Epílogo: el lado obscuro del futbol

Foto: FIFA

Para nadie es secreto que el futbol de la FIFA ha sido objeto de escándalos y corrupciones.

Como cualquier deporte de masas a niveles internacionales genera muchas cosas fuera del deporte en sí. Es más: en este caso, el futbol quedó relegado a una escala de menor importancia por tantos intereses en juego.

Los resultados de este Mundial de Futbol rayan realmente en el cinismo empresarial y se expuso a lo que el mundo ya sabía previamente. Si el hecho de que el presidente de Estados Unidos logró revertir una normativa del reglamento de la FIFA -y lo dijo sin tapujos- simplemente porque quiso y pudo, no nos dice nada, entonces hemos vivido en otro mundo este último mes. Trump contravino al presidente de la FIFA, Gianni Infantino, que quedó por enésima vez como un directivo estúpido, corrupto, servil y mentiroso. Ojo, hablamos de las grandes ligas de los espectáculos mundiales, por lo que no es menor la adjetivación generada en la opinión pública internacional.

Pero en realidad, ha sido en el mundo de las redes sociales donde ha generado el Mundial de Futbol un lado obscuro que rebasa, incluso, el mundo político de facto.

Antes del Mundial de Futbol esa política era entendida como una confrontación entre dos bloques (la “izquierda” y la “derecha”); un émulo de una nueva Guerra Fría ahora transformada posmodernamente en lo que Trump llama “comunismo” y/o “woke” ante lo que ellos llaman el “el mundo libre”.

Ahora la cosa cambió. Desde que el balón rodó en el primer juego inaugural, la confrontación política, y también social y cultural, poco a poco y sombríamente se adueñó de las redes sociales.

La Copa del Mundo puede leerse como un paisaje anquilosado de los nacionalismos construidos en el siglo XIX donde, simbolizando una batalla bélica, “las naciones” se enfrentan entre sí. Pero ahora la ecuación varió de fórmula. Desde hace algunos años, los nacionalismos “fuertes”, los fascistas, se han envalentonado y aparecen a la luz pública, sin rubor, sin recato político alguno y en aras de la defensa de “la patria”, “la nación”, “la religión”, utilizan al futbol como pretexto para sacar incendiariamente lo que tenían escondido. No solo ellos desde luego, los otros bandos igual, pero es el fascismo quien ha tomado históricamente como bandera estos modelos ideológicos.

En un mes, en el mundo de la IA, el de las avanzadas tecnologías de la información, brotaron como un corrosivo pus, lenguajes virulentos frente a un país, un grupo, un equipo, un color, etnias, gobiernos, jugadores, líderes, historias…todos contra todos. Paraguay contra Francia, Ecuador contra México, México contra Argentina y ésta contra el mundo entero. Milei criticando su selección por la alusión política sobre las Malvinas. El expresidente español Mariano Rajoy acusando a los jugadores de Francia de no serlo porque son de color y africanos, y Donald Trump diciendo que los iraníes jueguen su mundial bajo su propia responsabilidad y sin la obvia y necesaria seguridad de cualquier selección. Todo por el futbol.

Pero no es el futbol.

El Mundial ha detonado lo que está a la vista de todos y encontró un campo fértil para esparcir un odio apenas detenido por las pocas cualidades morales que aún sobreviven en este mundo tan agresivo como esquizoide. Pero, como una represa llena de emociones obscuras, reventó a la menor provocación.

El campo de batalla no fue ni siquiera el campo de futbol, sino la nueva vida tecnológica que nos hace ser expertos en todo, pontífices de las buenas conciencias nacionales, donde cualquier imbécil, hombre o mujer, literalmente vomita una idea para hacerse viral. Porque de eso se trata, esparcir una no verdad para instalar un discurso, cualquiera, el más trivial de todos, pero con una línea de flecha anti todo, negar la diversidad, la inclusión y las formas democráticas modernas de convivencia. Negar al Otro, como substancia y como elemento a invisibilizar. Las homogenizaciones son en extremo peligrosas, a favor de eso se creó Auschwitz, no lo olvidemos. Y plantear, a partir de un juego de futbol, una superioridad étnica nacional, o al revés, denostar inferioridades por un juego de pelota, nos reduce, al mundo entero, a regresiones que supuestamente habíamos saldado y cancelado para siempre.

Esta Copa del Mundo será recordada por muchas cosas, pero especialmente por una extraña inercia de complot desde que la FIFA designó a Estados Unidos como los exitosos hacedores de espectáculos, pero no del futbol. Y todo lo que vino y se está instalando en nuestros días: trampas, sospechas, imposiciones de empresarios devenidos en tiranos hasta en el futbol, el deporte más popular del planeta; hipocresías políticas al límite, porque mientras se corona a los vencedores, se tiran bombas en un país lejano con el aval de un “premio de la paz” avalado por una FIFA multimillonaria y sedienta de gladiadores modernos (mi amigo, Jorge Luna dix it) dispuestos a inmolarse en nombre de “su patria”, así sea -ahora sí-, adquirida como migrantes, en lanchas, casi ahogados en los mares, pero si son triunfantes, las frivolidades del capitalismo deportivo se los premiarán. La pelota se ha manchado, claro que sí. Todo esto es el contexto por el que el Dr. Daniel Zambaglione, argentino, académico y crítico de este deporte acorralado por el capitalismo caníbal, llamó “El Mundial del Odio”.

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