Cofradía de palabras: versos y amistades

Asisto, por invitación de mi sobrino Edén, a un recital de poetas del Grupo Literario Frecuencia de Letras, en la cafetería Casa de los Abuelos de mi pueblo Surimbia.

 

Los poetas llegan, con sus libros bajo el brazo, de varias regiones de Chiapas. De Ocotepec viene María Flor Valencia Cruz, quien lee sus poemas en zoque y en español:

 

Tzunh’ku’y

Yo soy la mujer que nació del corazón del maíz,
llevo en mis venas la luz del sol.
Mi lengua como olas del mar demuestra su fuerza y belleza.
Yo soy mujer viento, mujer de palabra.

 

Wilder Torres es de El Parral. Es el poeta de las anáforas, dicen sus compañeros aquí reunidos, quienes se abrazan y se felicitan por el florecimiento de la poesía, porque los versos son pretexto para madurar amistades, escucharse y encontrarle motivos de felicidad y belleza a la vida.

 

Este poeta “de largo aliento”, como lo presenta Luis Alberto Ballinas, quien coordina el encuentro de creadores, lee sus versos forjados en la madrugada. Le aplauden y lo celebran porque aquí comprenden bien las angustias del poeta desvelado.

El tiempo destinado a cada uno es de cinco minutos. Pero casi todos, entre risas, reconocimientos y el orgullo de ser poetas y escritores, se toman diez.

 

Reynaldo Santos Gómez ha viajado desde Villa Comaltitlán. Recuerda en voz alta que tiene cinco minutos para leer lo más importante de su obra.

 

“Te quedan tres”, lo interrumpen entre risas.

 

Sonríe y lee con la amenaza de una lluvia que no sabe cumplir su palabra:

 

Sobre las huellas de mis pasos

he caminado en la arena movediza de la vida
entre la breña y el ahuatal de la pradera,
de la milpa entre el maíz y del cañal de azúcar
para extraer de la simiente la miel y el pan
que me han nutrido de su esencia tan vital…

 

Estos poetas leen con entonación y con sentimiento.

 

Adel Córdova, maestro de educación física, ha venido de Frontera Comalapa a contar su poemario titulado “Un amor que rozó el cielo”, y lo va narrando en capítulos: la ilusión primera, la normalización y el desencanto del ángel al que le han brotado alas para volar hacia la libertad: “Los ángeles existen; me ha tocado verlos. Llevan consigo los ojos más hermosos del mundo. Tienen el cuerpo de una diosa”.

 

Somos artistas, dice, “porque andamos ‘artando’ a la gente”, y hasta a las autoridades, al pedirles espacios para promover libros.

 

En lugar de pasar por el desencanto de las oficinas burocráticas, estos amantes de la lírica prefieren publicar sus propios libros y juntarse, a veces acompañados de música, para declamar sus versos.

 

Gonzalo Escobar Castellanos salta de su asiento y, con voz templada, recrea, con gozo entretenido, su “quiero morir, morir de ti enamorado”. Es caminante, aventurero, brujo, sabio y, sobre todo, se le nota, un celebrador juerguista de la vida. Sabe convivir con dios y con las musas.

 

Carlos de la Cruz, profesor de Telesecundaria y ganador de varios concursos de poedía, dedica sus poemas a las personas neurodivergentes. Dios es autista, considera, porque le gusta el silencio, como a sus hijos, que han crecido con este diagnóstico y a quienes dedica sus versos, hechos de olas y galaxias:

 

Y cuando por fin se queda estático…

hay un océano dibujado en el pupitre,

una constelación latiendo entre sus dedos,

un idioma que nadie enseñó.

 

La maestra borra el pizarrón.
El pupitre tiembla de mareas.

 

El poeta entona la diferencia. Sabe que en “cada ser habita un pájaro distinto con su propia sinfonía” y que “cuando entona su verdad, el mundo maravillado escucha”.

 

Participa Edén López Martínez, mi sobrino, que cultiva diversas pasiones y que hoy celebra su cumpleaños. Además de urgenciólogo en el IMSS, se da tiempo para promover partidas de ajedrez. Es vicepresidente de la Asociación de Ajedrez del Estado de Chiapas. Es autor, además, de una novela estupenda, “Avance de peón”, que me mantuvo entretenido como una excelente serie de intrigas.

 

Lee un poema escrito en su adolescencia que habla de la memoria y del temple surimbo, del calalá, del tigre y del pozol de nambimba.

 

Luis Alberto Ballinas, el poeta nacido en San Bartolomé de los Llanos, pero que llegó para afincarse en Río Grande, donde ha formado una familia y visto crecer su obra, lee al final.

 

“Ni modo que no me eche yo un poema”, dice, y lee versos dedicados a su esposa.

 

Cierra el encuentro el trovador José Alfredo Torres, la Voz del Sureste, con la interpretación de Sabor a mí, de Álvaro Carrillo, y Quisiera ser para ti, esa canción que tanto me gusta y que compuso para marimba el maestro teopisquense Jorge Zúñiga.

 

Tengo la sensación de haber descubierto una cofradía secreta de personas que tienen la valentía, la generosidad y el humor de recrearse en la calidez de las palabras.

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