Derrotas poéticas

Foto: @pubity
*Por Cuauhtémoc Jiménez Moyo
Sabemos que es preferible ganar que perder. La victoria en eventos deportivos puede convocar al paroxismo y al éxtasis. Las derrotas entristecen, sepultan carreras. Vamos, esta no es una defensa de la derrota. Prefiero ganar, si se puede siempre, mejor. Las derrotas no saben a victorias. Nunca. No nos engañemos. Pero algunas veces, las derrotas pueden saber a gestas heroicas y por eso perviven en la historia.
Pienso en Hector, mi perdedor favorito. Mi héroe troyano, al ser desafiado por Aquiles, ese engendro mitad dios mitad humano, sabía en el fondo de su corazón -creo- que perdería la batalla. Nadie podía vencer a Aquiles. Hector se despidió de Príamo, su padre, entes del combate contra Aquiles. El rey troyano, lleno de orgullo por su hijo, lo arengó a vencer a Aquiles; Hector se despidió de su esposa y su hijo, de toda su familia y salió a luchar por Troya.
Hay una razón por la que esta batalla resuena hasta nuestros días: si bien Aquiles venció, Hector mostró tal valentía, tal dominio de la batalla, tal resistencia y tal honor ante la muerte, que su derrota se volvió un eco que nos murmura que incluso en la derrota hay belleza.
Mi hijo me pregunta por qué le voy (por qué hincho) a los que pierden. Es ordinario que los mejores ganen. Es extraordinario que los menos favorecidos puedan derrotar a los mejores. Cuando eso sucede se invierte la lógica y usualmente se debe a que se dió lugar a la gesta heroica, al esfuerzo más allá de los límites, a la mentalidad inquebrantable. Casi nunca somos testigos de ese milagro, pero la gente como yo, lo espera siempre. Porque tiene un sabor a eternidad.
En nuestra tradición judeo cristiana tenemos el mito de David contra Goliat, un ordinario pastor que derrota a un gigante para dar paso a la huida de un ejército. En el deporte somos testigos de muchas confrontaciones desiguales. Usualmente la desigualdad estructural se traduce en distancias insalvables entre los deportistas de élite y los otros. Casi siempre el deportista de élite vence con facilidad. Los que amamos las gestas, ya no esperamos una victoria de un débil: esperamos una derrota poética, pues sabemos que se perderá, pero puede ser que el proceso del juego muestre tal determinación del débil, tal valentía, tal extensión de las capacidades humanas, que la derrota sepa a gloria, a proeza, a hazaña del corazón y de las entrañas.
Eso pasó, en este mundial, con la maravillosa selección de Cabo Verde. Todos sabíamos que el resultado sería que Argentina pasaría a cuartos de final. Los únicos que no lo sabían eran los jugadores de Cabo Verde. Por eso jugaron el partido de su vida, llevando al límite al equipo campeón. Aclaro: no cualquiera es digno de una derrota poética; debe ganarse ese lugar; para llegar a ser derrotado y recordado, para murmurarle a la eternidad tienes que merecerlo: llevando al límite las capacidades físicas y mentales. No cualquiera puede ser Hector.
Le doy la razón a Juan Villoro: La selección mexicana hizo lo necesario en su juego contra Inglaterra para merecer la derrota que tuvo. No fue una derrota cualquiera. Fue una derrota que nos llenó de orgullo a todos los que amamos el fut bol. Fue una derrota poética. De esas que comentaré si tengo la suerte de llegar a viejo. Por ello no hay aficionado mexicano que no esté agradecido con este equipo. Muy pocos auguraban un buen mundial: la selección venía de un proceso desastroso con tres técnicos en menos de cuatro años. Pero así como una flor puede emerger entre dos bloques de cemente, este equipo surgió en condiciones adversas para regalarnos una derrota que sabe a poesía.
En el fondo, sabíamos que Inglaterra era mejor. Se comenzó perdiendo y la reacción del equipo (que nunca en el torneo fue abajo) fue digna y casi heroica. Los minutos finales del partido vimos a uno de los delanteros más talentosos del mundo defendiendo como central, pidiendo que el árbitro pitara el final del partido. A nuestros jugadores les faltó talento extraordinario para empatar el juego. Ese talento extraordinario que tiene un Messi, un Lamin, un Julián Álvarez. Nosotros no tenemos a un talento así. Y eso lo sabíamos. Y por ello agradecemos esta derrota que nos ubicó donde pocos débiles (deportivamente hablando) pueden estar: en el trono de la derrota a la altura del arte.
*Académico de la Universidad Veracruzada y miembro del Observatorio Maradoniano del deporte







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