El insulto como negocio

Casa de citas/ 402

El insulto como negocio

Héctor Cortés Mandujano

 

Hay varias personas que no conocía del libro 16 retratos excéntricos (Planeta, 2013), de Felipe Restrepo Pombo, excelente libro de entrevistas-reportajes –informadas, abarcadoras– que se mueven en los territorios del cine (las más), la política, la fotografía, la música, la edición de libros, la literatura…

Antanas Mockus era de mis desconocidos (la política no es mi fuerte) y en el texto sobre él se habla de un personaje despreciable: su labor, por la que bien le pagan, es decir infundios sobre cualquiera. Lo contrata el contrario de Mockus en una de sus luchas políticas (p. 83): “El equipo de Santos contrató al venezolano J. J. Rendón, un siniestro personaje experto en publicidad negativa, quien fue asesor del PRI en México…” El negocio de tirar lodo parece ser muy lucrativo en estos tiempos.

Ruven Afanador, fotógrafo muy célebre, de quien poco sabía (ahora ya conozco tres libros suyos), nació en Colombia, pero vive en New York. Habla de algo que decían en su pueblo natal, que me gustó mucho (p. 130): “En Bucaramanga, cuando la gente quería hacerse un retrato, pedía que le hicieran ‘una sombra’ ”.

Benedikt Taschen, editor famoso y exitosísimo, cuyos libros de arte están al alcance de casi cualquier bolsillo, hace también ediciones especiales; me llamó la atención Sumo (p. 173): “El libro recopila todas las fotografías tomadas por el legendario Helmut Newton, tiene 460 páginas, pesa 33 kilos y viene acompañado de una mesa de aluminio diseñada por Philippe Starck”.

Dice Susan Sontag (p. 201): “Estados Unidos es un país muy rico, donde está el seis por ciento de la población y algo así como el cincuenta por ciento de la riqueza. Estamos hablando de un imperio. Además, es un país que ha tomado la decisión de convertirse en un país imperial. La prueba de esto es que hemos peleado veinte guerras desde la Segunda Guerra Mundial”.

Sontag cuenta que fue a Sarajevo, en plena época de bombardeos para ayudar en lo que le dijeran. Se sorprendió cuando, en un lugar donde se estaba al filo de la muerte, sin comida, sin agua, sin luz eléctrica, le pidieron que montara una obra de teatro (p. 207): “Nunca pudimos usar el teatro porque había sido destruido y tratábamos de hacer las presentaciones a las diez de la mañana para que no coincidieran con los bombardeos. Bajo estas condiciones presentamos Esperando a Godot durante un año. La vida seguía su curso normal en medio de la guerra”.

 

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Ilustración: Juventino Sánchez

Leo El cuento fantástico hispanoamericano en el siglo XIX (Ediciones Coyoacán, 1997), compilación, estudio y textos de Óscar Hahn. Los autores no son exactamente famosos, salvo el que cierra la edición con tres historias: Rubén Darío.

En su introducción, Hahn cuenta algo simpático (p. 12): “El padre Las Casas –influido por Plinio– dice que cuando las ostras sienten ‘la inclinación y el apetito de concebir, sálense a la playa y abrense y allí esperan el rocío del cielo, casi como si esperasen y deseasen su marido’. El rocío del alba procrea las perlas blancas; el de la tarde, las perlas grises; y el rocío nocturno, las perlas negras”.

Eduardo Blanco, uno de los antologados, publicó en 1873 su cuento “El número 111” con una idea que yo no conocía y que nos comparte el antologador (p. 46): “La creencia de que la butaca número 111de una sala de teatro está reservada a Satanás”; en el cuento lo dice también el autor (p. 143): “Según una antigua tradición de no recuerdo qué país, el diablo está abonado a dicho asiento”.

En “El canto de la sirena”, de Miguel Cané, me hallé está interesante comparación (p. 128): “La leyenda es como la madre tierra: quita las capas de arcilla, greda y aun calcárea y encontrarás la base granítica”.

De “El ruiseñor y el artista”, de Eduardo Ladislao Holmber, es esta cita (p. 154): “Víctor Hugo (dijo) que hay momentos supremos en los cuales, aunque el cuerpo esté de pie, el alma está de rodillas”.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

 

 

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