Los jacobinos del fútbol

Jugador de Haití
Foto: @Juaneslc11
Por Juan Carlos Cabrera Pons[1]
¡Para nuestra declaración de independencia, deberíamos tener la piel de un hombre blanco como pergamino, su cráneo como tintero, su sangre como tinta y una bayoneta como pluma!
Boisrond-Tonnerre
Cuando el historiador Louis Félix Mathurin Boisrond-Tonnerre, secretario del emperador Jean-Jacques Dessalines, pronunció las palabras que aparecen en este epígrafe, Haití acababa de lograr su independencia, la primera de América Latina y el Caribe, tras una exitosa rebelión de esclavos. Entre los estatutos de la nueva constitución, estaban el odio a toda persona de piel blanca y la condición de que solo un “negro puro” podía liderar el país. La sugerencia de Boirsrond-Tonerre con la que abro este texto ha de sonar espeluznante para cualquier lector del siglo XXI, incluso tras las atrocidades que, como humanidad, hemos perpetrado, tolerado y atestiguado desde 1804. Son palabras, sin embargo, que cualquier lector del siglo XXI ha de saber escuchar de la boca de alguien que acaba de participar de la rebelión de un pueblo que había sido degradado por más de un siglo.
A Dessalines no le tomaría un año pasar de gobernador general vitalicio de la República a primer Emperador de Haití, bajo el nombre de Jacobo I. Su mandato es recordado por la masacre de 1804, durante la que, bajo sus órdenes, se llevó a cabo el asesinato de la población francesa blanca que quedaba en el territorio, y por convertir a Haití en el primer Estado nación en abolir la esclavitud. La masacre de 1804 ha sido calificada como un genocidio. Se trata, después de todo, de la persecución y el aniquilamiento de un grupo de personas por su origen étnico. La abolición de la esclavitud en Haití anticipó a la de Estados Unidos por más de 60 años. Si una masacre semejante ha de ir de la mano de la abolición radical de la esclavitud, no está en mi juzgarlo. Se trata, después de todo, de la reacción de un pueblo que había sido degradado por más de un siglo.
Dessalines, que había servido como oficial del ejército francés, tomó el liderato de los revolucionarios haitianos tras la captura de Toussaint Louverture, líder histórico de la emancipación, en 1802. Un año más tarde, Dessalines comandó a los rebeldes haitianos en la Batalla de Vertières. Su victoria fue decisiva y cimentó las bases de la independencia de la pequeña colonia del Caribe. Esta es la batalla representada en el jersey que la selección haitiana pretendía vestir durante el Mundial 2026, y que la FIFA obligó a modificar. De acuerdo con la FIFA, ninguna selección puede portar símbolos políticos en sus uniformes durante ningún torneo oficial. Dónde dibuje la FIFA la raya entre un símbolo político y un escudo deportivo o nacional, es algo que todavía no ha logrado definirse. La imagen del jersey de Haití que la FIFA consideró decididamente inapropiada celebraba el movimiento emancipatorio que había comenzado con los esfuerzos aislados de un grupo de esclavos para derrotar a una de las potencias coloniales más poderosas de la época.
Es, a todas luces, un símbolo político, y esta FIFA no puede perdonar a Haití un despliegue semejante de lo político. El Premio FIFA de la Paz otorgado a Donald Trump semanas antes de que Estados Unidos declarara la guerra contra uno de los países que participan del Mundial ha de ser la excepción que confirma la norma.
En el siglo XIX, Francia tampoco le perdonó a Haití semejante declaración de independencia. Cuando, en 1825, el gobierno francés por fin aceptó reconocer la soberanía de Haití, lo hizo únicamente tras forzar al gobierno de la isla a un acuerdo desastroso: la deuda de la independencia de Haití. El acuerdo obligaba a Haití a pagar 150 millones de francos como reparación por las pérdidas del gobierno francés durante la independencia. Bienes materiales, plantaciones y esclavos; tales fueron los daños que el país de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad reclamó a la joven nación negra del Caribe. Para quienes afirman que la libertad no tiene precio, aquí hay una modesta propuesta. La deuda por su independencia ha sido un factor importante en el desplome de Haití para convertirse en el país más pobre del hemisferio occidental.
Hace unos días, un periodista británico le preguntó a Gianni Infantino si no se avergonzaba de haber llevado el torneo de fútbol más importante del planeta en un país que negaba la entrada a futbolistas y aficionados residentes en varios de los países invitados. Infantino le respondió, con la actitud de quien se imagina a sí mismo arrojando una respuesta lapidaria, que no, que la FIFA no puede decirle a un país a quién sí y a quién no permitirle paso a través de sus fronteras. La FIFA, al parecer, no puede perdonarse una postura política de tal calibre. Más que lapidaria, la respuesta es una pedrada al aire. La cuestión no es si la FIFA deba, pueda o quiera decirle a una nación soberana cómo conducir su política exterior. La cuestión es si la FIFA ha de llevar el Mundial a un país que no puede garantizar la entrada, la seguridad y los derechos de los ciudadanos de los países invitados.
A estas alturas, decir que la FIFA elige lo que significa “lo político” según su propia conveniencia política (y económica) no es nada nuevo. Tampoco es algo que sólo pueda decirse de la FIFA de Infantino, si bien la práctica se ha hecho cada vez más normal y desvergonzada durante su mandato. Que el jersey de Haití recuerde la Batalla de Vertières, la primera independencia lograda por una población negra esclavizada, o la memoria del emperador/dictador Dessalines y su campaña genocida, es una irrupción inaceptable de lo político. Si los aficionados del mundo le reclaman a la FIFA que tome acciones contra la Asociación de Fútbol de Israel, similares a las llevadas a cabo contra la Unión del Fútbol de Rusia, como protesta por la invasión de una nación soberana y el genocidio de su población, es otra irrupción inaceptable de lo político. Que la FIFA quiera celebrar un partido de fútbol entre Palestina, un país cuya población ha sido degradada por casi un siglo, e Israel, que ha perpetrado el genocidio de este pueblo, no es sino el gesto noble y altruista de una organización deportiva de alcance global que, en aras de la paz, permite y, al parecer, fomenta que el fútbol se desarrolle lo mismo en estadios de fútbol americano que en ciudades convertidas en fosas comunes.
[1] Escritor, profesor universitario y futbolista de gabinete. Doctor en literatura comparada por la Universidad de Massachusetts.







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