Letras en manos del editor: El legado de una vida dedicada a los libros. En memoria del Mtro. Gustavo Peñalosa Castro

Fotografía: Tomás Gómez López – CIMSUR UNAM

Por Fredy Jiménez*

En esta ocasión queremos recordar que hay personas que escriben libros y otras que hacen posible que esos libros logran existir. Gustavo Peñalosa Castro pertenecía a esta segunda estirpe, la de los artesanos silenciosos de la palabra.

El 8 de enero de 2026 partió de este mundo. Su partida nos sorprendió a mucho y sabemos que deja un vacío difícil de llenar, pero nos deja muchos recuerdos y un legado que pertenece a cada libro que ayudó a que naciera.

Cuando llego a Chiapa

Desde su llegada a Chiapas y a la frontera sur encontró un territorio donde continúo desplegando su vocación más profunda, acompañar el proceso de gestación de libros. Durante casi 15 años, desde el Área de Publicaciones del CIMSUR, confeccionó más de setenta títulos dedicados a comprender Chiapas, Centroamérica y la compleja realidad de la frontera sur.

Por sus manos pasaron investigaciones sobre migración, refugio, comercio transfronterizo, pueblos originarios, lenguas indígenas, historia regional, medio ambiente, género, religiosidad, educación, ciudadanía y procesos políticos. Su trabajo, hizo posible que todo este conocimiento llegara en diferentes comunidades, estudiantes, investigadores y público en general interesados en conocer mejor la región fronteriza.

Lo suyo no era únicamente corregir comas o acomodar párrafos. Gustavo tenía el raro talento de escuchar los textos. Sabía cuándo una frase respiraba bien y cuándo una palabra estaba fuera de lugar. Entendía que detrás de cada manuscrito había años de trabajo, viajes, entrevistas, archivos y sueños de quienes investigaban. Por eso trataba cada libro con respeto, paciencia y un rigor casi artesanal.

En el mundo universitario se suele escuchar una frase que encierra una gran ambigüedad de funciones: «los que no son investigadores o docentes qué hacen», tal vez el maestro contestaría irónicamente “son quienes hacen que las cosas sucedan”. Su trabajo rara vez aparece en los reflectores. Con suerte, una nota al pie, un crédito en la página legal o una breve mención en los agradecimientos. Así es el oficio del artesano, pasa desapercibido, pero sostiene la obra entera. Y Gustavo entendía perfectamente esa condición. Nunca buscó protagonismos. Prefería que hablaran los libros y su trabajo.

Y vaya que hablaron

El trabajo editorial de Gustavo fue fundamental, más de setenta títulos ayudaron a consolidar las series editoriales del CIMSUR-UNAM, la serie “Frontera Sur, Leguas del Sur, Nueva Historiografía de Chiapas y Centroamérica, Procesos y Reflexiones, e incluso una Serie “Fuera de Serie”, aquellas obras huérfanas, pero imprescindible para entender la frontera sur de México y Centroamérica. Muchas generaciones de estudiantes, investigadores y lectores han encontrado en esas páginas respuestas para comprender la historia, la cultura y las complejas dinámicas sociales de nuestra región. Ese es uno de los legados más importantes de Gustavo, que contribuyó a fortalecer un proyecto editorial que preserva, difunde y enriquece el conocimiento, promoviendo el diálogo entre disciplinas, investigadores, desde la discreción, a la circulación del conocimiento.

Pero Gustavo no era solamente un editor. Era también un conversador memorable. Quienes tuvimos la fortuna de compartir una oficina, un café o un pasillo con él sabemos que cualquier charla podía terminar convertida en una lección de lenguaje.

De pronto aparecía una palabra extraña y fascinante.

—»Apócope», decía, y explicaba que era la supresión de un sonido al final de una palabra.

O nos hablaba del «acápite», esa breve sección de un texto capaz de aclarar una idea entera.

O del «hipocorístico», esa palabra elegante para nombrar los apelativos cariñosos con los que llamamos a quienes queremos.

Y así, entre humor, sarcasmo y erudición, iba ampliando nuestro vocabulario sin que nos diéramos cuenta. Gustavo enseñaba como enseñan los buenos maestros, conversando.

