Resbalones y confusiones sobre entornos y ambientes mundialistas 2026

Foto: @miseleccionmx

Por Homero Ávila Landa[1]

A pesar de que la razón de ser del mundial de futbol es -o era- la práctica competitiva cuatrianual de ese deporte, evidentemente, y como es común, está resultando mucho más que eso. Ante las imposibilidades de asistir a los partidos, de poder contratar la plataforma exclusiva para ver todos los juegos, o de tener el tiempo para tirarse en un sillón a ver cada disputa, de la mano de los soportes comunicacionales tradicionales y digitales uno termina mirando, oyendo y sabiendo mucho más sobre lo que sucede afuera de las canchas que de los juegos mismos. Además, si uno pudiera ver todos o la mayoría de los partidos, probablemente acabaría, mínimo, asqueado de tanta propaganda (sobre todo de las casas de apuestas).  Tampoco es muy recomendable ver los programas deportivos de la señal abierta, por insípidos, desabridos, tontos, ridículos, desgañitados, carentes de ideas interesantes y menos aún de buenos análisis. Obvio que en este caso se salvan momentos donde aparece una mente como las de Jorge Valdano, a quien parecen no entender, porque no saben escuchar, algunos de quienes lo acompañan. Hoy esa mediación deportiva es ante todo ruido, volumen alto, gente hablando al mismo tiempo. Pero gritar más no es tener las mejores ideas o explicaciones deportivas; acaso es lo contrario.

En la actual ecología -o gritería- mediática acaba uno por sobre-informarse de entornos, mediaciones y conductas, que no son el futbol ni son el mundial, pero que suceden por él. La democratización que sostienen las tecnologías digitales imperantes, son fuente de otros modos de reportar, documentar, atrapar el “ambiente” mundialista y al cabo, de actualizar eso de que el medio es el mensaje. Así, tenemos imágenes y sonidos de un hormiguero carnavalesco que a la primera provocación se deja venir al espacio público para colonizarlo con prácticas inéditas, acaso reveladoras, de las formas actuales del desmadre y de la psicología de las mexicanas y los mexicanos, en sus formas individuales y colectivas, en su presencia de familia nucleares y extendidas, de jóvenes energizados, de adultos de diferentes generaciones, uniformados de verde (también de blanco y negro) e incluso hay los gustosos de disfrazarse, enmascararse o de embotargarse. Todo es posible una vez desatada la combinación euforia-festejo-ambiente mundialista.

¿Qué seríamos sin celulares, sin plataformas ni redes socio-digitales? Nada, o nadie, o seríamos humanos incompletos. O eso parece, ya que los hedonismos, narcisismos, lo ordinario y lo extraordinario, o se documenta o nunca existió, o se circula masivamente o se es un don nadie. El presente y la memoria de la existencia, del ser, estar y hacer están almacenados en los teléfonos inteligentes; y la consciencia de ello, de su documentación, conlleva también la certeza de que todos somos actores que construimos el performance de lo colectivo que debemos grabar, de las emociones que debemos sentir y actuar, pero sobre todo de capturar audiovisualmente, chance para inmortalizar los festejos que protagonizamos, porque uno/nosotros es/somos el desmadre. Junto a ello hemos desarrollado habilidades actorales y un olfato para distinguir lo que es oportuno “documentar”; el teléfono en ristre y la actitud alerta es garantía de ser en nuestras versiones digitales en la red.

Pero el Mundial 2026 es un tsunami agitadísimo que nubla la compresión de los modos en que lo experimentamos. Conforme van pasando los días mundialistas, las conductas de la masividad van reuniendo intentos de explicación. Aun así, no se sabe si ya han sido reveladas todas las formas posibles de carnavalizarse; por ahora, y mientras la selección mexicana siga avanzando (la corazonada ve fracasar a los ingleses el domingo 5 de julio) podrá tenerse, quizás, ideas de lo mucho, lo loco, lo desbordado que ha estado pasando. La consciencia vendrá después, acaso como cruda, acaso como confirmación de que así debe serse en la fiesta de carnaval futbolero que invierte la extenuante cotidianidad, quizás como descubrimiento liberador de la manera que hasta antes de este evento se había sido. El país no es apto para acartonados. Esto ha venido siendo otro México, otra manera de su festividad que transforma el orden dado en materia de festejos y convivencia anónima pero masiva e internacional en muchos casos. Por ahora, vamos a la cabeza de la alegría en un tiempo de poderosos miserables que andan libres pero que deberían ver el mundial en su calidad de delincuentes, de presos. Por ahora, somos el país inigualable en su manera de entender la vida, o de asumirla en medio de tragedias sociales, locales y globales; en medio del retorno de las derechas en los países de nuestra región. ¡Que el destino nos alcance!

Este es el mundial donde la tecnocultura y la tecnovigilancia producen tecnoexperiencias o modos de tecnofanatismo que nos moldea como sujetos cercados, acosados y abusados por algoritmos. Sin ellos, no habría visto a infinidad de connacionales cuyos comportamientos son ya materia de diferentes disciplinas académicas. Esas miles de ventanas a la euforia mundialista -que no es el mundial pues- van dejando impresas conductas inéditas (al menos para mí) como el aprovechamiento de desconocidos extranjeros y mexicanos para ser besados en medio de un coro que estalla en gritos y aplausos; ni habría observado cientos de personas volando impulsados por el grito “¡Quiere volar, quiere volar…! Jauja para quiroprácticos y hueseros. ¿Y quién no ha visto personas pagando al algodonero para convertir sus cabezas en auras o cascos de azúcar?

Uno tiene que evolucionar… hasta donde pueda. Se puede empezar por reconocer que las aficiones se han diversificado, que en la gran mayoría hay aficionados que no van a los juegos de futbol profesional y que se han formado como tales viendo los partidos en la televisión. Y que ahora, en la onda whitexican la mayoría de los que van a los juegos del mundial son gente de clase alta para disfrutarlo a su manera. Al FIFA-capitalismo no le importa la condición de clase ni las intersecciones de los públicos/consumidores de este mundial, no es tema el de las clases sociales, el objetivo es ampliar la acumulación de la riqueza (lo cual no es una certeza nueva); ahora va quedando más o menos claro que ya no hacen falta públicos de los sectores populares para llenar estadios, pues hay suficiente gente para colmar el Azteca, el Akron o el Tecnológico; Dios permita que sostengan su interés por el futbol una vez concluido el mundial y retomada la liga doméstica; si no, pues a bajar los precios de nuevo. Quizás es tiempo para irme buscando otro deporte favorito, otra forma de entretenerme. Mientras eso ocurre, continuaré mi forma casi silente y apartada de ver el mundial en televisión… La puntilla a mi fanatismo podría ser la grotesca, casi depravada, imagen del agente naranja entregando la copa a ya saben quién, según el chisme que corre en los pasillos. Aunque estoy más que convencido de lo dicho dijo Pepe Elorza en los primeros años 90 del siglo XX, en voz de Cecilia Toussaint: “Aquí me quedó/ aquí nací/ y aquí me muero” (en mí caso, en el futbol).

*[1] Empleado de la Universidad Veracruzana.

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