Ni tronos, ni coronas ni reyes

Ángel Palerm con alumnos en trabajo de campo en el Acolhuacan, cerro de Tezcutzingo, Estado de México, julio de 1972 (Foto de Alma Rosa Rodríguez).

En el año de 1970, Ángel Palerm fundó en la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México, antes D.F. la Escuela de Graduados, pensada para quienes habíamos recién obtenido un título o un grado. En mi caso, debido a falta de regulación por parte de la Secretaría de Educación Pública, aún egresé de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH) luciendo el título de Etnólogo, con especialidad en Etnohistoria y con el grado académico de Maestro en Ciencias Antropológicas. Todo ello compactado en un ciclo de cuatro años, que incluía un tronco común antes de derivarse a las especialidades que ofrecía la ENAH. Así que reunía todos los requisitos que se exigían para ingresar a la Escuela de Graduados dirigida por Ángel Palerm. En esa Escuela tuve el privilegio de iniciar los estudios que me llevarían a obtener el Doctorado en Antropología Social-previo paso por el Departamento de Antropología de la Universidad Estatal de Nueva York en Stony Brook-en el Programa de Posgrado del CIESAS en la Ciudad de México en 1990. En la Escuela de Graduados, gracias a las relaciones internacionales de Palerm, tuvimos a un magisterio excepcional: Eric Hosbawm, Stanley Diamond, German Guzmán Campos, David Kaplan, Robert Manners, Pedro Carrasco, Guillermo Bonfil, Paul Kirchhoff y el propio Ángel Palerm. Uno de los seminarios que recuerdo con mayor frecuencia fue el que nos dictó Stanley Diamond, antropólogo y poeta, estudioso de las llamadas Sociedades Primitivas, fundador de la Revista Dialectic Anthropology, autor de un libro que no obstante la distancia por la fecha de su publicación sigue siendo un clásico: In Search of the Primitive (1974). Discutiendo el tema de las democracias en el mundo contemporáneo, Diamond nos advertía que el pueblo norteamericano aún no se daba cuenta que vivía bajo la égida de un Estado y que este era un instrumento de las oligarquías millonarias que eran las que realmente gobernaban en el país. Eran los años en que ya se conocía ampliamente el libro de Leo Huberman, (We, The People), Nosotros, el Pueblo, publicado en 1932 y que presentaba una “historia socialista” de los Estado Unidos. “Nosotros, el Pueblo” es la frase con la que se inicia la Constitución Política de los Estados Unidos, un documento prácticamente ignorado por los círculos de poder norteamericanos. Más aún, dada la conducta que suelen seguir los gobiernos norteamericanos, calificada con razón, de imperialista, existe también la idea de que no hay pensamiento crítico en ese país. En mis años en que fui estudiante en Nueva York, pude observar que existen los cuestionamientos al poder en los Estados Unidos y que las Universidades suelen ser fuentes del pensamiento crítico. Un sociólogo como Charles Wrigh Mills, cuestionó en sus textos a la burocracia del poder, a los círculos oligárquicos, criticó la desigualdad social asociada al capitalismo. Wright Mills (1916-1962) fue un sociólogo clave y contribuyó con trabajos tan vigentes como su libro La Imaginación Sociológica (1959) y un texto que se divulgó ampliamente en toda América Latina y El Caribe; Escucha, Yanqui ((1960), libro en el que defiende a la Revolución Cubana y el derecho de ese pueblo a decidir su destino. Podríamos mencionar a varios más sociólogos y pensadores críticos, como el afroestadounidense W.E.B. Du Bois o la profesora de Harvard Shoshana Zuboff qu escribió una obra importante analizando la forma en que las empresas tecnológicas gigantes explotan los datos personales para controlar el comportamiento de la sociedad. En aquellos años, 1972-1973, en que fui estudiante en Norteamérica, fui testigo de las grandes manifestaciones en la ciudad de Nueva York en contra de la guerra de Vietnam. Recuerdo mi angustia al ver los contingentes y no poder unirme a ellos, so pena de ser expulsado del país, lo que me obligaba a seguir la manifestación circulando por las aceras y sin hacer ningún gesto o comentario. En una de esas ocasiones, me emocionó ver desfilando al Batallón Lincoln, veteranos de la Guerra de España en defensa de la República agredida por el golpe de Estado de Francisco Franco. Allí estaban los veteranos desfilando con sus banderas y sus boinas, alentándose con el grito: one, two, three, four, we dont´want your fucking war (la rima en inglés va muy bien. En castellano traducimos: uno, dos, tres, cuatro, no queremos su pinche guerra). En la propia Universidad, en Stony Brook, la organización de los estudiantes de izquierda nombrada el “Red Baloon”, el “Balón Rojo”, organizaba con frecuencia mítines para protestar contra la guerra en Vietnam y exigir el retorno de las tropas. El discurso del gobierno norteamericano era similar al de hoy: nosotros ganamos. Lo cual era bastante relativo porque las bajas en Vietnam fueron desastrosas para el ejército norteamericano: 58, 220 soldados muertos reconocidos. Al final, no sólo no cayó el Gobierno Comunista de Vietnam sino que Vietnam del Sur desapareció y surgió la República Democrática de Vietnam. Y algo similar sucede hoy con la guerra de los Estados Unidos e Israel en contra del mundo musulmán representado por Irán. Se ocultan las bajas y las noticias son parciales. Con cuenta gotas, los noticieros solo de vez en vez comentan un ataque de Irán y sin mayores datos. Ello incluye a las televisoras del Estado Mexicano, que si bien comentan sobre lo atroz que es la guerra, nos dejan en ayunos sobre las operaciones militares de Irán. Pero hay pueblo en Estados Unidos, aunque suene increíble. De nuevo, como con el caso de Vietnam, el Pueblo Norteamericano, Nosotros el Pueblo, ha vuelto a salir multitudinariamente para protestar en contra de las locuras del maniaco anaranjado que ejerce dictatorialmente el poder. El grito del Pueblo Norteamericano es claro: “Ni Tronos, Ni Coronas, Ni Reyes”: que regrese la democracia y que pare la guerra, injusta, ilegal, terrible. Que así ocurra.

  Bosques de Santa Anita. Tlajomulco, Jalisco. A 28 de marzo, 2026

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