El beso de una princesa
Yo nací en una especie de país de hadas, duendes y pequeños demonios. Tuve nana, mi madre usó zapatillas nacaradas y atavíos que le ceñían la cintura; descendían en pliegues y le llegaban a la mitad de la pantorrilla. Le gustaba visitar a Margot, la chica del único salón de belleza de toda la ribera.











