Mundial 2026: de la fiesta global al reforzamiento fronterizo

Foto: FIFA
Por Arturo Montoya Hernández[1]
El Mundial de fútbol suele ser retratado como una “fiesta global”, en la que las selecciones participantes forman parte de un grupo selecto que se ha clasificado por méritos y esfuerzo deportivo. En esta edición, de entre las 211 selecciones nacionales afiliadas a la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA), 48 han logrado acceder a la fase final del Mundial que se celebra en México, Estados Unidos y Canada. Sin embargo, aunque la prensa deportiva, la mercadotecnia transnacional y el mercado de la nostalgia de Mundiales pasados pretenden centrar la atención en lo “estrictamente futbolístico”, resulta imposible separar los minutos que se juegan en los recintos oficiales —para deleite de aficionados, medios, federativos, patrocinadores y espectadores casuales— del entorno sociocultural y los arreglos geopolíticos que ofrecen el “contexto” del torneo, y que operan continuamente en la reproducción de las desigualdades estructurales activas durante su realización.
Basta recordar el papel de la FIFA al sancionar la invasión rusa en Ucrania, excluyendo a Rusia de eventos y torneos desde febrero de 2022, y contrastarlo con el silencio —que encubre consenso— frente a las operaciones militares de Estados Unidos de América en Irán, y frente al genocidio perpetrado por Israel en Gaza y Cisjordania, así como a su invasión a Siria y Líbano. En estos casos, se hace operativo que los estatutos de la FIFA, que declaran neutralidad en política y religión, se aplican de manera discrecional y con orientación geopolítica clara. Esta situación incluso ha derivado en denuncias en la Corte Penal Internacional en contra del presidente de la FIFA, Gianni Infantino, por legitimar la ocupación de territorio palestino en Cisjordania al permitir la participación en torneos internacionales de clubes israelís fundados en asentamientos ilegales.
Volviendo, no a lo “estrictamente futbolístico”, sino al contexto regional norteamericano en que se está llevando a cabo el torneo, resulta claro que las fronteras que separan a los tres países del resto del mundo —por la función diferenciadora que tienen las fronteras geográficas en este caso— no logran establecerse como las zonas de contacto y encuentro simbólico que podrían hace efectivo el “Somos 26”, lema oficial de éste Mundial que en la letra celebra la unión entre los tres países sedes y todo el continente Americano en cuanto anfitrión del magno evento.
Si bien, Infantino ha declarado que cada país tiene el derecho a decidir sobre sus políticas migratorias, el “muro burocrático” establecido por Estados Unidos contrasta, no sólo con las facilidades migratorias ofrecidas a selecciones, federaciones, trabajadores de la FIFA y aficionados en Canadá y México, sino con la apertura de otros mundiales recientes. Por mencionar un par de ejemplos: en Rusia 2018 el FanID, documento al que podían acceder los aficionados que compraran boleto para alguno de los partidos, permitía entrar al país sin necesidad de visa y permanecer en situación regular durante el torneo. Por otra parte, en Qatar 2022 se emitió la Hayya Card, la cual tramitaba el ingreso de los aficionados sin necesidad de visado y tras el Mundial se convirtió en el sistema oficial para gestionar las visas turísticas.
En contraste, el vínculo que existe entre la seguridad nacional y la política migratoria en Estados Unidos —que data de la Guerra Fría, pero adquirió su articulación contemporánea en 2003 cuando se creó el Department of Homeland Security (DHS) dentro de cuyo marco opera el CBP (Customs and Border Protection), agencia encargada de la selección y filtrado en puestos fronterizos— ha hecho de los partidos celebrados en Estados Unidos durante este Mundial de 2026, espejo de la exclusión y del reforzamiento punitivo de las fronteras. De acuerdo con la Proclamación 10998 del 16 de diciembre de 2025, considerando sólo a los países con selecciones compitiendo en Estados Unidos, los ciudadanos de Costa de Marfil y Senegal tienen restricciones parciales de acceso, lo cual significa un alto porcentaje de rechazo en la solicitud de visas. Además, los ciudadanos de Irán, Haití y República Democrática del Congo tienen restricción total, lo que significa que no son elegibles para tramitar una visa de ingreso a Estados Unidos. De esta manera, hay selecciones cuyas aficiones nacionales están excluidas del acceso a los partidos, a los cuáles sólo podrán asistir las comunidades diaspóricas que ya se encuentra en el país.
Además de las restricciones, el acceso a una visa se encuentra también limitada por las diferencias económicas. Mientras que países como España y Chile —caso único en América Latina— participan del programa ESTA (Autorización Electrónica de Viaje) que los exenta de tramitar visa, requiriendo únicamente el pago de 21 dólares (370 pesos mexicanos al tipo de cambio actual) para el trámite en línea, la cuota para una cita consular en México —la cual solo da cuenta del inicio del trámite para la visa y no garantiza su aprobación— cuesta 185 dólares (3,260 pesos mexicanos). De este modo, para una persona de ciudadanía española el trámite que le permite ingresar a territorio norteamericano equivale a 1.7% del salario mínimo mensual, mientras que para una de ciudadanía mexicana el inicio del trámite —sin contar los costos de desplazamiento a las ciudades donde se ubican los consulados norteamericanos— representa alrededor del 36% del salario mínimo mensual.
La frontera, como dispositivo de selección y filtrado, se suma así a la las dinámicas de extractivismo económico, urbano, social y cultural que la lógica empresarial, transnacional y de seguridad ha montada en torno al torneo. Debido a esto, a la par de ser el Mundial más costoso de la historia, el actual también es uno de los más cuestionados políticamente. El “Somos 26” queda así como un eslogan cínico de inclusión diferencia y discrecional, que envuelve al deporte en el oropel de la política, la especulación, la publicidad y las apuestas. Con ello, se capturan la inventiva y las posibilidades críticas de un deporte que nació en lo popular y que poco a poco se ha convirtiendo en un negocio y espectáculo cada vez más exclusivo y desarraigado, dirigido a disciplinar y blanquear al futbol, alejándolo de las potencias insumisas que habitan en sus raíces.
[1] Arturo Montoya Hernández es Licenciado en Filosofía por la UNAM y Doctor en Estudios Culturales por El Colef. Actualmente realiza una estancia de investigación posdoctoral con apoyo de la Secretaría de Ciencias, Humanidades, Tecnología e Innovación (Secihti) en el Centro de Estudios Superiores de México y Centroamérica de la Universidad Autónoma de Ciencias y Artes de Chiapas (Cesmeca-Unicach). Sus temas de investigación son los movimientos sociales, la educación, la estética-política, el cine, el deporte y las migraciones.







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