Los Fan Fest y el imperio selfie

Foto: @MXESTADIOS

Por Raciel D. Martínez Gómez *

Si aplicamos la fenomenología del relajo para entender el esperpento celebratorio de los Fan Fest del Mundial 2026, es probable que comprendamos solo una pizca del germen paroxístico de estas manifestaciones que rayan en una versión de “Jackass” región 4.

Podemos alegar pasión, desfogue catártico, sentimientos neorreligiosos, vacíos que requieren de sentidos identitarios, en fin, que las reflexiones de Jorge Portilla fueron demasiado tempranas. Y es que no se advirtió que el futuro del mexicano estaría signado por sobre estímulos en redes/ pantalla donde, ansiosamente, se alardea el protagonismo vía selfie.

Veamos algunas de las condiciones en las que se desenvuelve el Mundial 2026 para entender la otra mitad del éxito de los Fan Fest en México, donde el relajo está en la cresta de la ola.

Primera condicionante a saber: en el cenit del híper capitalismo, un evento como el Mundial de futbol no es ajeno a la dinámica propia de estos tiempos globalizados donde las distancias se estrechan y los viajes son plástico empeñado.

Muy al contrario, el Mundial, su logística, es cuerpo vivo económico -y, por desgracia, político-, ultra orgánico con las fuerzas del dinero internacional que circula a expensas de detonantes como la justa futbolera que atrae un voraz paquete de negocios más allá de la frontera del deporte.

Es decir, su completa organización -su lógica, pues-, depende de las estructuras que impulsan el entretenimiento a escala del espectáculo pantalla. Esa reducción de la estética ha encontrado su confort en la síntesis de una pantalla para que el fruidor enanice su apreciación y la acomode a capricho sensorial.

De otra manera, no queda duda, moriría el Mundial. Por ello el magno evento, lo más visto en la historia de los medios masivos de información, está más cerca de un Súper Bowl que de una Copa Libertadores. El molde funciona y no hay más que trasladar las estrategias del branding tipo NFL para que la FIFA despliegue el arsenal publicitario en pausas de hidratación y el algoritmo se luzca invadiendo nuestra intimidad como narcisista espejo de Blancanieves.

Aquí todos ganan, desde el abandonado Hugo Sánchez que aún goza crédito de fama, Neymar todo banca y se cuela a la casa de Miguel Layún a través de Mercado Libre, o un Memo Ochoa en sí ya una marca que se convoca por compromisos comerciales.

Los villamelones de elite llenan estadios, confunden continentes y gritan inocuos saques de banda, porque en su exaltación post nacionalista (¿se puede todavía hablar de nación?), sí con orgullo portan los colores de su país, pero lo más trascendental para el ego tecnológico es viralizar piezas donde sea actor de un remo colectivo imitando una nave vikinga. Y está bien: es su derecho a la emoción.

La superbowlización del Mundial traza un círculo de experiencias VIP, al estilo de la actual cultura del ocio: turismo, un mismo libro, una función de cine o habitar un fraccionamiento exclusivo.

Segundo aspecto a considerar. El Mundial también reproduce la micro física en donde los ciudadanos presumen sentimientos. Razones, no. Sí las emociones son el caldo de cultivo de las redes. Se vive neuróticamente para engreírse en el “estar in/ ser in”. La obligación es la felicidad perpetua, y para eso el simulacro ideal es congelar el instante en su más brillante e incólume detalle: para eso existen Facebook e Instagram.

Las fotos posteadas son destino: constancia del “estar in/ ser in” ahí con toda la adrenalina que implica no perder presente. Así, el imperio de la selfie es el discurso que domeña el registro de los celulares.

En este contexto se desarrollan los denominados Fan Fest que son, paradójicamente, espacios de democratización del evento. Satisfacen a todos aquellos fans discapacitados financieramente para entrar a los juegos, reciben la chance de ver los partidos al aire libre en espacios públicos donde el automóvil y la prisa dominan el paisaje.

Hay un efecto interesante en ello: adueñarse de dicho territorio cumple una función terapéutica por donde se le observe. El espacio, en estos Fan Fest, queda suelto de autoridad (no obstante el Estado es organizador y garante), lo que da manga ancha a la libertad. A todo lo que no se puede realizar en el ritmo cotidiano, le obsequian licencia y por tanto dispensa: como en el carnaval cuando se celebra la carne.

Sigmund Freud seguro explicaría la conducta de masas. “El laberinto de la soledad» de Octavio Paz tendría que reescribirse en versión recargada. Y “Los rituales del caos “de Carlos Monsiváis requerirían de un catálogo renovado de tribus urbanas.

“Jackass” fue una serie de televisión transmitida por MTV del 2000 al 2002 que rompió jetaturas con su humor ácido y provocador de slapstick extremo -una comedia que buscaba la humillación. Se trató, hay que decirlo, de una imbecilidad: la serie se centraba en una recopilación de acrobacias y bromas dolorosas tendientes a una suerte de masoquismo. La serie, tras encontrar eco entre más descerebrados, se convirtió en una secuela fílmica.

Lo ocurrido durante los Fan Fest del Mundial o en aquellos espacios públicos de los que se apoderan los fanáticos del futbol como Paseo de la Reforma en la Ciudad de México, hacen homenaje involuntario a las locuras de Johnny Knoxville y, en algunos casos, estas palidecen frente a las proezas que se realizan durante los festejos.

Las clases medias han demostrado imaginación sin límites para la bobada que busca ser captada en los videos de las diversas cuentas de redes sociales que subrayan esa identidad del relajo que detalló Portilla en su fenomenología.

El Fan Fest suspende la solemnidad de la norma y el chiste en automático es actitud de sobrevivencia. Hilarante esperpento. ¿Será en realidad pasión por el futbol? ¿O también se mezcla la ansiosa ingesta de ego provocando esta mega purga que son los Fan Fest?

* Académico del Centro de Estudios de la Cultura y la Comunicación de la Universidad Veracruzana.

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