La rebelión musical

Pink Floyd
Foto: @crockpics

Para los que han criticado mucho a Roger Waters, ex líder de la banda Pink Floyd, por su “incendiaria” militancia crítica, aguda y valiente, tienen, nuevamente, una triple sorpresa: en primer lugar, porque siempre ha sido así; no es un villamelón de tercera que se subió al tren de un discurso dizque woke al cuarto para las doce. Siempre del lado de la izquierda, no ahora, sino toda su obra como artista y también fuera de ella.

En segundo, porque es roquero y el rock, se supone y se da por hecho, debe ser crítico, sin menoscabo de nada. Y, por último, porque siempre ha estado en el lado correcto de la historia. Lo que ha dicho y expresado no es mentira ni nada nuevo. Ha dicho las cosas como son, llamando ahora al fascismo como es: gringo, sionista, millonario, racista, genocida, pedófilo y cínico, por donde se le vea.

No es el único. Ya el Boss, el mismo de siempre por supuesto, está cantando en honor a la ciudadanía de Minnesota (Streets of Minneapolis), alza la voz en contra del déspota Trump. El Boss Bruce Springsteen tiene 76 años, Waters 82, la vieja guardia aún vigente y tronando contra la tiranía. El legendario Billy Bragg reinicia su código punk y también planta cara a los fascistas (City of héroes). Neil Young, militante de mil batallas, decidió donar todos los derechos de sus canciones a Groenlandia, en solidaridad, como quien regala su tesoro más preciado sabiendo que en algo contribuirá. Y es mucho, créanlo.

La máxima de estos artistas suena estridente: con el fascismo no se le dialoga, se le combate. Con inteligencia, con arte, con la razón, para dejar en claro que no somos iguales: los bestias están de lado de los retrógrados, los que niegan el raciocinio como forma de convivencia. Los que usan la fuerza bruta, de asesinos, contra quien está en contra de ellos.

Se ha detonado una ola de protesta desde el arte y la música en Estados Unidos, a raíz de las redadas y represiones llevadas a cabo contra población migrante. Lo que quiere decir que las industrias culturales de ese país, se movilizan a su manera, proponen agenda política desde sus espacios y protestan a su modo.

Las industrias culturales estadounidenses, las más potentes a nivel global, también juegan su juego. Hollywood y la mayoría de las industrias musicales podrían ser consideradas de “izquierda” (o ahora peyorativamente woke, según los simpatizantes de Trump), incluyendo los Grammys, que en estos días puso a hervir mediáticamente el mundo del espectáculo. Ya el reguetonero Bad Bunny planteó las posturas, cuando se puso de lado de los migrantes latinos ahora cazados por el gobierno de Donald Trump.

Cada vez hay más morbo de lo que pasará en el show de medio tiempo del Súper Bowl. Quizá pueda ser la actuación más importante de la vida artística de Bad Bunny. En el corazón el imperio será, en teoría, el único artista que cante totalmente en español (Shakira lo hizo en inglés cuando se presentó con JLO), en medio del escándalo del asesinato de civiles por parte del gobierno estadounidense y la ola represiva en todo el territorio de ese país.

Para Benito Antonio Benítez Ocasio, Bad Bunny, puede marcar un antes y después de su carrera, no como reguetonero, sino como alguien que se atreverá a alzar la voz en un foro de 100 millones de espectadores alrededor del mundo. Aunque el seguirá siendo el más escuchado del mundo en las redes y sus conciertos se vendan como pan caliente en clave sold out, lo que dirá, en el contexto social y político en que lo hará, lo pone en ojo del huracán en la cultura de masas de la actualidad. Y no nada más ahí, sino en el foco político de esta guerra cultural declarada por el autocráta Donald Trump.

Antes que el portorriqueño en el Súper Bowl, Green Day, abiertamente anti Trump. La cena está lista, señoras y señores.

Por lo pronto, lograron que el presidente desistiera ir a ver el juego y consiguieron enfurecer a la gente de ultra derecha. Buen trabajo. Buena parte del mundo espera que el conejo sea malo, mucho, realmente malo, para los seguidores de Trump y para el propio presidente autoritario.

Si en algo debemos creer, casi a ciegas, es que siempre el arte libera a las personas. Ya lo ha dicho el clásico: “Solo le pido a Dios, que la guerra no me sea indiferente”. Por eso, a esa guerra y a los fascismos hay que combatirlos todo el tiempo, toda la vida. No hay ninguna duda que, nuevamente, en esta otra guerra cultural, con inteligencia y creatividad, venceremos.

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