Del poder de la letra impresa

Libros de Osher, librería independiente y de segunda mano. Foto: Eduardo Molina Jiménez

 

En los países con bajos índices de lectura, los libros tienen un aura mística.

Juan Villoro, p. 254.[1]

La reciente publicación de una obra de Juan Villoro titulada No soy robot. La lectura y la sociedad digital, me recordó algo que como antropólogo viví en muchas experiencias de trabajo de campo en Chiapas y en otros lugares de México. Experiencias en las que los textos escritos, simplemente por estar impresos, adquirían un carácter sagrado más allá si el contenido tenía que ver con alguna adscripción religiosa. Por tal motivo, la afirmación de Villoro sobre el “aura mística” de los libros en los lugares con bajos índices de lectura fue un disparador de la memoria y de realidades vividas.

Quienes amamos y trabajamos con los libros sabemos que la lectura es un placer, pero también una herramienta para aprender y debatir. Igualmente, la historia nos recuerda que la escritura, expuesta de distintas formas, ha ofrecido ejemplos de su diversa función, aunque si nos centramos en la generalizada divulgación de textos escritos hay que remontarse a la invención de la imprenta. Un sinnúmero de autores y autoras han destacado la relevancia de la difusión de los libros, gracias a su impresión, para la construcción de los Estados modernos y las naciones. En definitiva, la palabra escrita y la consecuente lectura marcan el devenir contemporáneo de la humanidad.

Un devenir en el que muchos pueblos quedaron excluidos, por supuesto, aunque ello no impida reconocer la profundidad y riqueza de las tradiciones orales de muchas sociedades en todo el planeta. Riqueza desaparecida o soterrada cuando las obras escritas se convierten en referencias intocables de la historia o de hechos sagrados.

La afirmación de Juan Villoro expresada en el epígrafe de este texto no tiene la intención de denostar la tradición oral de los pueblos, sino que constata que la lejanía de los libros impide tener una relación crítica con ellos. Es decir, como ocurre con la fe expresada en la palabra escrita de los textos sagrados de cualquier creencia, la escritura impresa puede adquirir esa condición pseudorreligiosa. Una palabra escrita como sentencia de verdad inamovible y que nada tiene que ver con el carácter de los libros.

Quizás, junto con la lectoescritura, convendría enseñar que los libros son herramientas para la vida diaria y no objetos sagrados, pues todos los textos brotan de la mano de seres humanos.

[1] Juan Villoro. 2025. No soy robot. La lectura y la sociedad digital. Barcelona: Anagrama.

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