El espectáculo es lo que importa

No suelo contar anécdotas personales, pero en esta ocasión referiré lo observado durante un concierto de una orquesta sinfónica. Dicha orquesta acabó su función dominical con la interpretación de la Sinfonía n. 3 de Ludwig van Beethoven, conocida como la “Eroica” o “Heroica” si se traduce al castellano, y que compuso el insigne músico alemán a principios del siglo XIX.

Como me sucede en el cine, prefiero ocupar filas delanteras cuando tengo la posibilidad de asistir a algún concierto. Esta ocasión no fue la excepción y me acomodé en la segunda fila, delante de los músicos. Algunas de las sillas delanteras, es decir de la primera fila, no estaban ocupadas, aunque en el descanso del concierto un acomodador condujo a una pareja joven y a una persona de mediana edad a alguno de esos asientos disponibles.

Tras el descanso, la orquesta inició la interpretación de la “Eroica”. La sorpresa, o tal vez no debiera serlo, fue que el director de la orquesta no solo dio la pauta a sus músicos sino que, también, lo hizo a los recién llegados. Tres personas que se la pasaron revisando su celular y grabando, además de hablar y reírse continuamente sin importar la ejecución de los músicos.

Tal vez sea defecto de mi formación antropológica, pero de vez en cuando volteaba a verlos y la situación era siempre la misma: cuchicheos con celular en mano. Por supuesto, todos somos libres de actuar como lo consideremos pertinente, sin embargo, en lo personal me cuesta pensar que voy a un lugar, en este caso a un concierto de música clásica, si no tengo interés. Una oferta musical, un espectáculo, muy distinto al que pueda ser un concierto de reggaeton, por poner un ejemplo, donde será imposible participar de él sin cantar o moverse. Expresiones musicales distintas, no cabe la menor duda, pero respetables porque cada quien tiene el derecho de tener los gustos que mejor le representen.

No abandono el concierto porque al finalizar, cuando el público en su conjunto aplaudió la interpretación de los músicos y a su director, la primera persona que se puso en pie para aplaudir a los miembros de la orquesta fue la acompañante de la pareja, la misma que escasamente prestó atención a la sinfonía de Beethoven.

Guy Debord escribió en su obra clásica, La sociedad del espectáculo, que el mundo moderno y su economía ha espectacularizado todo lo que toca. De hecho, es difícil no participar de cualquier actividad humana que no tenga resonancias de espectáculo, desde la política al deporte, por solo poner dos claros ejemplos. Desde esta lógica, que ha sido investigada por muchas y muchos científicos sociales en los últimos decenios, es comprensible que más allá del interés musical, o de cualquier tipo, lo que realmente importa es demostrar que eres partícipe del espectáculo; seguramente la persona más implicada en él como lo ejemplificó la señora a la que me he referido.

Seguramente, los videos grabados y la circulación en las redes sociales de su presencia en el concierto son lo relevante de la experiencia de esta persona. En definitiva, la música e interpretación de la Sinfonía “Eroica” fueron lo menos importante, lo relevante es que estuvo allí y pudo demostrarlo.

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