Viñetas mundialistas

Imagen: @ActuFoot_

Por Josué Francisco Hernández Ramírez[1]

Migajas son migajas, pero saben (y provocan lo peor)

Hay quienes no podemos curarnos de esa sensación extraña de odiar el futbol moderno a la vez que emocionarnos al ver cada partido que podemos en este mundial. Es más sencillo odiar y repeler el futbol, sea por clasismo o desinterés, igual que amarlo por una capa impermeable a pensar y reconocer la geopolítica y desigualdades económicas que produce.

En esa ambigüedad, recordamos que, después de hoy, 21 de junio, solo quedan 7 partidos por disputarse en México, incluyendo dos juegos de dieciseisavos de final y uno de octavos de final. Difícil me resulta pensar que esto puede llamarse un Mundial que vuelve a casa y no un Mundial migajero que, dicho sea de paso, vendió bastante caras las migajas.

Decía Juan Villoro en una entrevista con Marion Reimers que las celebraciones eufóricas que parecen estar festejando un triunfo de fases más avanzadas responden a que, en general, México ha ganado poco y sufrido mucho; “y si necesitamos muy poco [para festejar] es porque hemos estado muy mal”. Particularmente el triunfo contra Corea del Sur desató una ola de festejos en el país y en Guadalajara en especial que podríamos leer desde diferentes ángulos, uno de ellos, esa posibilidad de habitar el espacio público por un rato frente a la violencia desatada que ha azotado la ciudad tapatía.

Pero también esa alegría que sale tan barata, como dice Villoro, plantea pensar en cómo los afectos que se ponen en juego se vuelven formas de un ejercicio de masculinidad hegemónica en el espacio: rociando espuma a un repartidor con quien se “juega” a robarle el pedido (y quienes justifican, cómo no, que la culpa es suya por meterse ahí); golpeando una camioneta; saltando encima del techo del metrobús; forzando las entradas del metro; orinando en la vía pública; robando las lonas con rostros de personas desaparecidas; dejando un rastro gigantesco de basura, entre otras cosas. ¿Por qué una alegría tan barata se despliega así: en esa voluntad de dominación parapetada tras una máscara de festejo?

La resiliencia y el permiso para hacer lo que quieran

-Sean resilientes y tengan una actitud positiva.

Gianni Infantino

-Deja de llamarme resiliente porque cada vez que dices “oh, son resilientes”, eso significa que puedes hacerme algo más. No soy resiliente.

Tracey Washington, del Instituto de Justicia de Louisiana

Infantino visitó el vestidor de Irán con la alegría y la superficialidad de quien se ha desvinculado por completo de cualquier responsabilidad social. Elogió la resiliencia del equipo ante la guerra y pidió confiar en la FIFA. Nada dijo de la ironía de que un pacifista improvisado por la misma asociación haya declarado actos de exterminio contra una población que ya ha asesinado, entre otras personas, a 168 niñas en la escuela de Shajare Tayebé, en Minab; o que la selección iraní solo sea tolerada brevemente en Estados Unidos durante sus partidos y que a otros, como al árbitro somalí Omar Artan les hayan negado la entrada o retenido en un extenso interrogatorio, como hicieron con el jugador Aymen Hussein de Irak.

La aquiescencia de Infantino y la FIFA con las medidas de exclusión para la selección de Irán, atravesadas por el discurso anodino de la resiliencia, resultan chocantes y terroríficas. Si aquella supuesta capacidad por sobreponerse de las adversidades va a ser el pretexto para sostener cualquier acto violento y excluyente, es claro que uno de nuestros horizontes tendría que ser la crítica y transformación de esas palabrejas utilitarias que siguen destruyendo vidas.

La FIFA parece ser un laboratorio o, peor, una puesta en práctica de la política global-económica que utiliza el poder instrumentalizante del deporte más redituable del mundo para asentar las políticas autoritarias de gobiernos de ultraderecha en ascenso. Inevitable, me parece, la necesidad de pensar en lo que hace poco Nate Silver recordaba como un capitalismo clientelar en esteroides (Crony Capitalism on steroids) en una conversación en The Athletic.

En contraste, los pequeños gestos de hablar en español en un escenario que insistía en que toda comunicación fuese en inglés se contraponen a ese mensaje desplegado en todo el mundial que dice a quién le pertenece. Si el futbol puede volver a su base popular no lo sabemos; el horizonte se antoja difícil, tan difícil como remontar una goleada. Si este Mundial es una goleada en un partido decisivo o nos quedan posibilidades de la revancha no lo sabemos, pero si la euforia para festejar puede poner voluntades en común, ¿podemos poner en común esa pasión por el futbol para demandar que vuelva a la gente que le da sentido?

[1] Doctor en Antropología Social por la Universidad Iberoamericana Ciudad de México; profesor de la Universidad Iberoamericana Puebla e investigador de violencias colectivas, estatalidades y conflicto.

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