Lo que piensa el tiempo

Casa de citas/ 780

Lo que piensa el tiempo

Héctor Cortés Mandujano

 

Octavio Paz. Iconografía (Fondo de Cultura Económica, 2020), con prólogo, investigación iconográfica, notas y selección de textos de Rafael Vargas, es un espléndido trabajo para conocer a Paz, porque, aparte del gran trabajo de investigación sobre vida y obra, y de las no tan difundidas imágenes de quien no gustaba tanto de fotografiarse, hay textos pacianos, tomados de aquí y de allá, que fueron escogidos con excelente tino.

El libro, además, de formato grande, fino papel y cuidada edición, es un objeto bello.

En una de las fotos donde vemos a Paz de niño, hay un texto de él, que dice (p. 30): “Todo lo que hacemos está ya en el niño, y lo que importa en cada vida humana es ser dignos del niño que fuimos; realizar la profecía de hombre que es cada niño”.

También acompañando una foto infantil, escribe Paz (p. 32): “Desde lo alto del minuto/ despeñado en la tarde de plantas fanerógamas/ me descubrió la muerte. Y yo en la muerte/ descubrí el lenguaje”.

Debajo de una foto suya en Cambridge (p. 183): “El poeta no es el que nombra las cosas sino el que disuelve sus nombres, el que descubre que las cosas no tienen nombre y que los nombres con que las llamamos no son suyos. La crítica del paraíso se llama lenguaje: abolición de los nombres propios; la crítica del lenguaje se llama poesía; los nombres se adelgazan hasta la transparencia, la evaporación. En el primer caso, el mundo se vuelve lenguaje, el lenguaje se convierte en mundo”.

Reproduce Rafael Vargas (Ciudad de México, 1954) fragmentos del poema de Paz “Un viento llamado Bob Rauschenberg”, al lado de una foto donde están los dos en el Museo Rufino Tamayo, en 1985 (p. 268): “Al hablar con las cosas y con nosotros/ el universo habla consigo mismo:/ somos su lengua y su oreja, sus palabras y sus silencios./ El viento oye lo que dice el universo/ y nosotros oímos lo que dice el viento/ al mover los follajes submarinos del lenguaje/ y las vegetaciones secretas del subsuelo y el subcielo: los sueños de las cosas el hombre los sueña,/ los sueños de los hombres el tiempo los piensa”.

Ilustración: Sofía Carballo

Al lado de una foto donde Paz recibe el Premio Tocqueville, en Francia, se lee parte de su discurso (p. 304): “Desde mi adolescencia he escrito poemas y no he cesado de escribirlos. Quise ser poeta y nada más. En mis libros de prosa me propuse servir a la poesía, justificarla y defenderla, explicarla ante los otros y ante mí mismo. Pronto descubrí que la defensa de la poesía, menospreciada en nuestro siglo, era inseparable de la defensa de la libertad. De ahí mi interés apasionado por los asuntos políticos y sociales que han agitado nuestro tiempo”.

Escribió sobre su premio más importante (p. 311): “Aunque el Nobel es un gran premio, hay otro más puro, que nos dan las potencias sin nombre y que consiste en vivir, así sea por unos pocos minutos, reconciliados con los elementos terrestres, con el tiempo, con nuestros semejantes y con nosotros mismos. Un pequeño poema de Milosz, escrito hace poco, expresa esta armonía espiritual. Se llama significativamente ‘El premio’. Haberlo escrito es el verdadero premio.

El premio

 

“Qué día feliz.

“La niebla se disipó temprano.

“Me puse a trabajar en el jardín.

“Colibríes quietos sobre la madreselva.

“Nada sobre la tierra que yo quisiese tener,

“nada sobre la tierra que yo pudiese envidiar.

“Había olvidado todo lo que sufrí,

“no tenía ya vergüenza del hombre que fui.

“No me dolía el cuerpo.

“Al enderezarme, vi el mar azul y las velas”.

 

Mario Vargas, debajo de la foto donde está con Paz y Enrique Krauze, escribe (p. 326): “Octavio Paz fue sobre todo un pensador, un hombre de ideas, un formidable agitador intelectual”.

 

***

 

Leí encantado Barthes (Fondo de Cultura Académica, 2014), de Jonathan Culler, con traducción de Pablo Rosenblueth.

He leído, creo que prolijamente, a Roland Barthes (1915-1980), y este ensayo lo aborda desde sus muchos aspectos intelectuales (crítico, semiólogo, estructuralista, mitologista, etcétera) y con un acercamiento a su elusiva vida privada.

Dice Culler que Barthes (p. 11) “es famoso como partidario de lo que él llama ‘la muerte del autor’ […] Insistió, con cierto éxito, en que estudiásemos textos y no autores”.

La mentira literaria, sabía Barthes, es constante en todos los géneros. Dijo (p. 18): “toda biografía es una novela que no se atreve a decir su nombre”, y en Barthes por Barthes puso una advertencia: “Todo lo que sigue debe ser tomado como dicho por un personaje de novela”.

Insistió Barthes (p. 66): “ ‘Si queremos escribir historia de la literatura debemos renunciar al individuo Racine y pasar deliberadamente al nivel de las técnicas, reglas, ritos y mentalidades colectivas’, así como discutir el patrón general de las carreras literarias de la época”.

Siempre que se le menciona, se dice que era estructuralista. Escribe Barthes (p. 82): “La meta de toda actividad estructuralista, sea ésta reflexiva o poética, es ‘reconstruir el objeto’ para que en esta reconstrucción se manifiesten las reglas de su funcionamiento”.

Dijo Barthes que una obra es como una cebolla, una (p. 86) “construcción de capas (o niveles, o sistemas) cuyo cuerpo no contiene, finalmente, ningún corazón, núcleo, secreto, principio irreductible, nada excepto la infinidad de sus propias envolturas. […] en la multiplicidad de la escritura todo ha de ser desenredado, nada descifrado”.

Barthes no se veía a sí mismo como un crítico ni como un semiólogo, sino como un escritor con tácticas de escritura que (p. 105) “hacen funcionar el texto” y le “permiten decir algo”; además, dice Culler (p. 135), “nunca escribió reseñas negativas”; no fungió “como árbitro cultural”.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

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