Causar la muerte con una palabra

Casa de citas/ 427

Causar la muerte con una palabra

Héctor Cortés Mandujano

 

He visto las diez películas que hasta ahora, 2019, ha filmado y exhibido Guillermo del Toro. Entre mis favoritas están Cronos (1993), la primera; La forma del agua (2017), la más reciente, y además El espinazo del diablo (2001) y la que creo mejor resuelta de todas: El laberinto del fauno (2006).

He visto también cinco de sus clases magistrales (dos en el Festival de Cine de Morelia y tres en el de Guadalajara) y he leído su guion de El laberinto… y el espléndido y lujoso libro Gabinete de curiosidades. Leo ahora su Trilogía de la oscuridad, escrito al alimón con Chuck Hogan, constituido por las novelas Nocturna, Oscura y Eterna, publicadas por Suma de Letras-Santillana.

Las novelas no se apartan de su obsesión, los monstruos, y en especial, en este caso, los vampiros. Las tres novelas buscan emocionar al lector, y lo logran, con el dispositivo literario del suspenso que involucra muchas historias (la acción principal ocurre en Manhattan) que ponen énfasis en el amor, la familia y los niños.

[Su traslación a una serie de televisión, producida por el propio Del Toro, con el título de The Strain, sólo toma la anécdota central como materia, porque los personajes que son principales en la novela son muertos rápidamente en la serie. Es el caso de Nora, por ejemplo, que en el libro es una de las sobrevivientes en las páginas finales de la trilogía y aquí es vuelta carroña sin muchas vueltas. Se tomaron todas las libertades para modificar los libros, porque había que estirar hasta lograr las cuatro temporadas. La serie es oscilante: hay capítulos geniales y otros bastante deslavazados.]

La dedicatoria en Nocturna (2009), la primera entrega, no deja lugar a dudas de la filiación de Del Toro: “Dedicado a Lorenza, Mariana y Marisa, y a todos los monstruos de mi habitación infantil: espero que nunca me dejen solo”. La dedicatoria alude a sus hijas, por eso no queda más que relacionar aquello con esto (p.57): “Una cosa es cierta: nuestros hijos llegan al mundo para reemplazarnos”.

En una conversación, Matt, el nuevo marido de Kelly, le dice sobre su ex, Eph, científico brillante (p. 432): “Todos esos supuestos genios son básicamente personas frágiles, como los girasoles que siembras en el jardín de atrás: tienen la cabeza muy grande y se derrumban por su propio peso”.

En Oscura (2010), el viejo héroe Setrakian reelabora un viejo discurso socrático (p. 135): “Los nombres contienen la esencia de la cosa, incluso, de los nombres que figuran en un directorio. Los nombres, las letras y los números, si se estudian a profundidad, tienen un poder enorme. Todo en nuestro universo está cifrado y conocer esa cifra equivale a conocer la cosa; lo cual implica dominarla. Una vez conocí a un hombre muy sabio que podía producir la muerte instantánea luego de enunciar una palabra de seis sílabas”.

Uno de los personajes es un luchador con todos los guiños para identificar al Santo, el enmascarado de plata. Se llama Ángel Guzmán Hurtado (el Santo se llamaba Rodolfo Guzmán), le dicen El Ángel de plata, porque usa una máscara con ese color. Tiene aquí sesenta y cinco años, es mexicano y (p. 197): “su grasa –que su médico llamaba índice de masa corporal, pero que cualquier mexicano llamaría ‘panza’– se había apoderado de su constitución anteriormente fuerte”.

En Eterna (2011) Kelly, exesposa de Eph, uno de los protagonistas, ya ha sido convertida en strigoi, es decir vampira, y ya no recuerda lo que había sido (p. 35): “La mariposa no mira hacia atrás a la oruga que fue con cariño ni nostalgia: simplemente continúa volando”.

Gus, uno de los mexicanos que conforman el reducido grupo de héroes, oye un CD (p. 180): “Javier Solís comenzó a cantar No te doy la libertad, un bolero rabioso y melancólico”, que yo nunca había oído antes de leer esta novela. Lo oigo. Es bueno.  Quinlan, uno de los eternos que ayuda a los humanos, dice (p. 335): “La eternidad es el tedio. El tiempo es un océano, y yo quiero llegar a la orilla”. En el final de esta novela y de la trilogía, Nora recuerda las palabras de su madre (p. 577): “Mirando hacia atrás tu propia vida, verás que el amor es la respuesta a todo”.

Ilustración Juventino Sánchez

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Leo, de una enciclopedia que compré hace tiempo (Las grandes épocas de la humanidad), el volumen denominado La era de los reyes (Ediciones Culturales Internacionales, 2001), escrito por Charles Blitzer y los redactores de los libros Time-Life. Pasta dura, gran formato, con fotos e ilustraciones, el libro toca muchos temas, con propiedad y conocimiento: la guerra, los reyes (obviamente), la ciencia, el arte y la sociedad.

Hay varias páginas dedicadas a los ejércitos (su conformación, su problemática). En cada ejército, dice el autor (p. 35) “nacían seis o siete niños todas las semanas. Un ejército de 25.000 hombres debe haber llevado consigo, por lo menos, una población civil de 50.000 personas”.

Los palacios de los reyes eran ostentosos y a veces muy imprácticos. El de Luis XIV, el Rey Sol, cuyo reinado duró 72 años, tenía kilómetros y kilómetros de pasillos (p. 62): “Las instalaciones de servicio estaban tan alejadas de las salas de ceremonias que generalmente los alimentos del Rey llegaban fríos a la mesa, aunque se ocupaban de prepararlos 498 servidores”.

Luis perdió una batalla y se quejó (p. 67): “Dios parece haber olvidado todo lo que he hecho por Él”. Dentro de los varios artistas a los que apoyó estaba un compositor de la corte (p. 73), “Juan Bautista Lully, quien dirigía la orquesta con una batuta tan larga que un día se perforó el pie con ella y murió a consecuencia de la infección resultante”.

Bernini es el gran escultor de esa época. El tomo tiene fotografías impresionantes de su trabajo. Lograr la verosimilitud era su objetivo, de modo que un día (p. 89) “cuando tallaba la figura de un santo que sufrió el martirio en la hoguera, metió el pie en el fuego a fin de estudiar el dolor en su rostro”.

Cuentan vida y obra de Francis Bacon, quien fue “una víctima de su curiosidad científica”. En 1626, en invierno (p. 105): “detuvo su carruaje para recoger un poco de nieve, con la que se proponía rellenar una gallina para ver si evitaba que el ave se descompusiera. Al hacerlo, contrajo un resfrío y murió”.

Descartes fue llevado al palacio, en 1645, por la reina Cristina de Suecia. Ella le pidió que le enseñara filosofía. La única hora libre que tenía Descartes era las cinco de la mañana (p. 118): “Descartes se levantaba en la helada oscuridad de la madrugada y se abría paso entre la nieve hasta el palacio real. Fue más de los que podía soportar. Antes de que transcurrieran cinco meses de su llegada a Estocolmo, Descartes había muerto de pulmonía”.

Carlo II de España fue un desastre (p. 168): “No pudo andar hasta los diez años. […] (Su mentón) alcanzó tan grandes proporciones que no podía masticar, y tenía una lengua tan larga que apenas podía hablar. Cojo, epiléptico, calvo a los 35 años, Carlos […] era impotente”. Esa es, de veras, mala suerte.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

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