Cazar brujas no es novedad en Estados Unidos

Desde el inicio del mandato de Donald Trump en el vecino país del norte la confrontación y, por qué no decir, la persecución a personas que disienten de las opiniones expresadas y ejecutadas por el presidente estadounidense se ha convertido en noticia de prensa. Ataques a la libertad de expresión, ya expuestos en esta misma columna, que parecen generalizarse en el planeta.
Estados Unidos, antes de convertirse en Estado, mostró cómo la cacería de “brujas” no se limitaba a las metrópolis coloniales. El caso de Salem (Massachusetts), a finales del siglo XVII, se ha convertido en referente histórico. Persecución y ejecución de personas consideradas brujas y que Arthur Miller convirtió en ejemplo literario con su obra de teatro titulada El Crisol, también conocida como Las brujas de Salem. Obra estrenada en 1953 y que ha sido leída como una alegoría al macartismo que afectó al propio Miller.
No resulta extraño que la política encabezada por el senador republicano, Joseph McCarthy, que ha pasado a la historia como macartismo, también se conociera como cacería de brujas. Tras la Segunda Guerra Mundial la fiebre del anticomunismo se expandió en Estados Unidos y otros países, donde nuestro entorno regional no quedó al margen, como es reconocido históricamente en muchos Estados de América Latina. En consecuencia, cualquier opinión contraria al status quo político fue denostada y perseguida; una realidad vivida y sufrida también en los países del llamado Bloque Socialista en los cuales la libertad de expresión tampoco fue respetada.
En Estados Unidos, el Comité de Actividades Antiamericanas persiguió a quienes eran considerados críticos a la política estadounidense y, por lo tanto, fueron encasillados en el calificativo de «comunistas». La delación fue un recurso para construir listas negras de personas acusadas sin necesariamente tener pruebas contra ellas. Una situación contraria a la Constitución estadounidense y su primera enmienda, aquella destinada a defender libertades individuales como la de expresión.
La industria cinematográfica, por su trascendencia pública, fue duramente perseguida. Uno de mis actores favoritos de esa industria, como lo fue Humphrey Bogart, estuvo involucrado en esta persecución y lo mismo le sucedió a su pareja durante años, la increíble actriz Lauren Bacall, quien fuera conocida como “la mirada” o “la flaca” en Hollywood. Ellos, junto a otros rostros cinematográficos de aquellos años, se involucraron en el “Comité por la Primera Enmienda”. Para muestra de figuras partícipes en esta defensa de la libertad de expresión véanse algunos actores y actrices: Groucho Marx, Edward G. Robinson, Henry Fonda, Bette Davis, Judy Garland, Gene Kelly o Frank Sinatra. También estaban, en dicho comité, directores de la talla de John Huston, Billy Wilder u Orson Welles. Frente a estos defensores de la libertad de expresión no debe extrañar que el pésimo actor, Ronald Reagan, y después presidente de los Estados Unidos, fuera uno de los delatores de sus compañeros y compañeras de Hollywood.
La razón y la justicia no fueron aliados de estos personajes, ni de otros muchos que vivieron en carne propia esta cacería de brujas. De hecho, muchos de ellos tuvieron que claudicar si no querían quedarse sin trabajo o acabar en la cárcel. En definitiva, el ambiente político hizo que las libertades individuales, como la de expresión, se sometieran a los dictados represivos de una de las democracias más antiguas del mundo. Por lo tanto, lo que se vive hoy no tiene, de momento, los alcances que tuvo el Comité de Actividades Antiamericanas encabezado por uno de los republicanos más fanáticos de la historia de ese partido estadounidense. Sin embargo, el servilismo demostrado por el Partido Republicano y por los seguidores del presidente Donald Trump no augura buenos momentos para las libertades en el vecino país del norte.
Pero si en economía aplica el dicho de que “cuando Estados Unidos estornuda, el mundo se resfría”, tal vez sería pertinente tomarlo en cuenta para otros aspectos como el referido a las libertades individuales; aquellas que ya han retrocedido de manera alarmante y que se ven claramente amenazadas en muchos países del planeta.







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