El precio de la experiencia mundialista

Estadio Ciudad de México
Foto: FIFA_ES
Por Francisco Gabriel Ruiz Sosa[1]
Debido a su historia y a la potencia de su convocatoria, el Mundial de fútbol es un acontecimiento cuatrienal que despierta mucho interés y emoción en todo el mundo. Celebrado desde 1930, excepto en 1942 y 1946 por causa de la Segunda Guerra Mundial, este evento presume casi un siglo de historia. En 1930 participaron 13 selecciones nacionales y en este mundial, por primera vez, participan en la justa 48 países.
El Mundial 2026 ha comenzado con dos hechos históricos. El primero sucedió desde el momento en el que México se volvió sede mundialista. Es el primer país en el mundo en convertirse, por tercera ocasión, en anfitrión de un Mundial. El segundo tiene que ver con su primer triunfo en un partido inaugural. México ha jugado ocho partidos inaugurales en los mundiales, obteniendo dos empates, cinco derrotas y una victoria.
Como se sabe, el Mundial 2026 tiene tres sedes: Estados Unidos, Canadá y México. Pese a que el partido inaugural se disputó en la Ciudad de México, los mexicanos experimentan sentimientos encontrados sabedores de que la final tendrá lugar en Estados Unidos. Esto es así, debido a que muchos mexicanos viven en ese país. Como es obvio, al ser Estados Unidos la potencia económica del mundo, de común acuerdo, la FIFA y los otros países anfitriones accedieron a que la final se disputara en el estadio Nueva York Nueva Jersey. Lo que no se destaca es que más del 70% de los partidos se jugarán en Estados Unidos, lo que significa que realmente ellos son los anfitriones de este mundial; los demás, están de relleno.
Con lo anterior, se deriva el asunto de la exclusión de los aficionados mexicanos y la subordinación del país. De cierto, pudiéramos presumir que somos el primer país en el mundo en convertirnos por tercera vez en anfitrión de este mediático evento; pero este papel es meramente secundario. Además, por si fuera poco, la población mexicana ha sido excluida de gozar de la justa mundialista, en el sentido de vivir la experiencia del Mundial. Esta exclusión puede apreciarse de diversas maneras.
La primera y más fundamental, se puede observar a través de los elevados precios para acceder a los estadios en el país, precios inaccesibles para los bolsillos de la mayoría de los mexicanos. ¿Cuántos de los que asistan a los estadios en México (aplica también para Estados Unidos y Canadá) son genuinos aficionados (en el sentido reiterativo del término aficionado, entendido como “conocedor”) de la selección mexicana? Espero que la mayoría. No obstante, quizá valga cambiar la pregunta: ¿A cuántos de los que asistan a los estadios durante el Mundial les interesa el fútbol? ¿Cuántos van por la foto y la pose? ¿Cuántos van meramente por intereses políticos y por la fama? ¿Cuántos alentarán de corazón a la selección? ¿Cuántos vivirán los juegos con pasión y amor futboleros? ¿A cuántos les negarán estar cerca de los estadios? ¿Cuántos experimentarán ratos desagradables y humillantes solo por la confusión, el rechazo y la aglomeración?
Justamente, quienes no pueden acceder a los estadios, pero desean mirar los partidos no televisados tendrán que verlos a través de la única plataforma de streaming autorizada en México, cuyo nombre es ViX, propiedad de TelevisaUnivision. Como se sabe, la privatización del fútbol no es nueva, ya tiene sus años. Desde que se decidió hacer del fútbol un negocio, las televisoras y las plataformas pelean agresivamente en las subastas deportivas por hacerse de las mejores ligas y los principales eventos deportivos.
Hace unos meses se había anunciado que sólo se podía acceder a los partidos del Mundial pagando los servicios de las plataformas autorizadas por la FIFA. A finales de mayo, se anunció que los partidos de México podrán verse en televisión abierta, entre otros juegos, representativamente escasos. Naturalmente, esta supuesta inclusión genera apatía e indiferencia. “No hay mundial”, he escuchado por ahí.
De cualquier modo, sea el medio por el cual se pretenda visualizar los partidos, ya sea yendo a los estadios, pagando el servicio de las plataformas, trasladándose a otros estados de la república y/o países anfitriones, con miras a ingresar a los estadios y todo lo que ello conlleve, implica una derrocha económica que sobrepasa exponencialmente la capacidad adquisitiva de la mayoría de los mexicanos.
En fin, para la FIFA lo que importa es el dinero. Además, dado que han invitado a más selecciones al Mundial, ¡y en tres países!, las ganancias, como es obvio, se dispararán hasta los cielos. Como el negocio tiene que ser gordo, televisoras, plataformas de streaming, paquetes de viaje, hospedaje, renta de autos, empresas de bebidas y alimentos, constructoras, casinos, alianzas políticas, empresas de diversos giros, todos querrán una pieza del pastel. Por supuesto, esto totalmente consensuado. Los beneficiados de las ganancias, serán los mejores postores. Excluidos totalmente quedan los que no pueden pagar el ingreso a los estadios y los servicios de la plataforma de streaming autorizada.
Este descarado y obsceno negocio exhibe una paradoja que aplica a los mexicanos, quienes pasan de “estar en casa por ser anfitriones para ser echados de ella, a causa de no tener el dinero para pagar por el espectáculo”, acción autorizada por los políticos y las autoridades deportivas involucrados, porque México no puede decir que no al Mundial, aunque eso signifique decirles no a sus aficionados nacionales y a su gente que exige sus derechos. Lo que importa es mostrarle al mundo entero que sí podemos, así como los gringos y los canadienses, no en la cancha, porque ellos tampoco pueden, sino en las apariencias, en las apariencias de mostrar un país próspero y pacífico, abierto y dispuesto al turismo, porque para ellos se han preparado y organizado el Mundial. Lo que se espera es que vengan a dejar su dinero todos aquellos que nos visitan de otros países y por qué no, para no parecer malinchistas, a los propios paisanos también, sólo que tienen que pagar la cuota.
Así pues, los mexicanos experimentarán, por primera vez, un Mundial que se organiza en casa, en el que, en cierto modo, ya han sido echados de estar en su hogar al negarles su presencia en los estadios y en sus inmediaciones, bajo la consigna de solo puede entrar el que puede pagar y no porque sea mexicano. Con ello han matado la ilusión de millones de mexicanos, que una vez más han sido despreciados, en aras de la ganancia. Pero no hay que olvidar que, ante todo, el Mundial es un mero negocio. Y sólo puede vivir la experiencia mundialista quien tenga el dinero para pagarla.
[1] Profesor de la Licenciatura en Filosofía y de la Licenciatura en Pedagogía de la Universidad Autónoma de Chiapas.







No comments yet.