El lado obscuro del mundo

The astronauts. Their ride around the Moon.
Foto: @NASAArtemis

El 7 de abril, a las 6.44 pm (hora del Este de Estados Unidos), durante 40 minutos de silencio espacial, el mundo se develó así mismo como un espejo. Uno obscuro y humeante, el de Tezcatlipoca, el Señor sombrío de los antiguos.

Ese día, por el gigantesco hecho de sentirnos parte del primer avistamiento humano en el “lado obscuro de la luna”, y ante el inobjetable sentimiento de felicidad que la tecnología logró cuando nos puso, en vivo, al lado de la tripulación de la nave espacial Orión, de la misión Artemis II, pudo ser el hito de la historia actual del mundo.

Conmovedor hasta las lágrimas: la ciencia al servicio de la humanidad y del conocimiento. Nosotros, conteniendo el aliento y palpitando de emoción. Más que testigos, casi partícipes con la transmisión en directo, de la que podríamos tener acceso. No son para menos los adjetivos que podamos proponer; cualquiera se queda corto ante del valor científico, pero también moral, del evento. Moral porque nos incumbe a toda la población del planeta quienes, desde la razón científica, podemos pensarnos como parte de esta realidad que vivimos.

Desde el inicio de la saga, el despegue del cohete con la tripulación sui generis a bordo, incluida una mujer y un afroamericano, nos muestra la dimensión de la misión espacial. La luna, nuestro satélite, a la que vemos todos los días y la veneramos de mil formas, dispuesta a dialogar con nosotros.

Pudo ser la noticia del año y de la década, pero quedó empañada por otra que sucedía al mismo tiempo.

En una guerra lejana a esta parte del mundo, un tipo devenido en tirano, amenaza con exterminar a una civilización entera, borrarla del mapa, asesinarla. Alista bombas y amenaza. Muerte y miseria. Tezcatlipoca reina en su poder. Pone humo en su espejo para no ver los miedos que ocasiona su voluntad.

Esta declaración se convierte en la antítesis del viaje a la luna: somos el aura de lo sagrado y, al mismo tiempo, lo más terrible que podamos ser. Somos el Yin-Yang de nosotros mismos; somos nuestros opuestos. El espejo negro y el espejo que renace. Al final, reflejo de lo humano. La contradicción no deja de asombrarnos. Somos lo más productivo de la humanidad, lo más solidario, lo más colaborativo…y al mismo tiempo, lo más miserable que se puede ser.

Nos retrata de cuerpo entero.

Si fuésemos alguien que nos observara desde otros mundos, quedaría perplejo de lo que somos: como esencia y como acción; grandeza y miseria. Tan solidarios cuando lo proponemos, pero tan carniceros contra nosotros mismos.

Conduzco un coche a media noche. Soy parte del dilema, pero me respondo, en el acto: me toca vivir lo indigno de la tribu que formo parte, pero opto por la bondad, la gentil curiosidad e inteligencia que nos otorga el título de humanidad. La no certeza de lo que no somos y lo que podemos ser. La curiosidad existencial como parte de nuestro ser. Ver, observar, analizar, más allá de nuestros límites, eso que es “ser humano”. Ante la ideología de la muerte, la frase del filósofo Miguel de Unamuno: “Vencerán, pero no convencerán”.

Bienvenidos a casa, colegas astronautas.

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