Érase una vez hace medio siglo

La tarde del 2 de octubre de 1968 es y será recordada como uno de los momentos más críticos en la vida nacional. No estuve presente esa tarde en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco, Distrito Federal. Sucede que no son pocos los que escriben acerca de esa tarde sin haberla vivido. Otros, escriben tranquilamente haciéndose pasar como participantes en el movimiento estudiantil de 1968, porque, a la usanza Azteca, el suceso ha pasado a ser parte de los mitos oficiales que apuntalan al Estado Nacional. Justo estuve ausente el 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco porque hube de abandonar la Gran Tenochtitlán un par de días antes. Sucedió así: a mediados de septiembre, el movimiento estudiantil de 1968 había llegado a un clímax. La desmovilización recorría como una sombra al movimiento. Me tocó participar en el mismo desde un inicio, porque mis compañeras y compañeros de la Escuela Nacional de Antropología e Historia, me eligieron junto con Abrahan Carro y Carlos Aguirre, como representante del Comité de Huelga y de la Asamblea de Estudiantes de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), ante el Consejo Nacional de Huelga (CNH). Habíamos pasado las manifestaciones que se iniciaron con las que encabezó el inolvidable Rector de la UNAM, Ing. Javier Barros Sierra, más la del silencio y anteriores, y habíamos llegado a un punto en el que sentíamos que el Movimiento Estudiantil-por lo menos un sector así lo veía-tendía a diluirse en el contexto de la celebración de las Olimpiadas y la llegada de las vacaciones. Después de la invasión de la UNAM por el ejército el 18 de septiembre de 1968, el Consejo Nacional de Huelga se había dispersado y era urgente reunirlo para evaluar la situación y llegar a una decisión acerca de cuáles serían los próximos pasos del movimiento estudiantil. Como decía Lenín, el problema era ¿Qué hacer? A través de las líneas de comunicación-recuerden: no había celulares-que los estudiantes establecimos, me llegó el aviso de que habría de celebrarse una reunión en la casa de una entrañable amiga, estudiante de la ENAH, y que habría que concurrir a ella porque se tomaría una decisión clave para el Movimiento. Parece ser que además de esa reunión, tuvo lugar otra en locales de la UNAM, que había sido desocupada por el ejército en los días finales de septiembre. Así lo narra Luis González de Alba en su libro Tlatelolco. Aquella Tarde (Ediciones Cal y Arena, 2016). Lo que viví fue la reunión convocada en casa de mi amiga, a la que se ingresaba repitiendo la consigna: “la última cena”, que no está exenta de un halo siniestro. Además, el personaje que abría la puerta al escuchar esa consigna, es uno de los señalados como agente del gobierno, lo que aún está por dilucidarse. La convocatoria reunió a unos 40 o 50 estudiantes, de los 300 o más representantes que llegó a tener el CNH. Se discutió largo qué hacer. Al final, se concluyó que se convocara a un mitin para el día 2 de octubre, en la Plaza de las Tres Culturas, a las 18 horas, con la prohibición expresa de que asistieran los miembros del CNH, para evitar que fuesen detenidos. Los oradores hablarían desde el balcón del Edifico Chihuahua, y una vez terminada la ronda, el mitin se dispersaría y nos veríamos hasta el fin de las Olimpiadas y el inicio del siguiente ciclo escolar. Antes de abandonar la casa de mi amiga esa noche, el encargado de seguridad del CNH, me advirtió que saliera del D.F. porque ya sabían en dónde apañarme. Además, de todas maneras, no podía asistir al mitin del 2 de octubre porque, como miembro del CNH, lo tenía expresamente prohibido por el acuerdo recién consensado. Por si fuese poca la advertencia, al otro día la prensa del D.F. publicó una crónica de la reunión a la que había asistido, en la que se mencionaba como uno de los participantes, a un personaje conocido como “Antropología” que resultaba ser, precisamente, yo.

MITIN DEL 2 DE OCTUBRE TLATELOLCO 1968

Después de un viaje inolvidable, con mil peripecias que narrar, llegué a casa de mis padres en la colonia El Retiro, en Tuxtla Gutiérrez, a las seis de la mañana del primero de octubre. Me dormí todo ese día, resultado del cansancio y las tensiones. El 2 de octubre estuve pensando en el mitin y tratando de autoconvencerme de que todo iría bien. No era factible que pasase nada grave porque el lugar en donde se celebraría aquel mitin era populoso y lugar de habitación de cientos de familias. Además, ya había en el D.F. una nube de periodistas de todo el mundo que acudían a cubrir las Olimpiadas. No, no pasará nada, me decía. El teléfono de la casa de mis padres me despertó en las primeras horas del 3 de octubre. Medio dormido, escuché la voz de mi entrañable amiga Brixi Boëhm, que me narraba, con voz entrecortada, lo que había sucedido la tarde anterior. Ella, junto con varios estudiantes más, habían logrado salir del cerco de balas gracias a que un soldado, o un oficial, les indicó por dónde escapar. Pero murieron muchos, me repetía Brixi, al tiempo que me indicaba lo afortunado que había sido para mí, no asistir esa tarde a la Plaza de las Tres Culturas.

Andando el tiempo, he leído varias descripciones de aquella tarde. Así mismo, hablamos en distintas ocasiones con Brixi Boëhm y otros compañeros y compañeras que asistieron ese 2 de octubre de 1968 a Tlatelolco y vivieron en parte los terribles sucesos. De lo que he leído, me quedo con la versión expuesta por Luis González de Alba en su libro Tlatelolco. Aquella Tarde,en el que además advierte de las falsedades y los problemas del famoso texto de Elena Poniatoska, La Noche de Tlatelolco.Es importante también consultar el texto escrito por Carlos Monsivaís y Julio Sherrer, quienes no estuvieron en Tlatelolco el 2 de octubre, pero tuvieron acceso a documentos pertenecientes al General Marcelino García Barragán, lo que hace muy interesante la lectura del libro titulado Parte de Guerra (Editorial Aguilar, 1999). Visitando el Museo del Movimiento Estudiantil de 1968 en Tlatelolco, montado por la UNAM, vi que había varios nombres de personajes que ni siquiera se pararon por alguna de las manifestaciones y de otros que corrieron fuera del país, y que ahora se ostentan como héroes del 68. Así es la vida. Lo que no podrán falsificar este tipo de personas es el hecho de que el Movimiento Estudiantil de 1968, fue la experiencia fundamental de una gran generación juvenil mexicana, que encabezó el primer movimiento estudiantil moderno de América Latina.

Ajijic, Ribera del Lago de Chapala. A 9 de septiembre de 2018.

 

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