Carta de Juan Rulfo a su novia

México. A fines de febrero de 1947

Mayecita:

Ellos no pueden ver el cielo. Viven sumidos en la sombra, hecha más oscura por el humo. Viven ennegrecidos durante ocho horas, por el día o por la noche, constantemente, como si no existiera el sol ni nubes en el cielo para que ellos las vean, ni aire limpio para que ellos lo sientan. Siempre así e incansablemente, como si sólo hasta el día de su muerte pensaran descansar.

Te estoy platicando lo que pasa con los obreros en esta fábrica, llena de humo y de olor a hule crudo. Y quieren todavía que uno los vigile, como si fuera poca la vigilancia en que los tienen unas máquinas que no conocen la paz de la respiración. Por eso creo que no resisitiré mucho a ser esa especie de capataz que quieren que yo sea. Y sólo el pensamiento de trabajar así me pone triste y amargado. Y sólo el pensamiento de que tú existes me quita esa tristeza y esa fea amargura.

Ahora estoy creyendo que mi corazón es un pequeño globo inflado de orgullo y que es fácil que se desinfle, viendo aquí cosas que no calculaba que existieran. Quizá no te lo pueda explicar, pero más o menos se trata de que aquí en este mundo extraño el hombre es una máquina y la máquina está considerada como hombre.

Pero estoy contando cosas que nada tienen que ver contigo, y esto no es legal. Tardé hasta ahora en encontrar un sobre para enviarte tus fotografías. Pues en la chamba nos sueltan a las cinco de la tarde y de este lugar donde vive, muriéndose a cada rato, el muchacho encariñado de ti, queda lejos del centro. Y el centro lo cierran a las cinco. Así es la cosa. Saqué más copias de cada una de las tres fotos que te mando, pero no te envío sino una de cada una por puro miedo a que te sueltes repartiéndolas entre la bola de novios que tienes. Las otras, las que tú esogiste, tal vez pasen algunos días antes de que me las entreguen.

Por otra parte, no me puedo imaginar cómo una niña tan menudita puede HACER UNA LETROTA TAN GRANDE…, al escribir una carta. Eso es hacer trampa.

Sin embargo, tu carta me dio un enorme gusto. Puse las dos manos para recibirla y la leí con mis dos ojos y luego la volví a leer porque hay algo allí que a mi corazón le gusta mucho. Y tú sabes que a este corazón que yo te he regalado hay que darle gusto.

Acuérdate que tú eras quien me daba manzanas y no yo. Acuérdate que fue Eva la que le dio un cachito de manzanas al señor Adán y de allí nació esa costumbre que tiene la mujer de dar manzanas.

Yo aquí no he ido al cine. El Cine sin ti no sirve. No hay ni siquiera el gusto de llegar tarde y no encontrar asiento. Esos líos eran suaves y casi nomás por eso valdría la pena volver allá.

No me he cambiado de casa todavía, pero creo que lo haré el mes que entra. Buscaré una casa donde haya pájaros aunque sean como los que tu tienes, que casi ni cantan, ni brincan, por lo viejitos que están, pero que al fin sean pájaros.

Yo creo que si tú me gustas tanto es por eso, porque hay algo de pájaro en ti; pueden ser los ojos o puede ser esa boca paradita tuya, que yo tanto quiero.

No he salido tampoco a ningún lado, aunque estos dos domingos que me he pasado aquí fueron unos días buenos para ir a darle una visitadita al Ajusco o para ir a saludar al Popo, que parece sentirse igual de solo y abandonado que este muchacho atarantado que te quiere querer más de lo que todavía te quiere.

He ido a visitar al tío David y a la tía Teresa; a la tía Julia y a los hijos de la tía Julia, entre los cuales está Venturina, la que ya conoces; al tío Raúl y a la tía Rosa… A todos ellos les he enseñado tus retratos. Me han preguntado que de dónde eres.

Y es que no imaginan que aquí, sobre este grande y ancho mundo, pueda nacer y crecer y vivir una cosita así tan fea y tan horripilante como tú. No lo pueden creer y es que han dejado de ser como niños, y dejar de ser como niños es ya no creer en los angelitos de Dios. Eso les pasa.

