Asegurar

Implementa Grupo Interinstitucional operativo BOM en la región de Frontera Comalapa. Imagen: Cortesía
La “nueva” forma de intensificar la seguridad continental del gobierno trumpista le da una etiqueta de clonar aspectos de otros gobiernos que también han intentado llevar agua a su molino con el escudo de la seguridad, una palabra que ha tenido una justificación para estigmatizar “nuevas” amenazas integradas a la política exterior como práctica imperial. En ella el “narcoterrorista”, término patentado por Hillay Clinton, ha regresado del averno para reimplantarse como un ejemplar sustituto del “comunista subversivo”, y moldear, un cuerpo interventor para el control de las drogas para el negocio y para la intervención armada. En ello se cocina el menú trumpista con la carta de la seguridad.
Si Trump ha dicho que el narcotráfico en México es una amenaza a la seguridad de Estados Unidos, que un narcotraficante hondureño sea indultado, que el presidente ecuatoriano pida ayuda al Pentágono, o de plano que secuestren a Nicolás Maduro, se tiene que decir que los parámetros de la seguridad continental pasan por el principio doctrinario monroísta: este patio es nuestro. No de las monarquías europeas que en el siglo XIX intentaron plantarse en Centroamérica con proyectos de canales e istmos, o detener la influencia china y rusa no sólo en rubros comerciales y financieros, tecnológicos e infraestructura; también en el necesario campo de la seguridad. ¡China go home!
Monroe no ha vuelto. Nunca se ha ido. La diferencia con el pasado es, quizá, que Trump no tiene reparos ni diplomacia para afirmar claramente la arenga contra toda aquella nación que articule acuerdos con la potencia asiática como Panamá. Para ello las medidas políticas de la seguridad tiene que ver con los cambios de régimen ad hoc al imperio. La reconversión de la derecha aliada a él hace del tema el propósito de la formación de un dique antichino y antiruso. La vieja y la nueva amenaza.
Es una seguridad defendida como estrategia de seguridad nacional que el trumpismo actualiza, no renueva, la trae al presente un pasado de prácticas no nuevas pero que el presidente Monroe aprobaría con una sonrisa maquiavélica. Es una práctica configurada en una seguridad articulada en procedimientos típicos de intervención política donde el brazo armado son las fuerzas armadas locales convertidas legalmente en policías para minar represivamente las protestas ante lo que se vislumbra como otra fase de saqueo imperial y tienen que ser detenidas. Como “espacio vital” estadounidense el hemisferio occidental intenta asegurarlo de la competencia china. Junto a ésta el narcotráfico es el pretexto de otra etapa de “control”.







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