El robo de la identidad nacional

Selección Mexicana
Foto: miselecciónmx
Escuchando a unos comentaristas en la radio, hablaban de la selección nacional como un dilema deportivo que debería ser resuelto desde muchos puntos vista, pero resaltaban la nula “genética” de nuestro futbol. De todas las críticas posibles, esta era algo serio porque repercutía más allá de las técnicas, habilidades estratégicas y físicas de quienes lo llevan a cabo; más bien en algo profundamente subjetivo, como lo es el de la “identidad futbolera mexicana”, si es que es algo que debiera existir. En algunos casos, le llamamos “escuela”, “tradición”, “estilo propio”.
Hablamos del jogo bonito brasilero, del catenaccio italiano, la otrora contundente naranja mecánica de Holanda, etc., pero no hay ontología mexicana cuando se habla de futbol. Las pocas veces que México ha sobresalido se deben a casualidades, no a procesos; a esporádicas muestras de talento que pronto se diluyen, a propósito de otros intereses más allá de lo deportivo. Nada más poner el ejemplo de los campeonatos mundiales de la Sub 17, después de los triunfos, en vez de generar una apuesta seria para apuntalar esa generación y las otras venideras de los chavos de esa edad, prácticamente desapareció en los equipos de la liga, ganando medianamente bien, pero viviendo del confort en un sistema de competencia que no exige mucho talento, pero deja fabulosas ganancias a los dueños de los clubes.
Como si se quisiera exprimir o extirpar esa efímera luminosidad colectiva de los chicos campeones mundiales. En aras del varo, sacarle todo el provecho financiero posible a costa de todo, porque lo que menos importa son los logros internacionales y mucho menos el futbol nacional. Se trata de vender la fama de esos jugadores, porque para los dueños, no son deportistas de alto nivel, sino oro puro para ser distribuido entre los socios.
Esto se distingue puntualmente en la escasa o nula formación del futbolista en la liga mexicana de futbol. No se forman cuadros futbolísticos, sino fondos de inversión para seguir manteniendo ricos a los ricos dueños de los clubes.
Porque si alguien es responsable de la mediocridad del futbol mexicano es la Federación Mexicana de Futbol (FEMEXFUT), siendo una institución que funge como empresa bursátil para hacer transacciones a costa del deporte, del futbol, en este caso. Cada vez más son más evidentes sus errores y ha logrado que nuestro balompié no sea el que todos queremos ver, con calidad y fuerza competitiva para seguir escalando niveles.
Desde luego, tiene que ver con quienes son los encargados de administrar la práctica deportiva más popular del país. Son empresarios millonarios que lo que quieren es ganancia por la inversión que hacen de un producto. Hasta ahí todo bien, invierten capital y ganan. Pero la cosa se retuerce cuando el producto es un bien común, un “capital simbólico” que no pertenece únicamente al empresariado de la FEMEXFUT, sino a todo México. Eso ya lo vuelve bastante complejo.
Este grupo de empresarios no apuesta a que el producto -es decir, el futbol, los jugadores y los equipos, los clubes todos-, pueden generar todo lo que espera para poder ser disfrutado, consumido y respetado. Al no invertir en la calidad deportiva e irse únicamente por las jugosas ganancias provocada por la utilización mercantil del deporte del futbol en México, la ecuación no cuadra completa. No interesa la formación deportiva de la liga, no hay mística ni propuesta estilística de nuestro futbol. Se vuelve lo que es, mediocre y siempre dispuesto a la inmolación nacional de cada cuatro años con el “ya merito”, esta vez sí podremos “soñar cosas chingonas”, dejarlo todo al azar y la providencia, nunca a la técnica, ni a la planeación, ni a los talentos. El “sí se puede” lo dice todo: ahora sí es la hora, porque nunca se ha podido.
Todavía se complica más cuando estos señores de “pantalón largo” nos obligan a comprar el producto reciclado, cada cuatro años, como parte fundamente de la identidad nacional. Uno que ellos moldean a su antojo. Ser mexicano es estar con la selección, pero la que construyen al servicio de sus intereses.
Por supuesto que no les importa el legendario quinto juego. De hecho, lo mercantilizan con una visión perversa: quieren que todos creamos que sí se podrá lograr con cualquier selección hecha a lo loco cada Mundial; hay expectativa nacional, ganar por fin algo que sacuda nuestro marasmo futbolero. Si se logra, el triunfo es de ellos porque son quienes crearon la selección. Si no se logra, da igual, a esperar otra Copa del Mundo. ¿Quienes ganan en este proceso? Lotería: los empresarios. Quienes pierden somos los que apostamos nacionalistamente a una selección secuestrada por los dirigentes de la liga y de la federación.
Estamos atados. No podemos dejar de ver las transmisiones de los juegos de la selección, y cuando lo hacemos de alguna manera validamos exactamente lo que ese grupo quiere en forma de ratings, aficionados, mercado, marcas, patrocinadores, etc.
El robo de la identidad nacional sucede siempre que este grupo piensa en sus inversiones futboleras. Se otorgan el derecho de decidir qué se debe celebrar, cuándo y por qué, cada vez que la selección sale al campo de juego. Tienen esa soberbia autoridad de no preguntar qué es lo que desea la gente de ese equipo que siente suyo por tradición y sentido de pertenencia.
Por eso, en este Mundial de Futbol, cuando se dice que en el país no ha aparecido la pasión por el máximo evento de futbol del planeta, en parte se debe al cobro de facturas que la gente le pasa a la FEMEXFUT. En Latinoamérica, es difícil pensar que haya gente que quiera que le vaya mal al representativo nacional. Que pierda, pues. En México si, y no exactamente por los magros resultados de nuestra oncena, sino también por lo evidente que son los pésimos y corruptos manejos de quienes administran el balompié. La gente no es tonta.
El grito de “puuuto” en los estadios ha mutado a ser una expresión homofóbica (que sin duda lo es y debe prohibirse) a uno de protesta cuando le selección juega mal (cosa que es muy recurrente) porque aparte de incomodar las directrices de una FIFA hipócrita (que se escandaliza de ello, pero permite organizar la Copa del Mundo en Qatar, lugar donde está prohibida la homosexualidad), saben que eso implica escándalo internacional para la FEMEXFUT, con potenciales pérdidas millonarias en patrocinios y firmas de marcas comerciales. La revancha popular.
Porque, hay que decirlo, la selección no debe pertenecer a una élite capitalista, sino es un bien que puede distribuirse como objeto cultural para “el pueblo”, esa palabreja cada vez en desuso, pero que causa un terror inmenso por el potencial poder que genera.







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