“Volver a empezar”. Cuánto me gustaría estar allá, y volver a empezar de nuevo a conocerte y a vivir allí, pero sin miedo, sin dificultades ni ningún temor de perderte.

Y es que aquí la vida no es nada blandita. Es como si de nueva cuenta también estuviera uno comenzando a vivir. A veces me imagino que desde que llegué a esta ciudad he estado enfermo y que no me aliviaré ya jamás.

Y me siento como si me arrastrar la corriente de un río, como sime empujaran, como si no me dejaran ver hacia atrás.

Sabes, Chachinita, yo pensaba zafarme de la Goodrich. El puro pensamiento me hizo sentirme más tranquilo; pero han hecho las cosas de tal modo que me resulta imposible hacerlo. Me tienen como rodeado por una cadena de parientes, cada vez más, y como si sólo todo su trabajo consistiera en ocuparse de mí. Y ahora sé por qué antes no me gustaba pedir favores, y es que no me gusta aceptarlos.

A veces quisiera que todos ellos me dejaran en paz, que no me hicieran sentir la confianza que en cualquier momento me ayudarían. Que me dieran a entender que no contara con ellos. Así me dejarían solo. Quizás yo solo, sin atenerme a ninguno, sabría ya lo que tendría que hacer. Y tal vez, únicamente con tu ayuda, tal vez, encuentre el camino que me permita hacer lo que debo hacer.

Después de mi madre, a la única a la que tengo que agradecer lo que ha hecho por mí, es a ti. No quiero tener a nadie más a quien agradecerle nada. Me siento mejor de ese modo, sabiendo que no debo favores. Me siento menos miserable y menos desesperado, conociendo que no tengo que contentar a mucha gente. Ése es mi modo de pensar, muchachita grande. Pero la realidad es distinta. Es dura y lo hace a uno sentir su dureza y conformarse, si uno no quiere volverse loco tratando de encontrarle una salida.

Lo que te estoy explicando es el ambiente en que vivo desde que entré a la fábrica. Nunca había yo visto tanta materia junta; tanta fuerza unida para acabar en el sentido nhumano del hombre; para hacerle ver que los ideales salen sobrando, que los pensamientos y el amor son cosas extrañas. Por esa razón te pédía yo consuelo, pues eres la única que puedes dármelo, para sentirme más conforme; para dejar de rebelarme contra todo lo que se opone a mí mismo. Yo te pedí ayuda una vez y ahora la necesito, pues estamos luchando los dos, para hacernos nuestro propio mundo, el que yo sé que existe, porque ya he vivido en él. Un mundo donde no infunda uno temor a nadie ni se haga uno odioso. Y eso tú y yo lo podemos hacer.

Esta carta es hija de un coraje muy grande que me hicieron pasar ahora. Más tarde te contaré en qué consistió ese coraje. Pero lo que me hizo sentir es lo que te cuento. Y mi conclusión es que uno debe vivir en el lugar donde se encuentre uno más a gusto. La vida es corta y estamos mucho tiempo enterrados.

Espero que me regañes por escribirte quejidos en lugar de hablarte del amor que te tengo, pero es que la forma como me siento tenía que decírsela a alguien. Y tú naciste para que yo me confesara contigo. Quizá más tarde te cuente hasta mis pecados.

Ojalá estés bien y tan bonita como ninguna (iba a decir: como siempre, pero me acordé de que a veces te pones muy fea, por ejemplo cuando me regañas). Y que todos en tu casa etc., etc.

Tú, cariñito santo, recibe todo el amor del que mucho te quiere y del que espera quererte más, y un abrazo enorme y lleno de ternura y muchos besos, muchos, de quien te amará siempre.

Juan

P.D. Esta carte no te la iba a mandar por lo triste que está. Pero debido a que otras dos que había hecho también eran igual de tristers, opté, para no tardarme más en escribirte, por enviártela tal como estaba. Te recomiendo no me hagas mucho caso, pues soy muy amante de quejarme.

Tu muchacho

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