Deporte y política: Irán y el Mundial de Fútbol
El recorrido de la selección iraní durante el Mundial de fútbol no será recordado por su fútbol espectacular o por sus resultados, aunque sus tres empates ante Egipto, Bélgica y Nueva Zelanda pudieron darle la clasificación como uno de los mejores terceros de grupo. Sin embargo, el empate logrado por Austria en los últimos segundos del partido que enfrentó a esa selección con Argelia sentenció la eliminación del combinado iraní.
Por supuesto, lo menos relevante de la participación del seleccionado persa en esta cita mundialista ha sido lo ocurrido en el terreno de juego, puesto que el trasfondo del conflicto entre Estados Unidos e Irán ha marcado a un combinado iraní tratado en el Mundial como un enemigo de guerra.
Antes de que la justa mundialista iniciara, las restricciones estadounidenses limitaron la entrada a su país de parte del personal que acompañaba a los jugadores. A ello se unió la limitación de tiempo de permanencia en Estados Unidos de los iranís, por lo que una vez finalizados sus partidos debían regresar a México, en concreto a Tijuana, donde situaron su base de concentración ante la imposibilidad de establecerse en territorio del vecino país del norte. Condiciones unilaterales e injustas para poner en desventaja a una selección mundialista tal como lo señaló su capitán, Mehdi Taremi, antes de confirmarse la eliminación de su país.
No hay que olvidar, tampoco, la prolongación del conflicto entre Estados Unidos e Irán durante la celebración del Mundial. Mientras el 14 de junio se informó de un supuesto acuerdo entre ambos países, las hostilidades han continuado, en especial en el estrecho de Ormuz, lugar geográfico convertido en foco de pugna por ser la principal vía planetaria para el tránsito del petróleo.
En esta misma columna he dado mi opinión sobre el régimen iraní, un totalitario sistema político, sustentado en fundamentalistas creencias religiosas de la rama chií del Islam, y en el que sus ciudadanos están impedidos de ejercer la libertad de expresión y cualquier tipo de discrepancia. Pero dicho ello, no cabe duda que la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA), organizadora del Mundial de fútbol, ha jugado un lamentable papel en la situación vivida por la selección iraní. La inacción y sumisión a los dictados de Donald Trump de Gianni Infantino, presidente de dicha institución internacional de fútbol, demuestra que el fútbol, o el deporte de competición en general, no está alejado de la política, como se empeñan en afirmar quienes desconocen las sociedades en las que viven.
Haber permitido el maltrato a la delegación iraní, mientras que otros regímenes políticos dictatoriales no han vivido tal perjuicio en la historia de los Mundiales, demuestra la diferenciación que el poder establece entre aliados y aquellos que no lo son. Distinción para asegurar, en el caso de Gianni Infantino, la prolongación de su mandato, como tantas veces se ha visto en la FIFA o se observa en otros ámbitos políticos.
Tal vez, y con esto finalizo, el caso conocido y más deplorable de esta exaltación de los aliados, sin tomar en cuenta el carácter dictatorial de los regímenes políticos, se produjo en la celebración del Mundial 1978 en Argentina. Seguramente, el triunfo del seleccionado de ese país en su propio evento futbolístico ha tapado, de forma ominosa, la realización de un Mundial en un país cuyo régimen dictatorial perseguía y desaparecía a miles de argentinos. Así, el respeto a los derechos humanos, la democracia y todos los tópicos pronunciados por los dirigentes políticos o de las instituciones deportivas están supeditados a la geopolítica planetaria. Por ello, quienes sigan insistiendo en separar deporte y política no sólo están errados, sino que deberán entender, en algún momento, que el deporte es un hecho contemporáneo para observar las actuales sociedades tanto como el funcionamiento de las realidades políticas de nuestro mundo.







No comments yet.