujadas, los hilos de plata decoraban sus cabellos. Se detuvo con especial atención en sus ojos, le gustó encontrar en ellos ese brillo que solía recordar en cada momento emotivo, como ese día.
Buscó su teléfono celular. Estaría pendiente de las llamadas de sus hijos, demás familiares y amistades. Lo dejó sobre la mesa del comedor. Fue a la cocina. Se le antojó prepararse un café con leche. Mientras hacía la bebida observó sus manos bellamente decoradas con pecas. Abrió y cerró las manos, agradeció el poder hacerlo sin malestar alguno. Buscó en la alacena si tenía algunas galletas, encontró unas de mantequilla que le había regalado su amiga Lucía.
Antes de revisar el celular, que ya había sonado con el tono de mensajes, buscó su taza favorita y un plato de los que usaba para las ocasiones especiales. Ahí puso sus galletas y se sentó a tomar su cafecito. Recordó su imagen frente al espejo. Era muy afortunada y bendecida en tener una nueva vuelta al sol. Se alegró de tener regalos tan valiosos como salud, familia, amistades, su entusiasmo por la vida, un techo donde vivir, alimentos que compartir y un cúmulo de experiencias diversas de las que había aprendido y agradecía.
El celular sonó, era Mercedes, su hija menor, quien la llamaba para cantarle las mañanitas y decirle que pasarían por ella en un rato más para ir a festejar la vida.







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