Desorden

Vladimir Putin
Foto: Cortesía

Un orden de posguerra se derrumba y de sus restos surgirá su sucesor

Sociedades polarizadas emergen trayendo consigo las viejas ideologías que se creían no volverían a ser parte del presente. Pero ese presentismo no es posible sin el pasado. Sin autenticidad ni carta de presentación esas viejas ideologías que parecían decirnos ¡“nunca más”!, vuelven ruidosas y descaradas. Y ahí está el nacionalismo, nervio no estático, pulsador de energías, “identidades” y “pertenencias” de falso “estado-nación”, que pareciera encumbrar su prolongada crisis existencial. Hasta el siglo XV llega su centralidad, las decisiones de las monarquías y burguesías que heredaron ese construcción política y económica. De sus entrañas nació el capitalismo, huérfano hasta 1917, cuando su odiado compañero de la historia le quiso arrebatar el derecho de la riqueza de una minoría. El socialismo emergió como ese retador único y feroz competidor. Esa ideología había que combatirlo con todos los medios al alcance. Definitivamente todos. Nunca el capitalismo había tenido frente a un competidor que socializar los medios de producción.

Desaparecido la “amenaza” del socialismo real, la coyuntura fue aprovechada con vítores y fanfarrias. ¡El comunismo ha muerto, viva el capitalismo!, sería el grito junto a las copas. Pero la borrachera no duró mucho, pues la cruda realidad emergió lentamente hasta poner en duda al capitalismo, pese a su revitalizado bienestar social. Entonces se pusieron en duda y a la venta pensiones, empresas, servicios, salud… La nueva fachada sería un hijo bastardo llamado  “neoliberalismo”.

Ni sus crisis económicas, ni pandemias ni guerras pudieron derrotarlo. Sus dos últimos colapsos, la pandemia, el confinamiento social disciplinado y vacunado, los ataques en suelo norteamericano con responsabilidad del terror árabe, adecuaron el molde hegemónico y el pretexto para tomar sin preguntar petróleo, agua, territorio, espacios con los recursos a su disposición. Afganistán fue el ensayo, Irak la prueba.

La llegada de la segunda provocación hecho por Occidente a Rusia llegaría más cerca de su territorio (la anterior había sido Afganistán). En ese lado del mundo vimos la retirada de las tropas soviéticas, que fueron vistas por la propaganda como, claro, la amenaza principal. Después de la pandemia, la prueba tendría que ser nuevamente los rusos (ya colocados por Hollywood como mafias a las que héroes deben enfrentar y vencer). Entonces llegó Ucrania. Y desde ese punto de inflexión la seguridad internacional ingresó a lo que paree ser un punto de no retorno. Un reacomodo hegemónico sin precedentes, donde el principal no acepta retadores ni reglas.

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