Therians

Therians
Foto: @LuisValLe_A
En menos de una semana se hizo viral una “extraña” forma de agrupación juvenil en todo el país: jóvenes que se visten y actúan como animales. Al mismo tiempo, hubo otra metralla mediática, criticándoles. Un acontecimiento en redes que ha ocasionado memes y cientos de comentarios al respecto.
Podemos resumir en dos posturas las que definen los comentarios. Los apocalípticos, los indignados por la pérdida moral de una juventud que, si hacen esas acciones, se representan a sí mismos como perdedores, no productivos y, sobre todo, como anormales, no están a la par de la moral social que debe imponerse en nuestra sociedad.
La otra, los condescendientes, quienes los ven como jóvenes inmaduros haciendo locuras propias de su edad, pero cuando “maduren”, esos desfiguros serán un recuerdo lejano, gotas en la lluvia diluidas en lo “correcto” de los decorosos valores sociales. Ambas opiniones son desfavorables en lo más importante: ¿Qué nos quieren decir las juventudes therian a nosotros, los supuestos “normales” de la tribu?
El surgimiento de nuevos grupos y ocasionales formas de identificación juvenil no es nuevo, ni mucho menos. A lo largo de los tiempos generacionales, siempre han aparecido grupos que invaden la cotidianidad de nuestra realidad. Y también han sido marginadas y satanizadas.
Lo novedoso de los therian es que no aparecen de pronto, ya llevan algún tiempo procurando dar a conocer sus prácticas grupales de ser jóvenes. Lo de su impacto actual es como producto mediático, y su actual presencia en todas las redes sociales se debe a eso. Pero no por ello deja de ser importante y relevante. Al contrario. No es, ni será, la primera y última identidad juvenil que aparezca por ese medio, ahora uno de los sólidos campos de discusión de las juventudes actuales.
Los/as jóvenes que pronto se juntarán en las plazas de algunas ciudades del país, ni están locos, ni están dañados emocionalmente. Simplemente, son grupos surgidos de los mundos virtuales para llamar la atención, y lo han logrado. Con creces. Son momentáneos a partir de las redes, pero llevan tiempo organizándose; como otros tantos grupos que aparecen, unos quedan, otros desaparecen, pero ya forman parte de nuestra geografía cultural.
Todas las veces que aparecen, estos grupos nos dan un golpe de realidad, cuando vemos la existencia de personas que no abrazan a lo que para nosotros es la normalidad. Pasó con los punks, emos, gays, está pasando con Bad Bunny, y seguirá ocurriendo.
Esta idea de que nuestro pasado siempre fue mejor y no había gente pareciéndose a un animal (a un hombre a hombre o mujer a mujer, o con diablos en las camisetas, o varones con el cabello largo y aretes en las orejas, etc.), aparte de que rápidamente se convierte en una idea conservadora (y a veces fascistoide), no deja ver lo que realmente nos cuestionan las juventudes de hoy. Porque los/as jóvenes nos están diciendo, gritando, exigiendo, algo que debemos escuchar.
De entrada, viven en un tiempo de supervivencia. Precariedad laboral, escolar, familiar, ciudadana y de futuro inmediato. Es el mundo que les dejamos y les obligamos a que ellos lo mejoren. ¿Por qué habrían de hacerlo? ¿O porque deberían estar contentos y satisfechos con nuestros valores y normas que a ellos ya no les interpelan? ¿Ser Licenciado significa ascenso social? ¿Ser padre de familia te da estabilidad económica?
Otra razón importante de su presencia es el hecho de la preocupación de esta generación por el asunto ecológico. Se dice que no es politizada, pero en el hecho de manifestar una idea –bizarra, extraña, abrupta y, aparentemente, sin sentido- contraria a la realidad que ellos viven -en la total depredación del planeta y la proximidad de guerras globales-, lo que quizá nos están diciendo es una postura política, aunque no es como la que pensamos que debería ser, como antes, la que nosotros hicimos, sino otra distinta, la de ellos. Respetar a la naturaleza y a los animales, puede ser disruptivo. La forma de su protesta puede ser también animalizando la política.







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