Recuerdo especialmente una conversación que sostuvimos a finales de septiembre de 2018. Fue la primera vez que hablamos ampliamente sobre su trabajo editorial. Yo quería entender todo lo que implicaba la gestión de publicaciones, los procesos, los tiempos, las dificultades, las decisiones invisibles que hacen posible un libro. Como siempre, habló con generosidad y sin poses.

De aquella conversación nació una idea que todavía provoca grandes recuerdos. En los almacenes del CIMSUR se acumulaban miles de ejemplares que corrían el riesgo de terminar deteriorándose. Eran libros valiosos, pero inmóviles. Entonces diseñamos una estrategia sencilla y audaz, organizar una venta donde cada persona pudiera decidir cuánto pagar por el libro que quisiera llevarse. Y si alguien no tenía dinero, podía llevárselo con una aportación simbólica.

La lógica era simple y profundamente gustaviana “un libro leído vale más que un libro empolvado.”

Gracias a aquella iniciativa se logró dar salida a más de tres mil ejemplares. Los libros volvieron a circular, encontraron nuevos lectores y recuperaron su razón de ser. Gustavo estaba convencido de que el conocimiento debía viajar, no quedarse encerrado entre paredes.

Formado en Lengua y Literatura, con estudios de maestría en Apreciación y Creación Literaria, dedicó más de cuarenta años al oficio editorial. Participó en todas las etapas de la creación de un libro, revisión técnica, corrección de estilo, diagramación, maquetación, diseño, preparación para imprenta y publicación digital. También dejó una huella importante en la revista Pueblos y Fronteras Digital, acompañando los esfuerzos que la llevaron a obtener reconocimiento nacional e internacional.

Sin embargo, detrás del editor estaba el ser humano. El hombre que Benjamín Barajas describía como alguien de frente amplia y mandíbula poderosa; aquel a quien sus padres llamaban «el buen Satanás»; el hijo que recordaba con humor los famosos zapatazos pedagógicos de su madre; y el amigo dispuesto a compartir una conversación.

También fue escritor. Su libro Ruinas del humo permanece como testimonio de una sensibilidad poética que observaba el mundo desde sus grietas y sus preguntas. Pero quizá su obra más grande no fue la que escribió él mismo, sino la que ayudó a escribir a los demás.

Lo recordaremos porque su trabajo fue importante. Pero sobre todo lo recordaremos por su generosidad.

Porque nos enseñó que detrás de cada libro existe una cadena de personas que creen en el poder de las palabras. Porque nos enseñó que el conocimiento debe compartirse. Porque nos enseñó que la precisión y el humor pueden convivir en una misma conversación.

Y porque, aunque su nombre no aparezca en letras grandes en las portadas, permanece en cientos de páginas que ayudó a mejorar, en decenas de autores que acompañó y en miles de lectores que, sin saberlo, se favorecieron de su trabajo. Los editores suelen vivir entre bastidores. Rara vez reciben aplausos. Pero cuando uno de ellos se va, descubrimos cuántas cosas sostenía con sus manos.

Quiero pensar que la mejor forma de honrar su memoria no sea solo recordar su trayectoria, sino continuar la labor que defendió durante toda su vida, hacer que el conocimiento llegue a las personas.

En Chiapas hacen falta más editores, más proyectos editoriales y mayores esfuerzos para la que producción científica, humanística y cultural de las universidades y centros de investigación no permanezca resguardada solo en bibliotecas o almacenes, sino que circule, se lea y dialogue con la sociedad.

El conocimiento público y de acceso abierto solo cumple plenamente su propósito cuando se comparte y ayuda a comprender y transformar la realidad. Ese fue el sentido más profundo del trabajo de Gustavo, transformar manuscritos en libros, libros en lectores y lectores en una sociedad más crítica, informada, consciente de su historia y de su presente, alejándonos de creencias limitantes que por década nos han predicado…

Ese es, quizá, solo quizá el reto más importante que nos deja. Y también el compromiso que hoy nos corresponde continuar…

Editor, lector, compañero y artesano de libros.

De esos que parecen invisibles.

De esos que dejan huella para siempre.

Hasta siempre, Gustavo…

**Unidad de Información de la Frontera Sur – CIMSUR UNAM

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